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Así iban equipados los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Desembarco de Normandía

  • Escrito por Redacción

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Héroes para muchos, enemigos para unos pocos. La 101ª División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos se ha hecho famosa en los últimos años gracias a que su historia se ha dado a conocer en todo tipo de series y películas.

No es para menos, pues sus paracaidistas tuvieron que enfrentarse solos, y tras las líenas enemigas, a miles de soldados alemanes durante el Desembarco de Normandía. Sin embargo, salieron victoriosos gracias a su audacia, a su entrenamiento y a la ingente cantidad de equipo que portaban encima (el cuál podía llegar a pesar 50 kilos).

Para hallar el origen de la 101ª División Aerotransportada (más conocida como la de las «Águilas aulladoras») es necesario viajar en el tiempo hasta Alemania poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando William C. Lee, un agregado militar estadounidense en la región germana, observó como Adolf Hitler entrenaba a cientos de hombres de sus fuerzas armadas para que atacasen –paracaídas mediante- al enemigo desde el aire. La idea le entusiasmó y, casi instantáneamente, se plantó frente al despacho de su superior con el objetivo de copiarla.

Así iban equipados los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Desembarco de Normandía101 Airborne Girona en el 70 aniversario de la batalla de Normandia

«Lee regesó a Wahington como comandante. Todavía estaba encaprichado con lo que hacía el ejército alemán con sus fuerzas aerotransportadas», explica el «General William C. Lee Airborne Museum» en su página oficial. Desde ese momento, comenzó una lucha contra sus mandos para favorecer la creación de una fuerza similar en Estados Unidos. La tarea no fue sencilla pero, finalmente, el presidente Roosevelt admitió sus deseos y le ordenó planificar de inmediato una división aerotransportada. La futura 101ª.

«El primer grupo aerotransportado fue organizado por el mayor Lee como comandante. Se puede decir que se convirtió en el padre de estas unidades estadounidenses», añade el organismo oficial. No pasó mucho tiempo hasta que, el 16 de agosto de 1942, se activó en el corazón de Lousiana (al sur de los Estados Unidos) la 101ª División en el Campamento Claiborne. Por entonces, los norteamericanos contaban ya casi 8 meses inmersos en la Segunda Guerra Mundial -un tiempo muy inferior a los tres años que llevaban de contienda en Europa contra los nazis-

Aquella jornada, los soldados sabían que su unidad carecía de un largo recorrido militar (algo que sí sucedía con otras como la 1ª División de Infantería, la cual había sido fundada en 1917 y había combatido en la Primera Guerra Mundial) pero sí conocían la importancia que tendrían en el futuro. Y si no, ya estaba allí el general Lee para que no se les olvidase: «La 101.ª […] no tiene historia, pero tiene una cita con el destino. Como los antiguos pioneros americanos, cuyo coraje invencible fue la piedra sobre la que se fundó esta nación, hemos roto con las tradiciones pasadas para dar paso al futuro»

Así iban equipados los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Desembarco de NormandíaParacaidista con thompson y paracaidas listo para embarcar.JPG

Lee, curtido en mil batallas, ya parecía suponer lo que, años después, se les echaría encima durante el Desembarco de Normandía. «Debido al carácter de nuestro armamento y a las tácticas que nosotros mismos perfeccionaremos, seremos llamados a realizar misiones de gran importancia militar y acudiremos a la contienda cuando la necesidad sea inmediata y extrema. Permitidme hacer notar que nuestro emblema es el águila americana. Esta insignia es perfecta para una división que acabará con sus enemigos cayendo sobre ellos desde el cielo como un rayo», añadió en su discurso.

La misión más destacada de la 101ª

Si por una misión es recordada la 101ª División Aerotransportada es por el Desembarco de Normandía, la operación mediante la que los aliados pretendían liberar Francia del yugo alemán desembarcando en varias playas ubicadas al norte del país. Aquel 6 de junio de 1944, esta unidad fue lanzada tras las líneas enemigas en la playa de Utha (al oeste) con las órdenes de tomar varios puentes clave. El objetivo no era otro que causar el caos, eliminar las defensas de retaguardia nazis, resistir hasta la llegada de sus compañeros y evitar que los enemigos enviasen refuerzos a los germanos ubicados en la costa. Fácil de decir, pero muy complicado de llevar a cabo.

El Día D, los soldados de la 101ª estaban listos para desplegarse y demostrar que habían aprovechado al máximo sus años de entrenamiento. Desgraciadamente, la primera mala noticia les llegó antes de subirse a los aviones de transporte. Y es que, les informaron de que deberían saltar sobre Normandía sin su «padre» ideológico, el general Lee, pues había sido mandado a su hogar debido a un ataque al corazón. En su sustitución, los mandos enviaron al no menos preparado Mayor General Taylor, de 43 años y fogueado hasta la saciedad en varios frentes. Éste se lanzó al vacío junto a 6.700 de sus hombres en el sector ubicado más al sur este de Utha.

La llegada a Normandía

Con o sin Lee, la 101ª tenía una cita con el destino, y la cumplió cuando –en la noche del 5 de junio de 1944- sus hombres iniciaron el camino a la batalla. Según habían establecido los mandos, el grueso de las tropas aerotransportadas fueron precedidas por los denominados «Pathfinders» (o guías), un centenar de valientes cuya misión consistió en lanzarse a ciegas sobre una serie de puntos estratégicos para, posteriormente, realizar señales a los aeroplanos aliados. La idea era que, mediante una serie de luces, sus compañeros aterrizaran en lugares seguros y no sobre posiciones tomados por los alemanes.

Sin embargo, asegurar el camino a sus compañeros implicaba poner en riesgo su propia vida, algo que vivieron en persona militares como el soldado Robert M. Murphy, de apenas 18 años. Este joven cayó, como tantos otros, lejos de su objetivo y no tuvo más remedio que partir sólo y sin apoyo hasta el emplazamiento que tenía que señalizar.

Así iban equipados los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Desembarco de NormandíaMiembros de la 101 Airborne Girona Reenactment Group

«Los exploradores saltaron a lo largo de toda la zona, algunos desde solo 100 metros de altura. La misión de esta vanguardia de la invasión, compuesta por un grupo de voluntarios, era señalar las zonas de “lanzamiento” a los planeadores en un área de 80 kilómetros cuadrados, situada en la Península de Cherburgo», explica Cornelius Ryan (presente en el Día D) en su libro «El día más largo».

A pesar de que toda la 101ª se hallaba en sumo riesgo aquel día (los mandos previeron un 80% de bajas en la división), los que más peligro corrían eran estos guías voluntarios. Y es que, para poder ser lanzados sin que los alemanes les detectaran, sus aviones se vieron obligados a surcar el cielo a gran velocidad. Esto provocó que la mayoría aterrizaran en zonas erróneas, que se dieran de bruces contra los nazis al pisar el suelo e, incluso, que algunos cayeran en un campo de minas antipersona. Un ejemplo de lo sucedido lo sufrió el sargento Delbert Jones, cuyo transporte fue alcanzando antes de que pudiera saltar.

Tampoco se libró de un buen susto Adrian Doss, quien pudo salir del aparato, pero vio como los cañones que disparaban desde el suelo le agujerearon el paracaídas y el equipo que portaba en sus piernas. Por suerte, ninguna bala le dio. «El fuego antiaéreo era tan intenso que muchos aviones se vieron obligados a desviar la ruta. Solamente 38 de los 120 paracaidistas tomaron tierra en sus objetivos. El resto lo hizo a kilómetros de distancia», determina el autor.

Así iban equipados los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Desembarco de NormandíaMiembro del grupo de recreación en una de las playas en las que se realizó el desembarco

Una vez que los guías establecieron los lugares de lanzamiento, le llegó el turno a la fuerza paracaidista principal, la cual fue arrojada al suelo en planeadores o en paracaídas. Como era de esperar, su aterrizaje no fue más sencillo. De hecho, el salto masivo y descontrolado dio como resultado una amalgama de situaciones trágicas. Entre ellas, muchos soldados de la 101ª no podrán olvidar como sus amigos cayeron en un lodazal y se ahogaron al no poder alzar la cabeza para respirar debido al peso.

El resto, como suele decirse, es historia. Toma de puentes, defensas a ultranza y, en definitiva, un trabajo bien hecho que cortó las comunicaciones e impidió a los alemanes enviar refuerzos a las playas de Normandía. Tras aquellas jornada, todos los miembros de la 101ª pasaron a la historia –vivos o muertos- como grandes héroes.

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