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Los cinco meses de incertidumbre en que España fue un Reino sin Rey

  • Escrito por Redacción

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Fragmento de «Las hijas de Alfonso XII» (La Esfera de los Libros), la primera novela de la periodista Almudena Martínez-Fornés, que relata la vida de la Princesa de Asturias María de las Mercedes y la Infanta María Teresa, dos niñas de infancia triste, que se casaron por amor, pero a las que les esperaba un trágico destino.

LA REINA QUE NO FUE

En el mismo momento en el que el Rey Alfonso XII expiró, su hija María de las Mercedes, como Princesa de Asturias, debía haberse convertido, a sus cinco años, en Reina de España de forma automática; su madre, María Cristina, debía haber ejercido como Reina regente hasta su mayoría de edad, y su hermana Teresa, de tres años, habría sido la nueva Princesa de Asturias.

La Constitución de 1876 establecía que muerto el Rey se proclamaría Rey a su sucesor, por lo que María de las Mercedes, como Heredera de la Corona, estaba en la plenitud de sus derechos para que se la proclamase Reina. De hecho, en los días que siguieron al fallecimiento de Alfonso, todo el mundo se refería a la niña como la Heredera de la Corona o la nueva Reina. Lo que casi nadie sabía con certeza en aquel momento era que María Cristina estaba embarazada de cuatro meses. Los periódicos habían difundido el rumor de que la Reina estaba esperando un bebé, pero no había confirmación oficial. Para evitar la confusión, María Cristina informó al Gobierno de su gestación y este decidió aplazar la proclamación de Mercedes hasta después del parto, ante la posibilidad de que esta vez la Reina tuviera un varón y le correspondiera a este la Corona.

De la misma forma que se negó a Mercedes el título de Princesa de Asturias nada más nacer y tuvieron que pasar varios meses y un cambio de Gobierno para que se le reconociera, ahora se le negaba su derecho a reinar por razón de su sexo. Pero, en esta ocasión, ni siquiera su madre cuestionó esta discriminación, consciente de que, si finalmente traía al mundo un varón, sería al niño al que correspondería la Corona por derecho propio, pues tendría preferencia sobre sus hermanas en la línea de sucesión.

Sin precedentes

Se revisaron las normas de todos los tiempos, pero no había ninguna ley ni texto jurídico ni precedente que estableciera lo que había que hacer en una situación similar. Lo que sí establecían las Partidas de Alfonso X el Sabio era que al concebido debía tenérsele por nacido en todo aquello que pudiera beneficiarle, de forma que había que esperar a que naciera por si era un varón. Se llegó a plantear la posibilidad de proclamar Reina a la niña María de las Mercedes y, en caso de que naciera un niño, despojarla de la Corona, pero finalmente los dos grandes partidos políticos, el conservador y el liberal, que se alternaban en el poder desde hacía diez años, acordaron dejar el trono vacante y esperar a que María Cristina diera a luz.

Mientras tanto, la Reina viuda se encargaría de la regencia, pero esta decisión sin precedentes también ocasionaba un grave problema jurídico, ya que toda regencia ha de ejercerse por representación, y en este caso no se sabía a quién iba a representar María Cristina, si al hijo que estaba por nacer, o a su hija Mercedes. Por primera y única vez en la historia, existía una regencia sin rey. Todo un dislate jurídico y legislativo que se mantuvo con firmeza gracias a la lealtad monárquica de los dos grandes partidos.

Tras la muerte de su padre, la Princesa de Asturias y la Infanta Teresa acompañaron a la Reina a un acto solemne en las Cortes, en el que María Cristina juró como regente su fidelidad «al Heredero de la Corona constituido en la menor edad». Con esa fórmula se pretendía abarcar las dos posibilidades: que viniera al mundo un varón o una niña. Curiosamente, se consideraba menor de edad al niño todavía no nacido que la Reina estaba esperando.

Sin embargo, ni ese peculiar juramento ni los equilibrios jurídicos a los que se recurrió durante todo el embarazo de la regente desataron grandes polémicas. Por el contrario, la imagen de la Reina viuda prestando juramento con dos niñas enlutadas y tristes abrazadas a sus faldas suscitaba tanta ternura que, en lugar de transmitir debilidad, desarmó a los sectores políticos que estaban a la espera de cualquier resquicio para tratar de instaurar una república o a otro aspirante a la Corona. Pocas veces en la historia, la Monarquía ha utilizado su arsenal afectivo de una forma tan eficaz como aquella, y probablemente de manera inconsciente.

En enero de 1886, algunos periódicos volvieron a publicar el rumor de que la Reina estaba embarazada, y pocos días después se confirmó oficialmente que María Cristina se encontraba en el quinto mes de gestación. Por primera vez la prensa empezó a plantear la posibilidad de que María de las Mercedes no fuera proclamada Reina en el caso de que naciera un varón.

Enmendar el vacío

Durante los cinco meses en los que el trono estuvo vacante, desde la muerte del Rey hasta el nacimiento de su hijo, hubo que improvisar respuestas que enmendaran ese vacío. Todos los actos del Gobierno debían ser sancionados por el Rey o, en caso de regencia, en su nombre, pero como no se sabía quién iba a ser el sucesor de Alfonso XII, hubo que improvisar un decreto que permitiera refrendar los actos del Ejecutivo sin precisar el nombre del Monarca: «Todos los actos del Gobierno se publicarán en adelante en mi nombre, como regente del reino, durante la menor edad del Príncipe o Princesa que deba, legítimamente, suceder en el trono a mi difunto esposo…».

Paradójicamente, España aceptaba a una mujer como Reina regente durante el tiempo que fuera necesario para que su hijo viniera al mundo y alcanzara la mayoría de edad, pero se resistía a aceptar una Reina titular. El mal recuerdo que había dejado Isabel II durante su reinado y los horrores de las guerras carlistas habían marcado el destino de aquella niña que a los cinco años abandonó sus delicados trajes de encajes y suaves colores alegres para vestirse de luto.

Un palacio entristecido

Tras la muerte del Rey, la Reina decretó un año de luto en la corte. Incluso el piano de palacio dejó de sonar durante largo tiempo. De todos modos, el próximo nacimiento de un nuevo miembro de la familia despertaba un rayo de esperanza en aquel alcázar entristecido. María Cristina había explicado a sus hijas que iban a tener un nuevo hermano o hermana y que, si era niño, se llamaría Fernando, Fernando VIII, porque así lo había querido su padre cuando supo que estaba esperando un nuevo bebé. «Pero, mamá, yo quiero que se llame Alfonso, como papá», protestó Mercedes y, cada vez que hablaban del futuro bebé en los cuatro meses que transcurrieron hasta que nació, la Princesa insistía en que si era niño debería llevar el nombre de su padre.

Madrid era un hervidero

En mayo de 1886, Madrid era un hervidero. Esta era la última oportunidad que tenía la Reina de traer al mundo al deseado Heredero de la Corona y el nerviosismo se había apoderado de la ciudad de forma más intensa aún que en los dos primeros alumbramientos de María Cristina. No solo los españoles estaban pendientes del nacimiento, sino que desde el extranjero se aguardaba con interés la llegada de este bebé, a juzgar por el elevado número de miembros del cuerpo diplomático que acudieron a palacio en cuanto se presentaron los primeros síntomas del parto.

El día 17 todos esperaban con impaciencia el alumbramiento del hijo póstumo de Alfonso XII: los altos dignatarios se amontonaban en los salones del palacio, y el pueblo, en la plaza de Oriente. Cuando pasadas las doce y media del mediodía los veintiún cañonazos anunciaron que era un niño, la alegría desbordó las calles. Las mujeres hablaban del bebé como si ellas mismas lo hubieran parido y España asistía al hecho insólito del nacimiento de un Rey.

Para entonces, el destino de Mercedes había cambiado drásticamente. Si en lugar de un varón, su madre hubiera tenido una tercera hija, ella se habría convertido, a los cinco años, en la cuarta Reina de la Monarquía española. Sin embargo, Mercedes siguió siendo Princesa de Asturias, a la espera de que su hermano creciera, se casara y tuviera descendencia, lo que condicionaría el resto de su vida. Debía estar siempre disponible y a la altura de las circunstancias, aunque quizá nunca llegara a asumir el trono del que era heredera.

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