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Córdoba no tiene mezquita desde hace 777 años

  • Escrito por Redacción

catedral-cordoba

Con frecuencia, la gente se refiere a la catedral de Córdoba como mezquita... cuando, en realidad, esa no es la denominación correcta. ¿No fue entonces un lugar de culto musulmán? Descubre la verdadera historia de este monumento.

La primera vez que fui a Córdoba fue hace muchos años. Mochila al hombro, fui a pasar unos días con mi amigo Manolo. Tras una noche inacabable, viajando sentado en un compartimiento lleno de viajeros en uno de aquellos trenes expreso de los años 70, y durmiendo muy poco y muy mal, bajé del tren en Córdoba en el último instante de la parada, con una empanada mental de aúpa, recién despertado de una cabezada que vino en mal momento.

Tras pasar una noche tan incómoda no resultó extraño que, nada más acabar de comer en casa de Manolo, me quedara profundamente dormido en el sofá. A Manolo y a su hermano, que eran unos 'guasones' de campeonato, no se les ocurrió otra feliz idea que ponerme al lado de la oreja un radiocasete y, con el volumen al máximo, conectar el toque de Diana.

Debí dar un salto de medalla olímpica. El despertar fue violento; el susto, descomunal; la cara que debía tener, de risa. ¿O era un sueño? ¿Dónde estaba? ¿Qué estruendo era ese? Había sonado el toque de Diana, sí; o sea, estaba ¡¡¡¿en la Academia?!!! No, no podía ser; en mi aturdimiento iba recordando poco a poco que el curso había acabado días atrás, afortunadamente; empezaba a recordar que estaba de vacaciones. Sin despertarme del todo, miraba aturdido a mi alrededor y no reconocía ese sitio. Sólo veía enfrente de mí a dos tipos que estaban tronchándose de la risa. Tardé en darme cuenta de que estaba en Córdoba, en casa de Manolo, y que eran él y su hermano los gamberros que estaban desternillándose a mi costa.

Manolo me enseñó todo lo hermoso de Córdoba; descubrí las delicias arquitectónicas y gastronómicas de aquella bendita ciudad, y también deduje el peculiar concepto de la puntualidad cuando quedaba con su pandilla a tomar unas cañas y de lo elástica que puede ser la hora en estas ocasiones.

Conocí, de su mano, la catedral de Córdoba y algunos de sus fascinantes secretos, como la pilastra que llora. Toda ella es una maravilla, una edificación única en el Mundo. Una maravilla que contiene una de las joyas más impresionantes del arte musulmán.

Sí; antes lo he dicho bien: la catedral de Córdoba. Esto es así desde hace casi 500 años sin interrupción, si cuento con la edificación central. Entonces, ¿por qué hay quien se empeña en llamarla mezquita, si no lo es? ¿Por qué hay quien promueve un uso religioso compartido? ¿Sucede eso, quizá, en las mezquitas de otros países?

Un repaso a nuestro pasado

Para tener las ideas claras y descubrir cuál es la denominación correcta, conviene, como casi siempre, hacer un repaso. Debemos tener claro que nuestro pasado empieza, por lo menos, en Hispania –de este nombre viene España-, esa parte del Imperio de Roma que, tras su desmoronamiento, pasó a constituir un nuevo Estado dotado de los requisitos imprescindibles: un territorio bien delimitado –entonces la península Ibérica y algo al norte de los Pirineos orientales- un cuerpo jurídico ordenador de la vida política y social –la fusión del derecho romano y el derecho germánico-, aplicado a todo el pueblo sin distinción entre visigodos e hispanos; y, finalmente, una religión común –tras la renuncia de los visigodos a su arrianismo y la adopción del catolicismo de los hispanos-. Con estos grandes factores se consolidó el reino Visigodo iniciado en el año 507 como una entidad propia. Por ejemplo, Suintila, que fue rey entre el año 621 y el año 631, su título era de “totus Spaniae”.

Al cabo de varios siglos de existencia, el reino visigodo sufrió una invasión de pueblos extraños, de lejano origen –eran árabes y aliados norteafricanos- y de religión diferente –el Islam-, que cruzaron el Fretum Gaditanum –hoy se llama estrecho de Gibraltar–. Estamos en el año 711.

Estos invasores lograron, a causa de la debilidad política y militar del reino Visigodo, dominar con una cierta facilidad casi todo su territorio e, incluso, rebasaron los Pirineos hasta que fueron derrotados por los francos en la batalla de Poitiers en el año 732 y rechazados hasta la península Ibérica.

En el territorio del reino Visigodo hubo, pues, dos pueblos enfrentados: al norte de la cordillera Cantábrica y en las faldas de los Pirineos estaban los que no aceptaron la presencia de los invasores; en el resto del territorio, los hispanos que se vieron dominados por los árabes y que impusieron sus condiciones.

Política religiosa de los invasores

Es cierto que la política religiosa de los árabes concedía un cierto margen a los que profesaban las otras religiones “del Libro”, es decir, los judíos –por la Torá- y los cristianos –los Evangelios-, porque reconocían coincidir con ellos en el culto al Dios único. Esto se traducía en que no les obligaban a convertirse al Islam como sí hacían con otros pueblos que dominaron y que no eran ni cristianos ni judíos, a los que no les daban más opción que convertirse al Islam o la muerte.

Sin embargo, esta política islámica de tolerancia religiosa era relativa porque, a cambio de ella, los cristianos estaban sometidos a restricciones en las manifestaciones del culto, al sonido de las campanas, a pagar un impuesto especial llamado ‘yizia’, etc.

Restos de la basílica de San Vicente (foto: A. Toledano)

Centrándonos en Córdoba, los árabes dominadores se apropiaron para sus cultos de la basílica cristiana dedicada a San Vicente Mártir, que cerraron al culto y derruyeron en el año 786 y levantaron en su solar la mezquita. Incluso aprovecharon materiales de construcción y de ornamento. En su crecimiento y embellecimiento se convirtió en una de las mezquitas más extraordinarias del mundo musulmán.

Recuperación de Córdoba

Es muy importante tener en cuenta el proceso que llamamos Reconquista que, no por dilatado, carecía de sentido y trascendencia histórica. Los hispanos empujados tras la cordillera Cantábrica, al igual que los refugiados en los Pirineos, fueron recuperando poco a poco lo que había sido suyo: el resto de Hispania. En este largo proceso de siglos hubo muchos combates y batallas muy importantes, como las de Covadonga (año 722), Simancas (año 939), reconquista de la antigua capital visigoda Toledo (1085), Las Navas de Tolosa (año 1212), etc., en combinación con tiempos de paces y de treguas. También, es verdad, hubo verdaderas guerras entre los reinos cristianos que fueron surgiendo –los que se consolidaron fueron Castilla, Aragón y Navarra, aunque hubo otros anteriormente- que dificultaron y retrasaron la recuperación del territorio perdido. El caso es que, poco a poco, el reino de Castilla se acercaba a la ciudad de Córdoba, que había sido la capital del Califato: reconquistó Cáceres (1229), Trujillo (1232), Medellín y Úbeda (1234), etc.

En vista del imparable avance castellano, Abul Casán, el emir de Córdoba, en plena descomposición de su territorio, firmó en el año 1235 una tregua de un año con el rey de Castilla, Fernando III, a cambio de darle una cantidad de dinero y no considerarse agredido si atacaba a sus rivales internos, los emires de Sevilla y Niebla.

Por un lado, Abul Casán no cumplió lo pactado y, por otro, una rebelión de cristianos cordobeses consiguió apoderarse de un arrabal de Córdoba. Fernando III aprovechó estas circunstancias para organizar una rápida ofensiva sobre Córdoba con tropas leonesas, salmantinas, zamoranas y de las Órdenes Militares, y llegó ante la ciudad comenzando el asedio el 7 de febrero de 1236 hasta que se rindió el 29 de junio.

Interior de la catedral de CórdobaInterior de la catedral de Córdoba

El día siguiente, el rey Fernando III hizo su entrada solemne en Córdoba y se procedió a purificar la mezquita para convertirla en iglesia cristiana. Desde entonces, ese edificio ya no es mezquita, es iglesia cristiana. No importa, en esta dedicación, que la arquitectura y el embellecimiento se hayan conservado.

Es más, es de agradecer que, a diferencia de lo que hicieron los invasores árabes con la antigua iglesia de Córdoba dedicada a San Vicente, las nuevas autoridades castellanas de la Córdoba reconquistada no ordenaran su demolición; nadie se lo habría impedido. Gracias a ese respeto, conservamos para goce de todos esta joya arquitectónica del arte omeya, que desde 1238 es, ininterrumpidamente, la iglesia catedral de Córdoba. Llamémosla, pues, como lo que es dese hace siglos; y no como lo que dejó de ser en aquel lejano año de 1238.

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