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La tragedia de Mayerling, ¿atentado o suicidio?

  • Escrito por Redacción

TRAGEDIA

El terrible suceso hizo concebir incluso en algunos la certeza de que sobre la Casa de Habsburgo se cernía una especie de maldición. La tragedia coincidió, además, con la paulatina desmembración del imperio cuyas grietas intentaba en vano reparar, con su política paternalista, el propio emperador Francisco José (1830-1916).

Su reinado, aun así, de casi 68 años, sería el tercero más largo de la historia de Europa, después del de Luis XIV de Francia y Juan II de Liechtenstein. Aludimos, claro está, al suicidio del archiduque Rodolfo de Habsburgo, príncipe heredero del Imperio austro-húngaro, y al de su amante, la baronesa María Vetsera, acaecido el 30 de enero de 1889 en un dormitorio del pabellón de caza de Mayerling, en los exuberantes bosques de Viena. Rodolfo era el único hijo varón del emperador Francisco José. Su madre era la emperatriz Isabel, llamada cariñosamente «Sissi» en familia, nacida princesa de Baviera, de quien su propio esposo, Francisco José, era primo carnal.

María Vetsera provenía, en cambio, de una familia acaudalada de zapateros de Bratislava. Nacida en 1871, fue la mujer elegida por Rodolfo para no morir solo. Era realmente bella y seductora, como atestiguaba por escrito una amiga suya: «No era muy alta, pero su figura sinuosa y el seno exuberante la hacían parecer más que adulta a sus 17 años. Coqueta por instinto, inconscientemente inmoral en sus actitudes, casi una oriental en su sensualidad y, sin embargo, una dulce criatura. Había nacido para el amor, y desde luego que lo descubrió con un oficial inglés a los 16 años, conocía el fuego de la pasión».

La llama prendió en su corazón el 14 de enero de 1889, tan sólo 16 días antes de la tragedia, cuando María escribió a su institutriz, sin titubeo alguno: «Estuve anoche con él [Rodolfo] desde las siete hasta las nueve. Ambos hemos perdido la cabeza. Ahora nos pertenecemos por completo».

Los disparos efectuados en el pabellón de caza de Mayerling resultaron mortales para los dos amantes. Sus cadáveres fueron hallados aquel fatídico miércoles, a las siete y media de la mañana, por el camarero personal del príncipe heredero, Johan Loschek, que a duras penas logró derribar la puerta del dormitorio a hachazo limpio junto con dos amigos de la pareja invitados a la cacería. Rodolfo estaba al borde de la cama, con un brazo colgando; María Vetsera yacía boca arriba, entre las sábanas bañadas en sangre.

Sin pruebas

Tras no pocas conjeturas, acabó aceptándose que Rodolfo había disparado a su amante antes de dirigir el arma contra sí mismo. Es decir, que tan autor fue de un homicidi, como de su propio suicidio. Pero conocer la verdad llevó su tiempo, pues la propia Casa Imperial hizo cuanto pudo para salvaguardar su prestigio, difundiendo la versión oficial de que el archiduque Rodolfo había sido asesinado por razones políticas. La última emperatriz de Austria, Zita de Borbón-Parma, declaró a la Prensa, en 1983, su convencimiento de que Rodolfo había sido asesinado. Zita añadió que presentaría las pruebas concluyentes del crimen. Pero sus palabras fueron desmentidas por su hijo, el archiduque Otto, primogénito de la familia imperial, quien aseguró, categórico, a los periodistas: «No existen tales pruebas. Rodolfo se suicidó».

Entre tanto, circularon las versiones más rocambolescas sobre lo acontecido en Mayerling, el idilio pasional más célebre de la historia contemporánea. Llegó a afirmarse que María Vetsera se había envenenado con cianuro antes de matar a Rodolfo, carcomida por los celos porque éste le había asegurado poco antes que pensaba abandonarla.

Finalmente, aceptada a regañadientes la hipótesis del suicidio, los miembros de la ultracatólica Casa de Austria alegaron como excusa «enajenación mental transitoria» para poder inhumar al desgraciado Rodolfo según los sagrados cánones de su religión. A su muerte violenta, los amantes dejaron escritas varias cartas. El archiduque, una para su esposa Estefanía de Bélgica, a quien decía, «te ves libre de mi funesta presencia. Sé buena con la pobre pequeña [su única hija, la archiduquesa Isabel, nacida en 1883], ella es todo lo que queda de mí. Voy tranquilo hacia la muerte». Rodolfo tenía sólo treinta años cuando decidió quitarse la vida. Había heredado de su madre el mismo carácter impulsivo y sentimental que tantos errores le hizo cometer en vida, frente al espíritu sosegado y reflexivo de su padre. Y de todos sus errores, el más grave fue sin duda el de quitarse la vida.

LA RAZON

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