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Napoleón, un «inepto sexual» que maltrataba al gran amor de su vida

  • Escrito por Redacción

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El Emperador lo tuvo todo, pero nunca logró enamorar realmente a Josefina, a la que acabó odiando por no quererle

Tuvo bajo sus botas a Francia, a Italia y a una buena parte de Europa. Luchó contra los mejores generales de su época y llegó hasta la recóndita tierra de los faraones para tratar de dar su merecido a la colonia más próspera de Gran Bretaña. Napoleón pudo presumir de haber sido un auténtico rey de reyes en el S.XIX, aunque él prefería hacerse llamar Emperador. Sin embargo, lo que nunca logró tener es aquello que más ansiaba: el amor de su querida Josefina de Beauharnais. Una mujer a la que el «Pequeño corso» quería con locura pero que, según podemos establecer gracias al privilegio que nos da ver los hechos más de dos siglos después, únicamente fingió quererle para poder llenarse los bolsillos a su costa. Así lo atestigua el amante que la Emperatriz tuvo en París mientras su esposo andaba guerreando para Francia. Un fugaz romance que provocó que su marido pasase de estar rendido a sus pies, a odiarla y hasta maltratarla físicamente. Ella no se quedó atrás pues solía tildarle de inepto sexual.

Napoleón y Josefina se conocieron en 1795, cuando el futuro Emperador no era más que un general de provincia que aún no se había ganado sus galones en el campo de batalla. A esta mujer –a quien los historiadores definen como una dama no excesivamente bella, aunque sí con una sonrisa cariñosa y una figura elegante- tampoco le había deparado la vida nada bueno. Y es que, además de haber tenido una cantidad de amantes que podría haber llenado el ala este del palacio de Versalles, acababa de salir de la cárcel después de ser apresada por haber luchado –presuntamente- contra la Revolución Francesa. Fuera de prisión, a cargo de dos hijos alumbrados en su primer matrimonio con el vizconde Alejandro de Beauharnais, y sin una moneda en el zurrón, las cosas no pintaban bien a esta treintañera. Fue entonces cuando el «Pequeño corso» apareció en su vida, un joven inexperto en temas de amor y seis primaveras más joven que ella.

«Se conocieron cuando ella acababa de salir de la cárcel después del golpe de estado de Termidor. Josefina formaba parte entonces de un grupo de otras tantas mujeres guapas que, al haberse empobrecido durante la Revolución, buscaban casarse con hombres poderosos», explica a ABC Ángeles Caso -historiadora, periodista, escritora y autora de «Napoleón y Josefina. Cartas en el amor y en la guerra»- (Editado por Fórcola). En palabras de esta experta española, Napoleón era entonces un general sin destino, empobrecido (le habían tenido que dejar dinero para comprarse su uniforme) y que vivía en condiciones miserables. Sin embargo, también era un oficial al que se le auguraba una gran carrera militar y que contaba con buenos e importantes amigos en política. «Josefina le vio cómo su salvación. Como un hombre que, cuando ascendiera, podría velar por ella. Sabía que tenía relaciones con grandes políticos, así que fue a por él», añade.

Aunque la leyenda nos dice que fue Napoleón el que se fijó en Josefina y consiguió enamorarla con sus artes, Caso es de una opinión diferente. Ella es partidaria de que el futuro Emperador se enamoró realmente de la española Teresa Cabarrús. Sin embargo, Beauharnais se interpuso entre ambos y logró mediante sus «artes femeninas» encandilar a Bonaparte. «En él vio la oportunidad de tener un futuro. Le engañó diciéndole que tenía menos edad de la que realmente tenía y Napoleón, que era sumamente joven y con poca experiencia, cayó rendido en sus brazos. Se enamoró alocadamente de ella», completa la escritora. La escritora es partidaria también de que esta treintañera era una aventurera en el sentido más inmoral de la palabra, aunque dice no querer juzgarla desde el punto de vista actual, pues el contexto social era totalmente diferente. «No podía trabajar, tenía dos hijos… poco podía hacer con su vida. No puedo opinar sobre ella y su forma de actuar», determina.

Loco de amor

Un año después, la feliz pareja se casó en una ceremonia a la que acudió una buena parte del elenco político de la época. Casi como si Josefina fuese un talismán, Bonaparte fue enviado por el Directorio dos días después de su boda a Italia, donde tenía órdenes de combatir y expulsar a los austríacos al mando de un poderoso ejército. La suerte empezaba a sonreír al galo tanto en su vida amorosa, como en su carrera militar. En los siguientes meses, poseído por el espíritu romántico de la «belle Italie», el francés envió decenas y decenas de cartas a su amada, que residía en París. Todas ellas señalando el gran amor que sentía por ella y su desesperación por volver a estar entre sus brazos. «Napoleón usó el romanticismo más exaltado que se pueda imaginar en sus misivas. Fue la primera fase que vivió su relación: él sumamente enamorado y arrastrándose como un perro ante su mujer», establece Caso.

Las cartas de Napoleón todavía se conservan y muestran claramente a un «Pequeño corso» impactado de lleno por la flecha de Cupido. Así queda claro, por ejemplo, en una misiva enviada el 17 de julio de 1796 en la que escribió lo siguiente: «Desde que te he dejado he estado siempre triste. Mi felicidad consiste en vivir junto a ti. Sin cesar repaso en mi memoria tus besos, tus lágrimas, tus amables zelos, y los encantos de la incomparable Josefina alimentan siempre una llama viva y ardiente en mi corazón y en mis sentidos. ¡Cuándo podré, libre de inquietudes y de negocios, pasar todos mis instante en tu compañía!». Lo mismo sucede en el siguiente escrito sellado apenas diez días después en Milán: «Eres el alma de mi vida y el sentimiento de mi corazón. Bella y virtuosa sin igual, divina Josefina; mil besos amorosos».

Pero mientras el general andaba por tierras italianas, su esposa prefería disfrutar de la buena en París poniéndole, además, una imponente cornamenta con un amante que había quedado prendado de su belleza. «Mientras él escribía totalmente enamorado, ella compraba joyas y ropa en París. Gastaba muchísimo dinero en caprichos», añade Caso. Tampoco le devolvía las cartas a su esposo, quien le terminó recriminando su actitud en varios de sus mensajes. Algunas tan duras como la siguiente, enviada el 31 de agosto: «Confiaba haber recibido carta tuya, y tu silencio me abisma en una horrorosa inquietud. Te lo ruego, no me dejes por más tiempo en semejante desasosiego. […] Tú, a quien la naturaleza ha dado dulzura, amenidad y todos los atractivos, ¿cómo puedes olvidar al que te ama con tanto ardor? Tres días estoy sin carta tuya, y sin embargo te he escrito muchas veces. La ausencia es horrible, las noches son largas, fastidiosas e insulsas».

Desesperado por ver a su amada, Bonaparte llegó a pedirle en varias ocasiones que se reuniera con él en Italia. Sin embargo, Josefina tenía siempre una excusa para evitar este encuentro y quedarse en París con su amante. De hecho, se inventó un falso embarazo para escapar de su marido. Napoleón –que, aunque enamorado, no tenía un pelo del pelucón de tonto- empezó a sospechar lo sucedido unos meses después. Fue entonces cuando envió alguna que otra carta totalmente despechado. Una de las más famosas la escribió el 13 de noviembre de 1796 desde Milán: «Ya no te amo; al contrario, te detesto. Eres una ruin, una torpe, una ruda. No me escribes […], no amas a tu marido. ¿Qué hace usted todo el día señorita? ¿Qué negocio tan importante quita a usted el tiempo para escribir a su bien amante? ¿Qué afecto ahoga y hace poner en el olvido el amor, el tierno y constante amor que le tiene usted prometido? ¿Quién puede ser ese prodigioso y nuevo amante que absorbe todos sus instantes? […] Josefina, tome usted sus precauciones. Una de estas hermosas noches se caerán las puertas y allí estaré».

Desamor en Egipto

En 1798, cuando Napoleón –un general ya reconocido por su éxito en las campañas de Italia- fue enviado a Egipto, la relación entre ambos estaba sumamente dañada. «Egipto fue un punto de inflexión para los dos. Para empezar, porque Napoleón se enteró de que ella le engañaba a nivel económico. Supo que Josefina había empezado una serie de negocios turbios con proveedores del ejército para ahorrar costes y llevarse una parte. Así fue como, por ejemplo, hubo botas que llegaron con suelas de cartón a los soldados o cargamentos de comida en muy mal estado. Todo ello hacía a Josefina ganar un dinero con el que compraba joyas y ropa», añade Caso. La mayor decepción, sin embargo, le atacó cuando sus generales le dijeron que su esposa tenía un amante. En ese momento el francés se sintió tan decepcionado que tuvo su primera (de varias) aventuras. También empezó a escribir misivas más cortas, de uno o dos párrafos y absolutamente frías y carentes de sentimiento. Todo ello, según Caso, a pesar de que la seguía queriendo.

Cuando el 28 de mayo de 1804 se hizo nombrar emperador, la relación tenía pocos visos de salvarse. «Fue entonces cuando la situación se invirtió. Ella, que siempre había pasado de él, se volvió cada vez más suplicante. Josefina se percató de que, al no tener hijos con su marido, su papel como emperatriz corría peligro. Por eso se convirtió en un ser amedrentado, suplicante, destrozado, celoso… Intentó usar sus mal llamadas «armas femeninas» para retenerle. Habían cambiado los papeles. Por su parte, Napoleón pasó de tener a Josefina en un altar, a odiarla. Le cogió una manía horrorosa y no volvió a escribirle una de aquellas cartas empalagosas», determina la experta

Un «inepto sexual» que pegaba a su mujer

El odio desquició entonces a ambos. Josefina, para empezar, empezó a afirmar en los pequeños círculos de la corte que no había logrado tener hijos por culpa de la ineptitud sexual de su marido. «Viendo que su matrimonio peligraba y que no lograba alumbrar a un niño, quiso echarle las culpas a él. Hay varios testigos de la época que afirmaron que Josefina puso en duda la virilidad de Napoleón, aunque ella nunca deja constancia de ello directamente. Fue una estratagema para dificultar un posible divorcio y ridiculizarle ante los demás», completa Caso. Sin embargo, y en palabras de la escritora, este argumento quedó rebatido en el momento en que Bonaparte comenzó a tener retoños con sus amantes. Por su parte, el Sire -movido por fugaces momentos de ira- maltrató en repetidas ocasiones a su esposa delante de varias personas. «Era una relación de amor odio. Lo misma la cubría de joyas, que le pegaba», completa la experta a este diario.

Napoleón en WaterlooNapoleón en Waterloo- Charles Baron von Steube

Al final, el «Pequeño corso» solicitó el divorcio en diciembre de 1809. Pidió la separación de la mujer que había amado durante 13 años. Así pues, pasó de escribirle cartas subidas de tono hablando de pasar la noche con ella en su «jardín oscuro», a detestarla; de decirle que querría que se quitase los zapatos para hacerla entrar entera en su corazón, a considerarla una traidora. Su divorcio –según afirma el cronista de la época Philippe Paul Comte de Segur- fue especialmente duro para el Sire, que renunció al verdadero amor de su vida. Con todo, oficialmente se dijo que ambos habían acordado separarse por el bien de Francia debido a que no habían logrado tener hijos. «El 15 de diciembre se presentó en el senado el Emperador con su esposa. […] Los dos consortes hicieron su declaración, fundada la de Napoleón en la necesidad de tener descendientes, y la de Josefina, en la obligación de sacrificarse por Francia», determina en sus escritos este historiador galo.

Meses después, tras casarse con María Luisa de Habsburgo, Napoleón recordó de nuevo el amor que sentía hacia Josefina y empezó a enviarle regularmente dinero para que pudiese seguir viviendo como una emperatriz. «Parece que recordó a aquella Josefina a la que amó en Italia. Por ello empezó también entre ambos una relación epistolar», añade Caso. Así, hasta que nuestra protagonista dejó este mundo en 1814 debido a una pulmonía. Con todo, al final Napoleón decidió ponerse «digno» en su destierro en Santa Elena y escribir, poco antes de marcharse al otro barrio, lo siguiente de su verdadero: «Quise de verdad a Josefina, aunque no la estimaba. Era demasiado mentirosa. Pero tenía algo que me gustaba mucho; era una verdadera mujer; tenía el culo más bonito del mundo, con sus tres islotes de la Martinica».

ABC

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