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La misteriosa cena que mató a un Papa español y dejó trastornado a César Borgia

  • Escrito por Redacción

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Alejandro VI y su hijo César cayeron gravemente enfermos tras un banquete campestre celebrado por el cardenal Adriano da Corneto. Los rumores de envenenamiento resonaron por toda Italia, donde eran incontables los enemigos de la licenciosa familia de valencianos que controlaba Roma

La familia de origen valenciano de los Borgia, que dio al mundo dos Papas, está envuelta en una leyenda negra que los presenta como unos personajes históricos lujuriosos y crueles. Ni el nepotismo que les hizo populares, ni la ambición desmesurada, ni el tener hijos siendo sacerdote fue algo exclusivo de Rodrigo Borgia –Papa bajo el nombre de Alejandro VI–, pero su condición de español elevó estas prácticas habituales en Roma a la condición de imperdonables. Los Borgia se granjearon muchos enemigos italianos y, cuando Alejandro VI y su hijo César Borgia cayeron gravemente enfermos tras un banquete campestre en 1503, los rumores de asesinato resonaron por toda Europa. El patriarca de la familia falleció a los pocos días, y el origen de la caída en desgracia de César Borgia, modelo a imitar por los príncipes europeos según Nicolás Maquiavelo, quedó marcado por la extraña enfermedad.

¿Pero cómo una familia valenciana había logrado el poder y la enemistad de media Italia? Rodrigo de Borja nació en Játiva, Valencia, en el seno de una importante familia de nobles que habían participado de forma destacada durante la conquista cristiana del territorio valenciano a los musulmanes. Con el ascenso al papado de Calixto III, su sobrino Rodrigo Llançol i Borja le acompañó a Roma, donde se produjo la adopción de la grafía italiana por la que serían mundialmente conocidos, pasando de «Borja» al italianizado «Borgia». Y aunque el pontificado de Calixto III duró solo tres años, el joven aprovechó la ocasión para escalar puestos en la carrera eclesiástica y ser designado obispo de Valencia en 1458.

Rodrigo Borgia tuvo, no en vano, que esperar hasta 1492 –el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón y el final de la Reconquista en España– para obtener el asiento de San Pedro. Así, a la muerte de Inocencio VIII cuatro cardenales se destacaron en el cónclave que debía elegir a un sucesor: el milanés Ascanio Sforza, el genovés Lorenzo Cibo, sobrino del difunto, el napolitano Giuliano della Rovere, y el valenciano Rodrigo Borgia. Pese a que su condición de no italiano reducía en gran medida sus posibilidades, el cardenal valenciano fue el que finalmente fue reconocido como nuevo pontífice gracias al apoyo de Ascanio Sforza, que, viendo imposible el desempate a su favor, cedió a cambio de la vicecancillería de Roma, un poderoso cargo que había ejercido el propio Borgia durante décadas.

Su mayor crimen fue ser español

El ascenso de un pontífice español levantó ampollas entre las más importantes familias italianas. Los Médici, parte de los Sforza, los Orsini y los Colonna no toleraban que un extranjero hubiese accedido al papado y no estaban dispuestos a permitir que consolidase lo que ellos tenían ya, poder territorial y político en Italia. Arrojaron el rumor de que el nuevo Papa, bajo el nombre de Alejandro VI, se había valido de toda clase de sobornos, prebendas y chantajes para alcanzar el poder. Y aunque fuera cierto, no se trataba de nada novedoso en la carrera hacia el trono de San Pedro. De entre todos los eclesiásticos molestos con la victoria del valenciano, el napolitano Giuliano della Rovere fue el más incansable opositor al poder de los Borgia, hasta el extremo de acudir al Rey francés Carlos VIII para pedirle que investigase las oscuras actuaciones del nuevo Papa. No obstante, Alejandro VI se valió de su astucia para coaligar contra Francia a Venecia, Mantua, Milán, el Imperio germánico de Maximiliano I y la Corona de los Reyes Católicos.

Uno de los aspectos más criticados del Papa valenciano fue el reparto de cargos y favores que hizo entre sus familiares. Los cuatro hijos de Alejandro VI –todos ellos fruto de las relaciones con su amante predilecta, Vannozza Cattanei– jugaron un papel protagonista durante su consolidación en el poder eclesiástico. El mayor de ellos, Juan, fue «comandante en jefe de los Ejércitos Papales» hasta su extraña muerte en 1497; César fue uno de los cardenales elegidos por Alejandro VI durante la ampliación del Colegio cardenalicio y el designado para sucederle en el caso de que el falleciera; Lucrecia fue casada varias veces buscando fines políticos; y Jofré, quien, a pesar de no contar nunca con la estima de su padre, también fue empleado como instrumento de alianzas políticas a través de sus enlaces matrimoniales.

César Borgia es el hijo de Alejandro VI más recordado, entre otras razones por su ambición y su ardor guerrero. En términos muy elogiosos se expresa Nicolás Maquiavelo sobre él: «César, llamado duque Valentino por el vulgo, adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos». Si bien el hijo mediano del Papa no pudo reponerse a la ausencia del patriarca, fue un meritorio ejecutor de las órdenes de su padre cuando este vivía. Con la ambición de conquistar en Italia un reino temporal para su familia, ya fuera Nápoles o la zona central de la península, César Borgia dirigió con éxito una campaña militar en la región de la Romaña que se vio malograda por la muerte de Alejandro VI.

El 5 de agosto de 1503, el cardenal Adriano da Cornetto, que había sido secretario personal de Alejandro VI, invitó al Papa y a su hijo César Borgia, que interrumpió momentáneamente su campaña militar, a un banquete en su residencia campestre junto a otros importantes aliados de la familia Borgia. Varios días después, muchos de los comensales cayeron gravemente enfermos. El día siguiente a la cena, el Papa vomitó la cena, donde expulsó mucha bilis, y registró fiebre toda la noche. Su médico Bernardo Buongiovanni, obispo de Venosa, ordenó realizar fuertes sangrías, pese a lo cual solo mostró intermitentes fases de mejoría antes de fallecer el 18 de agosto. Asimismo, César Borgia también quedó afectado por las extrañas fiebres y no pudo reunirse con su ejército en Nápoles. Pero al contrario de su padre, de 72 años, la juventud de César le permitió superar la enfermedad a base de sangrías y baños helados.

La hipótesis del envenenamiento se difundió rápido por Roma. El nauseabundo aspecto del cadáver de Alejandro VI, que ya fuera por el calor o la mala conservación se puso negro y «la lengua se salió de la boca», alimentó todavía más los rumores. Algunos acusaron a Cornetto de depositar en las copas de los Borgia el veneno, posiblemente arsénico, e incluso a César Borgia, que, equivocándose de recipiente, pudo provocar la muerte de su padre. Sin embargo, los historiadores que han abordado el misterio concluyen de forma mayoritaria que el pontífice pudo ser simplemente una víctima más del brote de malaria que aquel verano causó la muerte de miles de romanos. Las complicaciones cardiacas que venía sufriendo el Papa contribuyeron a que no sobreviviera a la extraña enfermedad, en contraste con los casos de su hijo y del cardenal Cornetto.

Demasiados enemigos, demasiados sospechosos

Recientemente, los autores de un estudio histórico sobre el Papa número 214 de la Iglesia católica «Un inédito Alejandro VI liberado al fin de la leyenda negra» volvieron a dar argumentos a los defensores del envenenamiento. «Los Borgia estaban en la cúspide de su poder, la salud del Papa y la fuerza de César solo hacían prever mayores éxitos. Que los dos cayeran mortalmente tocados al mismo tiempo aquella noche es ciertamente muy sospechoso», explican los autores de una obra que pretende separar la historia real de la leyenda negra que rodea a esta familia valenciana. Desde luego, enemigos no les faltaban: el cardenal Della Rovere, luego Papa Julio II, la familia Orsini, los Colonna, los Savelli, los Bentivoglio, e incluso varios reyes extranjeros agotados de las intrigas del pontífice.

Por su parte, César Borgia pareció por un momento que había logrado recuperarse íntegramente de la afección que casi le cuesta la vida. Pero nada más lejos de la realidad. Sin la guía política de su padre y todavía bajo el impacto de la fatídica cena, César tomó decisiones incompresibles en las siguientes fechas, las cuales determinaron su triste final. Sus enemigos habían aprovechado su agonía para anular sus recientes conquistas en el ducado romañés (ya solo conservaba Cesena, Faenza e Imola) y para elevar a Giuliano della Rovere como pontífice con el nombre de Julio II.

No en vano, el propio César Borgia le dio su apoyo a cambio de la promesa de mantener el mando de las fuerzas papales y sus posesiones en la Romaña. Fue un error de primero de Maquiavelo. Julio II no tardó en despojar al cándido duque de la Romaña y ordenar su detención. César consiguió huir a Nápoles, donde fue detenido y enviado a España por el Gran Capitán, que no tenía intención de ofender al nuevo Papa protegiendo al duque. Tras escaparse de la vigilancia real, se implicó en la guerra interna que se desarrollaba en Navarra apoyando a su cuñado el Rey Juan de Albret. En una confusa emboscada –en apariencia preparada con el único propósito de eliminarle de la escena– fue masacrado sin que su guardia personal hiciera acto de presencia el 12 de marzo de 1507. Había perdido el olfato político con la muerte de su padre, y la vida no tardó en abandonarle.

Más allá de los escándalos familiares y sus ambiciones personales, la actividad de Alejandro VI en la Cátedra de San Pedro resultó extraordinariamente productiva: promulgó diversas medidas de tipo jurídico, como la creación de un Tribunal Supremo compuesto por cuatro grandes doctores de Jurisprudencia, y el establecimiento de normas tendentes a evitar los abusos judiciales que se producían en los tribunales inferiores. Alejandro, además, puso su atención en la defensa y embellecimiento de la Ciudad Eterna y en la mejora de las condiciones de vida de los romanos. En el capítulo artístico, encargó a Bramante el proyecto para la construcción de una nueva basílica de San Pedro (aunque moriría muy poco después y el mérito se lo llevó su sucesor, Julio II) y mandó levantar el edificio principal de la Universidad de Roma.

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