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¿Cómo son los españoles?

  • Escrito por Redacción

Duelo-a-garrotazos

Vamos a echarle un poquito de imaginación y plantear una hipotética situación donde saliese esta pregunta. Un amigo científico que investiga un nuevo medicamento tiene que trasladarte a un lugar remoto alejado de cualquier signo de civilización.

Allí, entabla amistad con una población nativa y le invitan a vivir en su poblado. Por las noches, al calor de un buen fuego, charlan del sexo de los ángeles y de cómo van las investigaciones -se me olvidaba, mi amigo es políglota y conoce su idioma-. Igual que él quiere conocer sus costumbres, ellos le hacen preguntas sobre su “mundo” y una buena noche, el más curioso de todos y que le suele poner en aprietos, le hace esta pregunta…

¿Cómo son los españoles?

Ya que no es el lugar para soltar un rollo con el último estudio sociológico y antropológico que leyó -se me volvía también que es un erudito en muchas materias-, decide aprovechar un cuadro, un discurso y una cita, relativos a nuestra historia, para ponérselo fácil y que, sin saber nada de nosotros, entiendan cómo son los españoles…

Cuadro “Duelo a garrotazos” de Goya

Duelo a garrotazos

Discurso de renuncia al trono de España del italiano Amadeo de Saboya en 1873.

Amadeo de Saboya

Grande fue la honra que merecí a la Nación española eligiéndome para ocupar su Trono; honra tanto más por mí apreciada, cuanto que se me ofrecía rodeada de las dificultades y peligros que lleva consigo la empresa de gobernar un país tan hondamente perturbado.

Alentado, sin embargo, por la resolución propia de mi raza, que antes busca que esquiva el peligro; decidido a inspirarme únicamente en el bien del país, y a colocarme por cima de todos los partidos; resuelto a cumplir religiosamente el juramento por mí prometido a las Cortes Constituyentes, y pronto a hacer todo linaje de sacrificios que dar a este valeroso pueblo la paz que necesita, la libertad que merece y la grandeza a que su gloriosa historia y la virtud y constancia de sus hijos le dan derecho.

Creía que la corta experiencia de mi vida en el arte de mandar sería suplida por la lealtad de mi carácter y que hallaría poderosa ayuda para conjurar los peligros y vencer las dificultades que no se ocultaban a mi vista en las simpatías de todos los españoles, amantes de su patria, deseosos ya de poner término a las sangrientas y estériles luchas que hace tanto tiempo desgarran sus entrañas. Conozco que me engañó mi buen deseo. Dos largos años ha que ciño la Corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo.

Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la Patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males. Lo he buscado ávidamente dentro de la ley y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien prometió observarla.

Nadie achacará a flaqueza de ánimo mi resolución. No habría peligro que me moviera a desceñirme la Corona si creyera que la llevaba en mis sienes para bien de los españoles; ni causó mella en mi ánimo el que corrió la vida de mi augusta esposa, que en este solemne momento manifiesta, como yo, el vivo deseo de que en su día se indulte a los autores de aquel atentado. Pero tengo hoy la firmísima convicción de que serían estériles mis esfuerzos e irrealizables mis propósitos.

Éstas son, señores diputados, las razones que me mueven a devolver a la Nación, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo de ella renuncia por mí, por mis hijos y sucesores. Estad seguros de que al desprenderme de la Corona no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada, y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarle todo el bien que mi leal corazón para ella apetecía.

Cita de don Miguel de Unamuno

Miguel Unamuno

Entre los unos y los otros -o mejor lo hunos y los hotros- están ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo España

Insistente, el curioso le preguntó: y si siempre estáis así, ¿tú que bandera llevas o de qué lado estás?

Y mi amigo le contestó:

Para bien o para mal soy español, y así me siento, pero la única bandera que sigo es la sábana que cubre el cuerpo de mi mujer.

 

Por Javier Sanz en HISTORIA DE LA HISTORIA

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