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¿Por qué se mintió sobre la muerte de la Reina Mercedes?

  • Escrito por Redacción

MARIA-DE-LAS-MERCEDES

Se disfrazó el motivo de su fallecimiento, un contagiosos tifus, tras la apariencia de un embarazo para evitar comentarios. De haber abordado la enfermedad debidamente, la vida de la esposa de Alfonso XII se habría salvado

El destino y el error médico, por qué no admitirlo, convirtieron el reinado de María de las Mercedes de Orléans y Borbón en el más breve desde la época de los Reyes Católicos: 154 días exactamente. Cinco meses de felicidad pero, ante todo, de angustia, desde que a finales de marzo de 1878 la salud de la reina empezó a resentirse.

Enamorada hasta el tuétano de su esposo y primo el rey Alfonso XII, con quien contrajo matrimonio el 23 de enero de aquel mismo año en la madrileña basílica de Atocha, la reina Mercedes se apagaría sin remedio como una vela.

Al principio se pensó que su palidez y los mareos y vómitos que la confinaron en sus aposentos privados eran consecuencia del embarazo. Poco después, el doctor Tomás Corral y Oña, marqués de San Gregorio y médico de cabecera del rey, intentó detener en vano la amenaza de aborto. El trance ocasionó un serio disgusto al monarca, preocupado también por verse privado del sucesor que tanto anhelaba.

Más de un siglo después, el doctor Enrique Junceda valoraba así el triste acontecimiento: «La etiología de este aborto es difícil de precisar, pues se presentó al regreso de un largo paseo a caballo, hecho que pudo haber sido puramente casual o bien desencadenante del mismo; o pudo ser también la interrupción gravídica derivada de la infección latente que poco tiempo después había de llevarla al sepulcro».

Sea como fuere, el padre de la malograda parturienta, Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, recomendó cautela a su regio yerno en una carta enviada desde Bolonia, el 2 de abril: «Venga ahora el sermón: después de este malparto, toda precaución ha de ser poca; hay que quemar las sillas de señora, los coches de jacas, los ‘‘breaks’’ duros, y al menos, indicar chaise-longue y descanso absoluto; perdona eso a un viejo abuelo que tiene también mucho empeño en serlo también por tu lado».

Restablecida en apariencia en el mes de abril, la reina Mercedes acusó de nuevo un paulatino cansancio desde finales de mayo. Nuevamente, los médicos sospecharon que podía tratarse de otro embarazo, dadas sus persistentes náuseas y vómitos.

«Principio de embarazo»

De hecho, el marqués de San Gregorio firmó en la «Gaceta» el primer parte facultativo el 18 de junio: «Viene aquejada desde fines del mes anterior de las molestias que anuncian algunas veces el principio del embarazo. En estos últimos se ha observado en S. M. una fiebre poco intensa de forma intermitente y tipo irregular, que ha desaparecido en virtud de los medios apropiados; pero persiste la predisposición al vómito y la inapetencia, con el malestar y debilidad consiguientes».

Una semana después, el mismo periódico reproducía otro parte oficial anunciando que la vida de la reina corría grave peligro tras producirse una hemorragia.

Al día siguiente, 26 de junio de 1878, sobrevino el fallecimiento del cual daba noticia así el marqués de Gregorio, en la «Gaceta»: «Cumplo el dolorosísimo deber de poner en conocimiento de V. E. que S. M. la Reina nuestra Señora doña María de las Mercedes Orleáns y Borbón ha fallecido a las doce y cuarto del día de hoy a consecuencia de una fiebre gástrica nerviosa, acompañada de grandes hemorragias intestinales».

Pero María de las Mercedes pudo haber conservado la vida si no hubiese sido por el error de los médicos, como ya anticipábamos. Una vez más, los doctores no acertaron con el tratamiento de la grave enfermedad, disfrazada ante el pueblo para evitar comentarios, dado que en realidad se trataba de un tifus, como tal, contagioso. El falso diagnóstico fue, recordemos: «fiebre gástrica-nerviosa».

La suerte de María de las Mercedes pudo haber cambiado si la reina hubiera sido tratada exclusivamente por el padre de Jacinto Benavente, el primer pediatra que hubo en España. Su hijo, el ilustre Premio Nobel de Literatura, al menos estaba convencido de ello: «Yo estoy seguro –decía don Jacinto– de que si mi padre se hubiera encargado de la asistencia de la Reina, pero él solo, sin intromisiones de otros médicos, la reina Mercedes no hubiera muerto en plena juventud. Mi madre, que sentía plena simpatía por la pobre reina, cuya muerte fue muy sentida en toda España, se lamentaba muchas veces de que no se hubiera llamado a mi padre, y no ciertamente por presumir de señora de médico palatino, sino porque siempre creyó que los médicos no habían entendido la enfermedad».

Y no sólo no la entendieron, sino que la falsearon a los ojos del pueblo entero para evitar el escándalo.

El gran conspirador

La reina Isabel II, madre de Alfonso XII, se opuso con uñas y dientes a la boda de su hijo con María de las Mercedes. No en vano, la soberana culpaba de su propia caída y posterior exilio en París al padre de la novia, el duque de Montpensier, convertido a su juicio en gran conspirador. Fiel a su convicción, Isabel II fue la principal ausente en la ceremonia nupcial. Sin ir más lejos, el ministro de Estado, Manuel Silvela, escribió al marqués de Molíns sobre el sentir de la reina, el 27 de septiembre de 1877: «Al venir al Real Sitio –El Escorial– para dejar a sus hijas, ha citado [Isabel II] a los representantes de Francia, Alemania y Rusia, manifestándoles su repugnancia al matrimonio con doña Mercedes, y disparándose contra el duque de Montpensier». Pero el vencedor sería Montpensier, convertido, gracias a su hija, en suegro del rey.

LA RAZON

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