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La nación española: una forja milenaria

  • Escrito por Redacción

Nacion espaA ola

¿Qué es una nación? Los expertos y eruditos han llenado un mar de páginas doctísimas con esta cuestión.

Pero dejando los altos conceptos científicos y bajando al lenguaje de la calle, una nación es un espacio por el que podemos movernos sin problemas para entendernos, porque hablamos una misma lengua y las personas que nos encontramos poseemos una misma sensibilidad; que leemos en la prensa de cualquier ciudad y vemos en la televisión unas imágenes que nos interesan a todos.

Por eso, nos alegramos juntos de muchas cosas; por ejemplo, de los éxitos deportivos de nuestras selecciones en las que toman parte jugadores de los cuatro puntos cardinales y todos los jaleamos con la palabra mágica ‘olé’; sufrimos los temores y las incertidumbres ante las crisis y compartimos las esperanzas de conseguir un futuro mejor para todos.

Esta sensibilidad común ante lo bueno y lo malo no puede borrarse en unos pocos años como pretenden los que quieren construir una nueva nación, con la exclusión de los que no se pliegan a sus condiciones. (Parece que reviven el famoso dicho de “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, y de ser realistas, podemos añadir nosotros).

Una nación es el producto de las vivencias comunes a lo largo de miles de años, que han dejado huella. Miles de años, porque hay que remontarse al siglo III para encontrar el primer hito de la Nación española y de las otras cuatro que entonces comenzaron también su andadura. (Las otras son, naturalmente, Francia, Alemania, Francia e Italia).

Para mejorar la administración, el emperador romano Diocleciano (gobernó de 284 a 305) dividió el Imperio en diócesis, entidades equivalentes a lo que modernamente llamamos naciones, según el historiador francés André Piganiol (1883-1968), citado por Luis Suárez en su libro La Europa de las cinco naciones. La caída del Imperio no terminó con esas entidades o naciones. Esa conciencia embrionaria de nación permaneció después de la llegada de los bárbaros, los visigodos en el caso de Hispania.

Tampoco se eclipsó esa conciencia de nación con la invasión del islam, porque los reinos cristianos del norte siempre tuvieron como meta el restablecimiento de la unidad política y de la monarquía visigoda que había existido en la península hasta el 711. No cabe duda de que si los musulmanes hubieran triunfado, nuestra identidad sería otra, completamente distinta, y nos hubiera apartado de Europa (algo similar a lo que ocurrió con Bizancio, ahora Turquía).

Como recuerda el historiador Luis Suárez, fueron los mozárabes acostumbrados a vivir entre el adversario, los que más insistieron en que la lucha contra los moros no tenía sólo un carácter defensivo, sino de recuperación, de reconquista. Era necesario recuperar la España, hasta el punto de que se extendió la idea de que León, sede de la monarquía surgida con Pelayo en Asturias, era el nuevo Toledo (la ciudad que fuera la capital de los visigodos).

Fue un proceso largo que dio conciencia de unidad a los pequeños reinos cristianos. Poco a poco se fueron consiguiendo victorias a lo largo de 80 años en la línea musulmana defensiva del Duero, como la de Simancas en 932, que tuvo un gran eco en Europa porque la equipararon con la batalla de Poitiers, dos siglos antes, que cortó la presencia musulmana en Francia y en Europa.

También se produjeron algunas derrotas. El famoso Almanzor obtuvo una serie de victorias desde Compostela a Barcelona, pero sus efectos estratégicos y políticos fueron pasajeros, pero que sirvieron para unir más a los derrotados. Y hasta hubo batallas míticas, como las de Calatañazor y Clavijo, en las que intervino y fue decisivo el apóstol Santiago montado en un caballo blanco. La propaganda ya era un factor relevante entonces. Y comenzaban las peregrinaciones procedentes de toda Europa a Compostela.

En los demás estados cristianos, el conde de Barcelona Borrell II suspendió en 987 el homenaje que debían al rey de Francia, sacudiéndose así el dominio carolingio. Lo mismo fueron haciendo los condados de Jaca, Ribagorza y Sobrarbe. Unidos en el Reino de Aragón, éste comenzó a crecer hasta que el Compromiso de Caspe de 1412 puso la semilla para la futura unión con Castilla.

Alfonso VI había recuperado Toledo en 1085, la ciudad emblemática. Y en 1188 surgió en el reino de León -pronto copiado por los demás reinos- el primer organismo de representación medieval de Europa, las Cortes, para que todos los estamentos participasen en la toma de decisiones relevantes.

En esta serie de hitos, la decisiva victoria en las Navas de Tolosa había recuperado hecho crucial para que Hispania, luego España, diera más pasos firmes en el camino hacia convertirse en una nación moderna. Todos los reinos cristianos hispánicos unieron sus fuerzas contra los almohades, fundamentalistas del norte de África que habían sojuzgado a los reinos musulmanes de taifas.

La efeméride de las Navas ha cumplido más de ocho siglos, los mismos que han visto consolidarse la Nación española hasta llegar a la vigente Constitución de 1978, en cuyo artículo 2º se estipula: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

Pero no existe la nación española sólo porque lo afirme la Constitución vigente. Todos los textos fundamentales han recogido ese concepto, preexistente a ellas. Y en el caso de la primera, la de 1812, se estaba redactando por escrito el acta de la fe de vida de la Nación española. No de su nacimiento, porque, como se ha expuesto, una nación existe por su historia y no porque así lo exprese el texto constitucional vigente.

Fue el acta de nacimiento porque en aquella coyuntura histórica de vida o muerte a causa de la invasión napoleónica no se convocaron en Cádiz las Cortes de cada reino en 1808, como había sucedido hasta entonces. Se formuló una sola convocatoria para unas Cortes de toda la Monarquía con el objeto de que asumiera los trabajos de una Asamblea Nacional. Y en ella participaron representantes de todos los estamentos sociales y de todos los confines geográficos.

La necesidad imperiosa de hacer frente al invasor sirvió para que en todos los rincones de España, sin excepción, se tomaran las armas, que emergiera así la Nación y que se formalizara en un texto legal la obra que se había labrado durante muchos siglos.

La Constitución aprobada en 1812 da por supuesto que la Nación era algo preexistente. Por esa razón, el Título I reza: “De la nación española y de los españoles”. Y en el artículo 3º proclamaba que “la soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho a establecer sus leyes fundamentales”.

Todas las constituciones españolas han recogido esa realidad. La de 1931 señala que el Presidente de la República “es el Jefe del Estado y personifica a la Nación”. Y el proyecto de Constitución Federal de la I República de 1873 (que nunca entró en vigor) comenzaba con la frase: “La Nación española reunida en Cortes Constituyentes...”.

Incluso la denominada en su tiempo ‘Constitución de Bayona’ de 1808 -en realidad un texto graciosamente otorgado por Napoleón que nunca llegó a aplicarse- definía las Cortes como “Juntas de la Nación”. En el artículo 144 se refería a los fueros de cada una de las provincias vascongadas y de Navarra, para que en las primeras Cortes se decidiera “lo que se juzgue más conveniente al interés de las mismas provincias y de la Nación”.

Por Santiago Pérez Díaz

ONE MAGAZINE

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