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La guerra que España libró en favor de Marruecos

  • Escrito por Redacción
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El 10 de julio de 1927, hace exactamente 98 años, el general Sanjurjo emitió la orden con la que daba por terminadas las operaciones de pacificación en el Protectorado de Marruecos, unas luchas en las que los gobiernos español y marroquí defendieron juntos sus respectivos intereses.

El general José Sanjurjo Sacanell (1872-1936), desde su cargo de Alto Comisario de España en el Protectorado de Marruecos –es decir, la más alta autoridad política y militar- emitía una orden el día 10 de julio de 1927 en la que declaraba oficialmente acabadas y con éxito las operaciones de pacificación en la zona de Marruecos que España tenía encomendada.

Este largo conflicto, que tuvo muchas repercusiones en nuestra historia nacional y en las relaciones con nuestro vecino Marruecos –sobre todo de incomprensión de generaciones posteriores-, había comenzado en 1912 de una manera bastante parecida a la misión internacional de pacificación de Afganistán.

El enemigo no era Marruecos

Instalados en la cómoda creencia acrítica de nuestras “leyendas negras”, hay españoles que están acomplejados por la guerra de Marruecos, en la que nuestros abuelos y bisabuelos se dejaron allí la piel, la salud, la sangre o la vida combatiendo contra un enemigo que, a lo largo de todos los años de su duración, siempre estuvo identificado claramente: las cabilas rebeldes, nunca Marruecos, nunca el Sultán.

Para aquella guerra unieron sus fuerzas los gobiernos de España y de Marruecos –éste por medio del Jalifa, la autoridad delegada del Sultán- cada uno persiguiendo, naturalmente, la defensa de sus propios intereses. Por utilizar términos actuales, al Marruecos de principios del siglo XX se le titularía hoy casi como un “estado fallido”, en el que no se recaudaban impuestos, los civiles iban armados, las cabilas estaban casi en guerra permanente entre sí por conflictos seculares, había piratería, contrabando y relaciones internacionales mantenidas por jefes locales, entre otros graves defectos.

La autoridad del Sultán era decreciente según aumentara la distancia a la capital y había regiones en las que sus representantes eran prácticamente ignorados porque la policía y el ejército marroquíes apenas tenían entidad y capacidad para intervenir, sobre todo en el norte, Yebala y el Rif. En la zona norte de Marruecos florecían cabecillas locales que hoy en día recibirían el apelativo de “señores de la guerra” como El Roghi Bu Hamara, El Raisuni o Abd el Krim, que organizaron sus propias rebeliones armadas, con diferentes fechas, motivaciones, actitud cambiante hacia la acción española, extensión de los territorios dominados y seguimiento entre las cabilas más independientes. Parecido a lo que conocemos de la reciente historia de Afganistán.

Voluntarios marroquíes y tropas jalifanas junto a las españolas

La intervención internacional en Marruecos a principios del siglo XX fue consecuencia de la Conferencia de Algeciras (1906) en la que las potencias europeas –incluyendo lejanas como el Imperio Austrohúngaro, Rusia y Suecia- y EEUU, acordaron junto con Marruecos, la división de su territorio en dos partes, la más grande y rica para que la mantuviera pacífica Francia y la de peor relieve y de cabilas más belicosas para España.

Y allí envió el Gobierno español al Ejército, que organizó pronto, con consentimiento marroquí y sin problemas en el número de alistados, el reclutamiento de tropas indígenas, los famosos Regulares, y de la Policía Indígena, también formada por marroquíes con mandos españoles.

Por su parte, el representante del Sultán en la zona española, el Jalifa, organizó las Mehal.las Jalifianas como parte del ejército marroquí al servicio del Majzén –su gobierno- y que operaba en coordinación con el español, del que procedía ayuda, oficiales instructores y especialistas. Y hay que sumar otras formaciones de marroquíes que participaron en las operaciones, aliados con las tropas españolas, en unas milicias civiles llamadas harkas, gums e idalas. Hubo también un servicio de espionaje integrado por marroquíes.

Ejército español y ejército marroquí combatieron, pues, con la superior dirección del primero, a los enemigos del régimen marroquí. Lo explica Indalecio Prieto en 1921: "... un moro esbelto, bien vestido, con una bandera arrollada. Aguarda al general Berenguer. Es el portaestandarte que ahora lleva el Alto Comisario en cuanto sale del territorio de soberanía [española] para entrar en la zona del Protectorado, con la insignia del Majzén [el pendón verde] para evidenciar que no es España conquistadora quien allí asienta su dominio, sino el Jalifa... cuya autoridad nos toca amparar".

Podemos imaginar fácilmente en el final de Marruecos si pensamos en un Afganistán en el peor de sus momentos y sin las tropas occidentales que han estado combatiendo allí, con la cooperación de tropas y policías locales, a sus enemigos internos.

La sangre y el oro de España

Como proclama la inscripción de la Medalla de la Paz de Marruecos, creada por el Gobierno español en 1927 para conmemorar el fin de la guerra contra los rebeldes, España contribuyó a aquella “con la sangre preciada de sus hijos y el oro de sus arcas”. La sangre española vertida fue la de las 25.000 o 30.000 bajas españolas que costó alcanzar la paz, y su derramamiento merece el respeto y la consideración por ambas partes, Marruecos y España.

Dice la inscripción: “España, siempre dispuesta a toda empresa de civilización universal, contribuyó a la de Marruecos con la sangre preciada de sus hijos y con el oro de sus arcas. El triunfo de sus armas y la cultura de sus métodos son los cimientos de están obra de humanidad”.

Estas explicaciones deberían bastar para dejar las cosas en su sitio. España ganó su guerra a favor de Marruecos, y, repito, también a favor de los intereses españoles en la zona fijados por el Gobierno, naturalmente. Del cumplimiento de la larga y difícil misión hay que estar orgullosos.

Medalla MarruecosReverso de la medalla de la paz de Marruecos

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