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Las elecciones en que votaron hasta los fallecidos

  • Escrito por Redacción

pascual-madoz

En el año 1843, el edificio del Congreso aún no existía, y las sesiones de las Cortes se reunían, por decisión del Gobierno del General Espartero, en el salón del Teatro de Oriente –aproximadamente situado donde hoy está el Real–.

Allí se dio una curiosa denuncia del diputado progresista Pascual Madoz –famoso, años después, por la Ley de Desamortización que aprobó en 1855–, relativa al fraude electoral, extendido en aquella época hasta límites ahora inimaginables.

La cosa sucedió así: según recoge Luis Carandell en su obra «Se abre la sesión» –editorial Planeta–, durante la sesión de apertura de las Cortes, Madoz denunciaba ante un auditorio eminentemente conservador, que las elecciones se habían convertido en un proceso tan poco transparente que hasta los muertos tomaban parte: «En Huesca, lo mismo que en Barbastro –dijo el diputado–, votan los que murieron hace 5 años; en Huesca votan hasta los niños de teta, los que murieron hace muchos años, los que están a 50 leguas de distancia, y resulta, según probé el año pasado, que votaban más electores que vecinos, y aquí se ha justificado que votaron niños de 13 y 14 años»

Ironizaba el diputado Madoz sobre estos hechos, asegurando que «de mí sé decir que, habiendo llegado a ver las listas de Barbastro, entrando en el Ayuntamiento para tratar de las elecciones a fin de hacer oposición al ministerio Rodil, me encontré con tantos muertos que creí que había votado el cementerio».

La falta de limpieza fue la nota dominante en los procesos electorales en España a lo largo del siglo XIX. Era el Ministerio de Gobernación el encargado de la organización y control de los comicios, y siempre –salvo alguna muy extraña excepción– el partido del gobierno era el ganador. El ejemplo más representativo de esta manera de funcionar en política fue el del ministro José Posada Herrera, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de «el gran elector».

ABC

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