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La sangrienta matanza de almirantes franceses que condenó a Napoleón en Trafalgar

  • Escrito por Redacción

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El «terror francés». Este es el término que se utiliza, a día de hoy, para definir el periodo en el que la Revolución Francesa asesinó a miles de galos contrarios a los nuevos vientos de libertad, igualdad y fraternidad.

Apenas se desarrolló durante un año (de 1793 a 1794) pero se llevó por delante 40.000 vidas. Muchas de ellas, pertenecientes a los almirantes y capitanes de navío de la Armada del país, quienes sufrieron en sus propias carnes lo que era defender la bandera de Luis XVI y Maria Antonieta. Aquella matanza, aunque útil para los intereses del gobierno, dejó en paños menores a la flota, pues los líderes políticos se vieron obligados a dar el mando de la segunda marina más importante de la época a hombres que no sabían del mar más que su color.

A su vez, dichas muertes provocaron que, apenas una década después, Napoleón Bonaparte se tuviese que enfrentar -junto a los bajeles españoles- en Trafalgar a la «Royal Navy» con militares carentes de experiencia y con menos batallas a sus espaldas que un grumete adolescente. Un factor determinante que provocó una de las derrotas más sonadas de la Historia de España.

Para hallar el origen del «terror francés» («terror gabacho», que podríamos decir por estos lares) es necesario hacer retroceder el calendario hasta el año 1789. Por entonces gobernaba «la France» el monarca Luis XVI, quien -además de haber accedido al trono 14 primaveras antes- era conocido por varias cosas... y ninguna buena. Y es que, además de tener un apetito sin fin (algo que le granjeó contar con unos «kilitos» de más y ser comparado, siempre a sus espaldas, con un cerdo), también era tímido y sumamente medriocre en las labores de estado. Lo tenía todo el tipo para enfadar a la corte. «El trabajo intelectual le fatigaba, durmiéndose en el Consejo, al mismo tiempo que había vivido lamentables hechos domésticos que le habían desacreditado», explican varios historiadores en el dossier «Revista mensual de ciencias, letras y artes» editada en 1949 por la Universidad de Chile.

Tampoco andaba el monarca demasiado dichoso en lo referente a sus amores, pues estaba casado con Maria Antonieta, una coqueta y guapísima austríaca que se solía preocupar más por bajarse la falda frente a sus amantes y gastar a sacos el tesoro real, que por el bienestar de su pueblo. Según cuenta el sociólogo y divulgador histórico Adrián Meló en su obra «El amor de los muchachos», la reinona solía pasar los ratos muertos disfrazándose de plebeya y seleccionando a aquellos que, posteriormente y por invitación real, le demostrarían su amor en la alcoba. Que el monarca y su esposa eran un par de desgraciados que no se creían su propio cargo era, por entonces, algo sabido por nobles, panaderos y mendigos. Así lo atestigua el historiador del siglo XIX Albert Mathiez, quien no tuvo problemas en cargar contra Luis, pluma mediante, de la siguiente forma: «En teoría, el monarca, representante de Dios sobre la Tierra, gozaba del poder absoluto. Su voluntad era la ley. Lex Rex. En la realidad no lograba hacerse obedecer ni aun de sus funcionarios inmediatos. Mandaba tan suavemente que parecía ser el primero en dudar de sus derechos».

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