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Juan José de Austria, el bastardo que quiso reinar en la España de «El Hechizado»

  • Escrito por Redacción

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El hijo ilegítimo de Felipe IV luchó toda su vida por afianzar su posición en la corte del Imperio español, que se encontraba en avanzado estado de descomposición en ese periodo. Su muerte aconteció en extrañas circunstancias, posiblemente por envenenamiento, cuando ejercía por fin de valido de su enfermizo hermanastro Carlos II

Hubiera sido insólito que de los 34 hijos (la cifra varía según el historiador) que Felipe IV tuvo fuera del matrimonio ninguno hubiera albergado ambiciones políticas. Sobre todo porque el único hijo varón que sobrevivió el Monarca fue el enfermizo y estéril Carlos II, conocido como «El Hechizado» por su quebradiza salud. Don Juan José de Austria aprovechó la debilidad de su hermano para ganarse el favor del pueblo y la nobleza, que le veía como un posible sucesor al trono, y para consolidar su posición en la Corte. No en vano, cuando Juan José de Austria por fin alcanzó una amplia parcela de poder murió én extrañas circunstancias, quizá envenenado por orden de la madre de Carlos II, su gran rival.

Felipe IV acostumbraba a frecuentar de incógnito los palcos de los teatros populares de Madrid, como El Corral de la Cruz o El Corral del Príncipe, en busca de aventuras amorosas. En una de estas incursiones, Felipe IV conoció a una joven actriz llamada María Inés Calderón, a quien apodaban «la Calderona», y la cual había mantenido también relaciones con el duque de Medina de la Torres. El Monarca quedó admirado por la belleza de la joven y, con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió reunirse en privado con ella. El niño que nació fruto de esta relación fue bautizado como «hijo de la tierra» (la forma en que se inscribían en el libro de bautizados a los hijos de padres desconocidos) en la parroquia de los Santos Justo y Pastor, actuando como padrino un caballero de la Orden de Calatrava, ayuda de cámara del Rey. Por su parte, «la Calderona» ingresó pocos años después del parto en el monasterio benedictino de San Juan Bautista en Valfermoso de las Monjas, Guadalajara.

Contra los deseos de su madre, el niño fue apartado de su lado, ocho días después de bautizarle, para criarlo en un ambiente cortesano. Pronto, el joven demostró una gran capacidad intelectual y desarrolló habilidades como jinete y espadachín, lo que hizo plantear que se iniciara en la carrera eclesiástica. No obstante, el reconocimiento de su padre en 1642 por recomendación del valido del Rey, el Conde Duque de Olivares, cambió el destino del niño. Emulando al bastardo más célebre de la Casa de Austria, Don Juan de Austria, el niño fue nombrado como Don Juan José de Austria, el único hijo ilegítimo reconocido oficialmente en vida por Felipe IV. El Conde Duque había persuadido al Rey de que, con una descendencia tan corta y a la vista de la inestabilidad política del Imperio, era recomendable mantener al bastardo en la recamara como posible candidato a la sucesión llegado el caso extremo.

Otro Don Juan que triunfa en el Mediterráneo

También trazando el paralelismo con el victorioso de la batalla de Lepanto, Don Juan José de Austria –que gozaba del reconocimiento de Gran Prior de la Religión de San Juan en Castilla– fue designado en 1647 como máximo responsable de las Armas marítimas. La vía militar siempre fue la mejor opción de adquirir méritos para un hijo ilegítimo o, como en este caso, alguien con la necesidad de justificar sus derechos a través de méritos. Pero como la mayor parte de las cosas en el siglo XVII referidas al Imperio español, el talento militar de Juan José de Austria nunca alcanzó al del hermano bastardo de Felipe II, siendo solo una mala copia en muchos momentos. De hecho, su trayectoria armada contó con tantas derrotas como victorias.

Su intervención durante la revuelta en Nápoles de 1647 apoyada por Francia fue de las segundas. Una gran victoria que le otorgó prestigio dentro de un Imperio en descomposición que anhelaba la llegada de nuevos héroes. En una mezcla de solución armada y de tacto diplomático, Don Juan José de Austria pacificó Nápoles, posesión de la Monarquía hispánica, y expulsó a las tropas francesas de la región. El general francés, el duque de Guisa, fue apresado y llevado al castillo de Gaeta para posteriormente ser trasladado al Alcázar de Segovia casi como si de un trofeo de caza se tratara. Como reconocimiento de sus méritos, Felipe IV nombró a Don Juan como nuevo virrey de Sicilia, donde también tuvo que hacer frente a la interferencia francesa durante la reconquista de Porto Longone y Piombino, arrebatadas en 1646 al Imperio español.

La fortuna también se mantuvo cerca de Don Juan José en el sitio de Barcelona de 1652, que puso fin a la larga guerra de la Corona contra la rebelión de Cataluña, recibiendo el nombramiento de virrey del Reino de Aragón (1653-56). La reconciliación de la Corona con la burguesía es uno de sus méritos políticos en esta etapa; borrando los amargos recuerdos de la larga y sangrienta guerra civil. Desde este cargo, además, tuvo que hacer frente sin apenas fondos ni hombres a las sucesivas incursiones francesas en Cataluña, que buscaban reavivar el fuego de la rebelión. Sus victorias permitieron sostener la guerra en la frontera pirenaica hasta la firma de la Paz de los Pirineos en 1659, cuando de la ventaja hispánica no quedaban ni los huesos.

Los fracasos militares y la muerte del Rey

Para entonces, sin embargo, Don Juan José se encontraba destinado en la posesión más problemática del Imperio español, los Países Bajos. En la tarea de Gobernador de Flandes, el joven militar obtuvo algunos éxitos frente a los franceses, como el levantamiento del cerco de Valenciennes, que produjo en Europa «uno de aquellos estremecimientos que solía dar España en tiempos más afortunados», o la toma de Condé, pero no pudo evitar la catastrófica pérdida de Dunkerke. Si bien es cierto que Don Juan José emuló el milagro de los panes y los peces con las escasas tropas a su disposición en aquella campaña, tuvo el deshonor de dirigir a los españoles en la batalla de las Dunas, la derrota que marcó el final de la hegemonía militar del Imperio español. Asimismo, la derrota dejó Flandes en una situación de completa indefensión frente a los franceses.

Las fuerzas portuguesas destrozaron en 1663 al ejército castellano en la batalla del Ameixial con más de 10.000 bajas

A pesar de la derrota final, Felipe IV creía que su hijo había realizado una buena gestión con los medios a su alcance por lo que le otorgó el mando en otro frente muy complicado: la recuperación de Portugal. Tras la sublevación e independencia de Portugal, los ejércitos españoles ambicionaban recuperar el reino vinculado a la Monarquía hispánica durante más de medio siglo. Don Juan José se encargó de dirigir una nueva intentona en 1661. Los escasos avances españoles se vieron una y otra vez malogrados a causa de la ayuda internacional recibida por los rebeldes portugueses desde Francia e Inglaterra. Finalmente, las fuerzas portuguesas destrozaron en 1663 al ejército castellano en la batalla del Ameixial sufriendo más de 10.000 bajas contra solo 1.000 de los vencedores portugueses. Fue la última gran batalla de la guerra de restauración portuguesa y la que marcó el final de la carrera militar de Juan José de Austria.

El miembro de la Casa de los Austrias fue apartado de toda responsabilidad tras los fracasos militares y, sobre todo, a causa de la influencia de la Reina Mariana, madre del enfermizo Carlos, que desconfiaba del hijo extramatrimonial de Felipe IV. Sin embargo, a partir de la muerte de Felipe IV en 1665, su protagonismo político creció enormemente hasta convertirse en la cabeza visible de la oposición a Mariana de Austria y a su valido, el jesuita austriaco Nithard.

El bastardo deseado terminá en decepción

Durante este periodo eminentemente político, Don Juan José de Austria se cuidó muy poco de disimular sus aspiraciones al trono, o al menos de reinar en nombre del Rey. En 1668, fue desterrado al descubrirse su implicación en un complot contra Nithard, pero consiguió levantar en armas a Cataluña en su huida. Desde allí marchó hacia Madrid al frente de una fuerza armada con el objetivo de forzar la caída de Nithard. No obstante, no se atrevió a atacar la capital y vio cómo el poder quedaba en manos de un nuevo hombre de la Reina madre, Fernando de Valenzuela, a cambio él de recibir el cargo de virrey de Aragón.

Después de la caída de Valenzuela en 1676, el hijo de Felipe IV dirigió el gobierno de la Monarquía hasta su muerte en extrañas circunstancias el 17 de septiembre de 1679. Lo hizo por petición expresa de Carlos II «El Hechizado», que observó la llegada de su hermanastro en una marcha triunfal rodeado por lo más granado de la nobleza castellana como si viniera a Madrid a liberarla del poder nocivo de la Reina madre. Aprovechó esos tres años, aparte de para ajustar cuentas con la Reina madre y de Valenzuela, al que desterró a Filipinas, para cerrar con Francia un nuevo tratado, la Paz de Nimega (1678), por la que España cedió al país vecino amplios territorios, y para aligerar el mastodóntico aparato de administración de la Corona.

No en vano, su gobierno no correspondió a las expectativas creadas por la nobleza española e incluso su hermanastro, el Rey, se mostró indiferente ante su muerte a causa de unas fiebres tifoideas, a los 50 años. Carlos II ni siquiera acudió a velar su cadáver quizás por miedo al contagio o simplemente por abulia. De hecho, los rumores en torno a su posible envenenamiento corrrieron por toda la península dado el carácter súbito de la enfermedad y a que la Reina madre no tardó ni una semana en regresar a la Corte una vez desaparecido su gran enemigo. Pese a ello, recibió los honores que a su rango le correspondían, fue enterrado en El Escorial y su corazón, cumpliendo con lo estipulado en sus últimas instrucciones, mandado a la capilla del Pilar de Zaragoza.

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