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Romero Robledo: de insultar a la institución a presidirla

  • Escrito por Redacción

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El cinismo, o visto de otro modo, la capacidad de adaptación a cada situación, es una cualidad que ha acompañado muchas veces a los políticos. Sirva como ejemplo esta anécdota histórica, extraída de «Se abre la sesión», el libro de Luis Carandell sobre sus señorías y sus declaraciones en Cortes.

Ocurrió que Francisco Romero Robledo –abogado y político, diputado, varias veces ministro, que pasó de apoyar la revolución que acabó con Isabel II a saltar del partido conservador al liberal– fue nombrado en 1903 presidente del Congreso de los Diputados.

Algo que sorprendió vivamente a muchos de los parlamentarios, que se preguntaban por los pasillos cómo podría dirigir los debates quien había sido, como diputado, irrespetuoso con la presidencia y hasta insultante con quien la ocupaba.

El cómo iba a congraciar su pasado con su presente se vio muy poco tiempo después, con motivo de una de las sesiones parlamentarias. El presidente Romero Robledo llamaba la atención de un diputado por lo que decía, y éste le replicó: «Su señoría, señor presidente, no puede prohibirme esto porque lo aprendí de su señoría cuando hablaba desde su escaño». Romero Robledo le interrumpió diciendo: «Y ¿qué gana su señoría en discutir con un ausente?¿Por qué se mete con el que no puede escucharle?».

El mismo protagonista, el presidente Romero Robledo, tuvo otra salida con chispa en una posterior intervención en pleno, cuando concedió la palabra a un diputado que se perdió en rodeos y circunloquios en lugar de ir al grano. Cuando finalmente dijo el diputado: «Voy a entrar en el tema, señor presidente», éste replicó: «Pues entre su señoría, que ya lleva un rato a la puerta».

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