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La historia de los mejores espías españoles de todos los tiempos

  • Escrito por Redacción

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'La palabra dentro de ti es tu esclava, fuera de ti, tu dueña'.

–Proverbio árabe

Probablemente, el mejor espía español de todos los tiempos fue Domingo Badía, alias Ali Bey. Domingo Badía trabajó con denuedo al servicio de su Majestad Carlos IV, y se infiltraría en casi todos los países árabes del Sahel y Oriente Medio bajo la identidad de un falso príncipe abasí, hasta convertirse en el primer occidental que viajaría a la Meca, presentando un informe rigurosamente detallado sobre la ciudad santa del islam. Era, por supuesto, uno de entre una raza de superespías españoles del siglo XIX, como el increíble y cosmopolita agente Van Halen, que merece capítulo aparte por haber combatido en cinco ejércitos diferentes y en todos ellos como general (paradójicamente nunca fue traidor a ninguno), o el polémico y controvertido Aviraneta –pasto de la bella pluma de Baroja–, cuyas aventuras nada tienen que envidiar a las de los mejores de la literatura oficial del género.

Informadores al servicio de la corona española coordinados por hábiles expertos en inteligencia civil y militar, intrépidos agentes infiltrados tras las líneas adversarias ocultos por identidades ficticias, hombres y mujeres de acción dispuestos a arriesgar su vida por obtener información útil para el Reino de España, han creado personajes, y operaciones de inteligencia, que nada tienen que envidiar a las truculentas historias de Le Carré o Ian Fleming. La de los servicios secretos españoles es una historia apasionante, que se remonta con cierto rigor histórico a más de trescientos años atrás.

Los primeros balbuceos de nuestros servicios de inteligencia encaminados a la obtención de información a través de una estructura seria se remontan a la Guerra de Independencia tras la invasión francesa. Una tupida red de informadores, solapados básicamente en la antigua red de postas –correos–, otros en las partidas de guerrilleros que se habían echado al monte y, como añadido, una mayoría “silenciosa” que de 'motu proprio' era por sí misma un caudal de datos para el ejército regular o para los propios partisanos, configuraban una espontánea y efervescente red de informadores que de buen grado enriquecían a los liberales instalados en Cádiz.

Antes y de manera más informal, agentes como nuestro bronco paladín del verbo, Quevedo, en Venecia, ya habían organizado algún que otro sarao y algunos escándalos sonados con peor o mejor fortuna, pero no había un eje conductor que diera entidad a un servicio de información fiable, homogéneo y compactado.

Posteriormente, y hasta la malhadada Segunda República, no existió ninguna estructura de información digna de tal nombre; mas, a lo largo de nuestra historia, el oficio de disfrazarse de arbusto o esconderse tras un florero a lo Mortadelo, el cotillear discretamente a distancia una lectura de labios, o de seducir algún ego locuaz debidamente estimulado con un gin-tonic o una picante falda de tubo de apertura lateral, aderezada con unos “Manolos “de Blahnik o Louboutin, ha podido tener usos más que convencionales, estereotipados y amables dentro de los tópicos del gremio si se quiere; pero este país ha dado verdaderos quebraderos de cabeza a sus adversarios con sus servicios de espionaje y duros reveses con terribles consecuencias para los “pacientes” sometidos a las terapias de choque de nuestros/as espías.

Breve historia del espionaje español

Sin ir más lejos, el ínclito y tenaz Jorge Juan, se llevó, sustrajo, levitó, levantó, o desvió para los intereses de España todos los planos de la última generación de las hermosas y letales fragatas inglesas, lo cual les ocasionó a los artífices de que la piratería fuese un oficio respetable, unos ardores de estómago de los que tardaron en recuperarse un tiempo. La cólera del almirantazgo no paró de repartir estopa ante aquella humillación sin precedentes, procurando expeditivos destinos y traslados a los negligentes oficiales que custodiaban la información, en territorios muy alejados de la metrópoli. Para muchos de ellos, las telarañas fueron por mucho tiempo su hábitat natural.

Pero no solo Quevedo y Jorge Juan hicieron de las suyas, entre rotos y descosidos. Hubo una pléyade de ellos que dejaron una huella indeleble por donde pasaron y recuerdo para rato entre los afectados.

Podría ser este, el caso del enorme Juan Pujol, oficial republicano, que concluida nuestra patria tragedia del 36, tuvo que poner tierra de por medio. Hablando con propiedad, probablemente y sin exagerar, fue el español que salvó al mundo de los nazis. Durante la II Guerra Mundial consiguió engañar a Hitler, y con una elegancia fuera de lo común. Un odio profundamente cultivado hacia el fascismo durante la Guerra Civil Española le llevaría a trabajar con los servicios de Inteligencia británicos (MI5) para obtener información a la par que desinformar a las huestes del iluminado austriaco.

Hizo creer al dictador, gracias en parte al envío de muchos informes verdaderos, éticamente cuestionables, que costaron la vida a gran número de hombres y mujeres vendidos a su destino, que era alguien en quien se podía confiar. Gracias a estas cuestionables filigranas, consiguió hacer creer a Hitler y a sus acólitos de la Wehrmacht que el desembarco aliado se produciría en Calais, a 250 kilómetros de Normandía. Solo el Mariscal Rommel cuestionaría esta teoría, inaudible a todas luces a la cerrazón del Teutón Cesar Imperator. Garbo, pues ese era su sobrenombre, fue condecorado con la Cruz de Hierro alemana, la máxima condecoración del III Reich, y con la Orden del Imperio Británico, algo insólito en la historia.

Otro héroe desconocido para la gran mayoría fue el insigne Faustino Camazón, que iniciaría su carrera en el espionaje tras el desastre de Annual siguiendo las huellas de Abd el Krim, cosa que haría con eficacia contundente. Pero en lo que se significaría de manera destacada este republicano confeso, tras la caída de la desangrada II República Española, fue en la importancia capital que supondrían sus aportaciones en desentrañar la compleja máquina alemana de encriptado Enigma, en la que su contribución sería determinante en contra de lo que se supone por las manipuladas filmografías anglosajonas.

Una cantera de hombres únicos

Y por ahí está también, en primera fila, Ramón Mercader, el asesino de Trotski. Otro español de pulso fino al que se le fue la mano con un piolet. Miembro del PSUC (Partido Socialista Unificado de Catalunya), ingresó en los servicios secretos soviéticos gracias a sus colaboraciones durante la contienda civil española. En 1937 viajaría a la URSS, donde sería entrenado con un único objetivo. Para ello, cambiaría su nombre para los restos, pasándose a llamar Jacques Monard, nombre que conservaría siempre.

La NKVD de Stalin le asignaría la complicada y alambicada misión de asesinar a Trotski. El líder de la revolución continua vivía exiliado desde 1930 en las latitudes mexicanas. Tras ganarse su confianza, asesinó a este brillante revolucionario ruso asestándole con una frialdad inusual dos golpes secos en el cráneo. Tras cumplir condena y mantener en secreto su identidad real, viajaría a la tierra de los soviets y sería condecorado como un héroe. Murió plácidamente en Cuba en 1978, aferrado firmemente a un daikiri y con su eterno cohiba.

Hoy, la actualidad y los retos imperantes exigen una subordinación relativamente deseable al “hermano” americano y sus intereses geoestratégicos. Como epígonos suyos, hemos perdido autonomía y quizás, de paso, aquella romántica identidad de antaño. El hegemón manda y la independencia operativa es una utopía a todas luces en un mundo tan convulso e inestable.

La memoria nos recuerda que las diferentes banderas, todas ellas hijas de la misma España, albergaron una cantera de hombres y mujeres únicos en la tradición de escrutar los entresijos de la oscuridad.

EL CONFIDENCIAL

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