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El capitán Sancho Dávila, la mano de hierro del implacable Gran Duque de Alba

  • Escrito por Redacción

sancho-davila-escultura

La muerte alcanzó al oficial de los Tercios de Flandes de forma absurda cuando, viendo herrar un potro, recibió una coz en el muslo. El golpe no parecía grave y la herida se cerró limpia, sin embargo nueve días después la zona se infectó con un desenlace fatal

Revisar la carrera del abulense Sancho Dávila y Daza es recorrer la de otro natural de Ávila, si cabe, más ilustre: Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba. Ambos siguieron una trayectoria casi pareja, en parte por el empeño del duque de contar con el capitán en todas las campañas que iniciaba. Ser amigo de un noble, más de este, nunca es fácil. Ganarse la estima militar de un patriarca del ejército lo es menos, pero puede reportar ingentes beneficios.

Como Gonzalo Martín García narra en su libro «Sancho Dávila, soldado del Rey», el abulense comenzó su carrera militar tras abandonar Roma, donde había iniciado estudios eclesiásticos siendo un niño, para alistarse en el emblemático tercio de Álvaro de Sande. Corría el año 1543. Una vez más el Ejército ganaba un infante en detrimento de la Iglesia. Para la mente intrépida de Sancho, hijo de un comunero de Ávila –y por tanto, sospechoso de no ser muy de fiar a ojos del Rey–, no había duda de cuál debía ser su destino: demostrar su hondo talento para la guerra y su lealtad.

Bautizo en el Mediterráneo, gloria en Alemania

Sería en el duro invierno alemán cuando su nombre resonó entre el alto mando por primera vez. En su disputa con los príncipes luteranos, constituidos en la Liga Esmalcalda, Carlos V confió el control de sus ejércitos al Duque de Alba, que, bajo su habitual modus operandis, desgastó a la fuerza enemiga y sacó el máximo partido a la desunión entre las filas protestantes. Cuando el 24 de abril de 1547, no en vano, se presentó la ocasión de aniquilar a la fuerza enemiga el duque no rehuyó la batalla.

Nueve soldados, entre los que se encontraba Sancho Dávila, de solo 23 años, y el también célebre Cristóbal de Mondragón, cruzaron a nado y en completo silencio el helado río Elba. Después de silenciar a los exploradores, tomaron las barcas necesarias para garantizar el paso de todas las tropas. Alba y el Emperador encabezaron lo que se convirtió en una huida desesperada de los protestantes que se pensaban, erróneamente, resguardados por el río. Eran ajenos e ignorantes de la bravata de los nueve soldados castellanos. Tras la batalla, el Emperador recompensó a cada uno de aquellos nueve soldados con una vestimenta de terciopelo grana guarnecida de oro y plata, y cien ducados. Por su parte, el Duque de Alba recompensó a Sancho con mucho más, su confianza ciega a partir de entonces.

El capitán Sancho Dávila, la mano de hierro del implacable Gran Duque de Alba

Museo del Prado-Carlos V en la batalla de Mühlberg, pintado por Tiziano

Después de aquella victoria en Europa, Dávila se enfrascó en la guerra por el Mediterráneo contra los turcos. El soldado abulense saboreó por primera vez la victoria en el ataque a Mahdia (1550), en cuyo asalto final hizo gala de gran audacia y valor, aunque también vivió años de suerte desigual. Dávila sufrió en sus carnes una de las mayores derrotas en la historia del Imperio español: El desastre de Gelves de 1560, con casi 9.000 muertes y 4.000 prisioneros entre las filas españolas. A su regreso de Estambul, donde permaneció brevemente cautivo, el abulense se sumió en un estado de melancolía al entender que su carrera militar se encontraba estancada.

A mediación del Duque de Alba, Sancho Dávila fue nombrado castellano de la fortificación de Pavía en 1561. Aunque la estancia y el cargo en Italia sobrepasaban las aspiraciones de alguien de su estrato social, el abulense soñaba con cotas todavía más altas. Su ambición no se conformaba ni siquiera con las mieles de un cargo plácido y lucrativo. Cuando el Duque de Alba marchó hacia la guerra de Flandes en 1567, le rogó que le llevara consigo.

Dávila fue puesto al frente de la guardia personal del duque. Una unidad de élite que encabezó las operaciones que requerían del más fino bisturí en el conflicto. 100 lanzas y 50 arcabuceros que marcharon a la cabeza de una masa militar de 16.000 almas, entre soldados, criados y mujeres. Ningún ejército había estado tan bien equipado y tan disciplinado en la historia, y, en opinión del cronista francés Brantome, ninguno había desfilado tan elegante: «Parecían todos príncipes y capitanes».

El capitán Sancho Dávila, la mano de hierro del implacable Gran Duque de AlbaGrabado de la época de Sancho Dávila

No esperaban en Flandes banquetes ni bacanales donde lucir vestimentas, sino barro y miseria. En 1568, el capitán abulense junto a Lope de Figueroa, con el que había coincidido en Los Gelves, tuvieron un papel crucial en la batalla de Jemmingen. Fue la suya una exhibición de cómo se conduce una encamisada. Esto es, un ataque nocturno entre las filas enemigas. Dávila –al mando de trescientos arcabuceros a caballo y quinientos de infantería– fue tomando una a una las esclusas donde las fuerzas de Guillermo de Orange, el gran líder de la rebelión contra Felipe II, permanecían atrincheradas.

«El agua lo deshace y el viento se lo lleva»

Tras sofocar la primera acometida de Orange, el Duque de Alba licenció a gran parte de sus tropas y ordenó repartir a cuatro mil españoles por las principales guarniciones de Flandes. A Sancho Dávila le reservó un lugar predilecto, la ciudadela de Amberes, donde debía coordinar las obras de una imponente fortaleza. Una pequeña ciudad dentro de la ciudad, con capacidad para 800 soldados y sus familias. El duque, además, había repartido indicaciones para alzar una estatua de su figura en la plaza central de Amberes, lo cual suponía un peliagudo movimiento político. Sancho Dávila tuvo que lidiar con la enemistad que producía la presencia de los españoles en la ciudad y con las críticas referidas a que un hijo de un comunero ostentara un cargo tan elevado. Y para mayor impedimento, siempre con escasez de fondos y problemas logísticos: «El agua lo deshace y el viento se lo lleva».

En Amberes, la envergadura de su posición le abrió las puertas de importantes figuras locales. Su amistad con Juan López Gallo, acaudalado banquero, le llevó a casarse con Catalina Gallo en 1569. No obstante, la felicidad no se posó mucho tiempo por Flandes. Días después de dar a luz a un hijo, Hernando, Catalina falleció en Amberes.

Fue por aquel tiempo cuando el castellano solicitó a Felipe II el hábito de Santiago. La Orden mostró dudas sobre la ascendencia de sus dos abuelas, de posible origen judío, y comenzó una investigación que perserseguiría al abulente durante toda su vida en su fallida pretensión de ser urgido caballero en alguna orden cristiana. No en vano, las indagaciones sacaron a la luz que no tenía pureza de sangre. Era aquella, la de Felipe II, una época donde los méritos militares pesaban menos que la calidad de la sangre. Una lección que el castellano nunca consiguió digerir.

El capitán Sancho Dávila, la mano de hierro del implacable Gran Duque de Alba
ABC - Retrato de el Gran Duque de Alba

Después de un breve periodo de paz, una rebelión estalló en Flandes de forma general en 1572. Lo que no había conseguido Guillermo de Orange, lo propició el Duque de Alba con su agresiva política fiscal y su irascible carácter. Con solo 7.000 hombres, el Gobernador de Flandes tuvo que hacer frente a tres ataques simultáneos: al norte, Guillermo de Orange cruzó el Rin con 20.000 infantes; en la zona costera los mendigos del mar redoblaron sus esfuerzos; y, al sur, Luis de Nassau tomó la ciudad de Mons con 3.000 hombres. Tras ello, el caudillo rebelde se guarneció en Mons a la espera de refuerzos franceses y de la llegada de su hermano con el grueso del ejército. Valorando la importancia de que los hugonotes no se implicaran en el levantamiento, el duque destinó toda su atención al frente abierto en Mons, al norte de Francia.

Atrapado entre la ciudad tomada por los rebeldes y los 20.000 soldados de Guillermo de Orange que estaban a pocos kilómetros, el Gran duque de Alba vivió, tal vez, la mayor encrucijada de su carrera militar. Y para enfrentarse a ella recurrió a todos los soldados españoles dispersos por Flandes. Entre ellos Sancho Dávila, que, ante el ataque marítimo, se había dirigido en un principio a Holanda para levantar el sitio de Middelburg, y ahora tenía que regresar desde la otra punta del mapa. Cuando Guillermo de Orange estaba cerca de darse la mano con la guarnición de Mons, Julián Romero y Sancho Dávila perpetraron una encamisada con 1.000 castellanos en el campamento rebelde. Las bajas fueron muy altas y el propio Guillermo de Orange escapó por poco. El ejército de socorro se había diluido y la guarnición se rindió a los pocos días.

La batalla de Mock: Dávila como general

En el trascurso de los siguientes meses, la guerra comenzó un periodo de no retorno, donde se vivieron los episodios más encarnizados. Ningún capitán de Flandes participaría en tantos como Sancho Dávila, especializado en conducir flotillas por Zelanda, dirigir escaramuzas, dominar los vados y apoderarse de puentes y barcazas. El abulense incluso sobrevivió a la marcha de su máximo valedor: el Duque de Alba. Lejos de desconfiar de su lealtad, Luis de Requesen –enviado para pacificar la zona en sustitución del veterano duque– valoró en alta estima la fidelidad mostrada por Dávila a su predecesor y le situó en su grupo de mando.

En el año 1574, Sancho Dávila obtuvo su mayor logro militar al frenar a Luis de Nassau en Mock. Por enésima vez en esa década, el hermano de Guillermo de Orange irrumpió desde Francia para atacar las provincias flamencas. Sancho Dávila se puso al frente de un ejército reforzado con unidades llegadas desde Italia y comenzó un cauteloso intercambio de amagos. Eso es probablemente lo mismo que hubiera dispuesto el Duque de Alba. Finalmente las maniobras desembocaron en una lucha campal donde la infantería española resistió con paciencia, y contraatacó con furia. Los españoles causaron la muerte de Luis de Nassau y Enrique de Nassau (otro de los hermanos de Guillermo «El taciturno»), así como de 3.000 hombres.

Desde la Corte, el Duque de Alba felicitó al capitán por su gran victoria como si de un hijo se tratase: «Todos los que os hallasteis en la batalla puedo decir que os he criado a mis pechos, especialmente vuesa merced, que tantos años andamos juntos en este oficio». Felipe II hizo lo propio y prometió enormes mercedes en el futuro. Como de costumbre, el Rey pagaba en forma de promesas. No obstante, la hazaña quedó empañada esa misma noche, pues los soldados decidieron cumplir sus amenazas previas y se amotinaron en protesta por las numerosas pagas atrasadas.

El capitán Sancho Dávila, la mano de hierro del implacable Gran Duque de Alba
Ferrer Dalmau
Cuadro de un oficial de los Tercios de Flandes en el siglo XVI

Comenzaba ese año un largo periodo donde los motines, los saqueos, las luchas internas y la muerte repentina de Requesens causaron la pérdida de prácticamente la totalidad de los Países Bajos. El capitán abulense se alzaría en estos años como el patriarca militar que sostuvo el orden cuando no había un mando superior y se encargó de camuflar el vacío de poder a ojos del enemigo. Aquel periodo terminaría con la llegada de Don Juan de Austria en 1577, quien portaba la instrucción de retirar la castellanía de Amberes a Dávila. Aunque aceptó la orden con obediencia, el veterano entendió en ese momento que su tiempo en Flandes había terminado.

A su regreso a España, Felipe II otorgó a Dávila el cargo de capitán general de Granada. Una disposición importante, pero con escaso ratio de acción. No fue hasta la campaña para tomar Portugal, en 1580, cuando Dávila, junto a un anciano Duque de Alba, recuperaron el primer plano militar. En el transcurso de esta guerra, el ejército castellano se impuso con brutal celeridad a los rebeldes lusos. El 11 de diciembre de 1582, pacificado todo el reino, el Duque de Alba fallecía a los 74 años en Lisboa. Y seis meses después lo hacía Sancho Dávila como queriendo no serle más a su mentor. La muerte le alcanzó de forma absurda cuando, viendo herrar un potro, recibió una patada del animal en el muslo. El golpe no parecía grave y la herida se cerró limpia, sin embargo nueve días después la zona se infectó con un desenlace fatal. La peor muerte para un guerrero, postrado en la cama.

ABC

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