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Ramón Mercader: el comunista español que asesinó a Trotski con un pico de escalar

  • Escrito por Redacción

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Agosto de 1940. Ramón Mercader entra en el despacho de León Trotsky, en su casa de Coyoacán (México). Se presenta como un joven admirador que va a publicar un artículo en un periódico; un chico que necesita del creador del ejército rojo para revisar sus escritos.

Cuando Trotsky se sienta en su escritorio y centra la mirada en el papel, Mercader clava un piolet en su cabeza. El joven Ramón, de 27 años, ve sorprendido cómo su víctima no desfallece y grita a los guardaespaldas que ya apresan al español: «No le matéis. Tiene que decir quién le envía». El líder de la revolución rusa, expulsado por Stalin de la URSS en 1929, moría horas después. El comunista catalán ingresó en la prisión mexicana de Lecumberri después de haber recibido una paliza de los guardaespaldas y un mordisco en la mano de un Trotski que se resistía a morir.

«Tiene que decir quién le envía». El grito del que inició la revolución bolchevique junto a Lenin todavía resonaba en la habitación. ¿Quién encargó el asesinato? Mientras Stalin, desde los soviets, veía cómo se apagaba la respiración del que podía disputarle el control del régimen, Mercader ocultaba el nombre del impulsor portando consigo una carta: «Fui un devoto adepto de Trotsky. Conocerlo constituyó un gran desencanto. Me encontré ante un hombre que no deseaba más que satisfacer sus deseos de venganza». Más tarde, durante el juicio, se defendería diciendo que atacó a Trotski con el pico de escalar porque el líder ruso le amenazó con una pistola. ¿Por qué llevaba un piolet? «Porque era escalador y lo llevaba al carpintero».

Ramón Mercader, un español con nombre de músico o artista, entraba así en la Historia de España, de Rusia, y del mundo. Entró en la Historia y la cambió, con sangre de por medio. ¿Pero cómo llegó este comunista español hasta el despacho de Trotski? ¿Por qué?

Una madre que muere con la foto de Stalin

Ramón Mercader del Río nació en Barcelona en febrero de 1913, el mismo año en el que Stalin conoció a Trotski en algún lugar de Viena. Hijo de un fabricante burgués de la Ciudad Condal y de una mujer que vivía por y para el anarquismo, terminaría siendo el agente secreto con más fama de toda Rusia, el «James Bond» español. Su madre fue internada en un manicomio después de convertirse en la cabecilla de una célula terrorista que hizo explotar una bomba en la fábrica del que todavía era su esposo.

Sus compañeros de partido y de ideología se apañaron para sacarla del psiquiátrico y la llevaron a Francia, donde se instaló con sus hijos. Nuria Amat, escritora y pariente lejana de Mercader, relató en «Amor y Guerra» que Caridad, madre de Ramón, moriría en París (1975) con la foto de Stalin bajo el colchón. Allí, en Francia, Mercader iría aprendiendo las técnicas de espionaje. Lo hizo de la mano de su padrastro, Leonid Eitingon, uno de los espías más prestigiosos de la red estalinista.

Mercader vuelve a España para luchar por la República

Ya en 1931, con el nacimiento de la segunda República, los Mercader del Río, volvieron a Barcelona. Ramón, un joven políglota educado en Francia, se ganaba la vida como profesor de catalán y en su tiempo libre ejercía como capitán del equipo de equitación del Real Club de Polo de la ciudad. Incluso participaría en la organización de unas olimpiadas populares paralelas constituidas en 1936 como protesta a los juegos olímpicos berlineses de Adolf Hitler.

En 1938, Ramón luchaba en el frente de Guadalajara, de donde desapareció después de recibir un encargo de su madre. Vuela a París. De vuelta en el país donde creció, Mercader conseguiría enamorar a Silvia, hermana de la secretaria de Trotski, que le llevaría hasta el despacho mexicano del enemigo de Stalin.

Mercader se convierte en «El Santo»

Una vez apresado, después de haber conseguido su cometido con un pico de escalar, recibió el nombre de «El santo». El asesino comunista dedicó sus veinte años en prisión a leer y a alfabetizar al resto de los presos. Incluso el presidente mexicano entró en la cárcel de Lecumberri para felicitarle. Sara Montiel llegó a decir: «Mató a Trotski, pero malo no era». El comunista español llegó al despacho del enemigo de Stalin con la careta de hombre belga y a pesar de las palizas y torturas no se la quitó. Cuentan que un funcionario de prisiones descubrió la verdadera identidad del asesino porque le escuchó cantar una canción de cuna catalana: «¿Qué li donarem al noi de la mare? ¿Qué li donarem que li sápiga bo?».

Fue conocido como «El Santo» por alfabetizar al resto de presos

Después de veinte años, con la condena cumplida y 47 veranos a sus espaldas, viajó a Moscú. Allí fue recibido con todos los honores y condecorado con la medalla de Stalin; pero era una condecoración anónima, una vitola que colgaron sobre otra careta; la de Ramón Paulovich López, como sería conocido hasta su muerte. Mercader recibía en la URSS todo tipo de caprichos, pero era un homenaje de doble filo para el régimen porque el exterior podía descubrir al asesino de Trotski. La escritora catalana, Nuria Amat, una de las reveladoras de la cruenta historia de este español, habla de la URSS como la «prisión dorada» de Mercader.

El trato envenenado de Santiago Carrillo

Enfermo grave de cáncer y cansado de la opacidad del estalinismo consiguió, por medio de un intermediario, pedir a Fidel Castro que le dejase ir a vivir a Cuba. El compañero revolucionario del Che aceptó y Mercader moriría allí. Según los escritos de Amat, corre la sospecha de que pudo ser envenenado antes de salir de Rusia, aunque nadie pudo ni quiso certificarlo. Aquel que clavara un pico de escalar para acabar con la vida de Trotski en agosto de 1940 pidió una última concesión antes de morir: volver a España.

Ramón Mercader: el comunista español que asesinó a Trotski con un pico de escalar  Santiago Carrillo

Se lo comunicó al líder del Partido Comunista, Santiago Carrillo, que le respondió con un mensaje envenenado: «De acuerdo, pero tendrás que escribir una confesión completa de las actividades realizadas a lo largo de tu vida y de quién te dio la orden del asesinato». Ya a punto de morir, volvió a actuar como el hermético espía de Stalin que fue, y no confesó crimen ni detalle alguno. Ramón Mercader falleció en La Habana un 19 de octubre de 1978.

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