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La batalla de Waterloo, entre la historia y el mito

  • Escrito por Redacción

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Waterloo fue en opinión del General español Miguel Ricardo de Álava «la más importante que se ha dado en muchos siglos»

Nadie expresó mejor que el general español Miguel Ricardo de Álava, presente en la batalla y amigo personal de Wellington, el significado de Waterloo: «la batalla más importante que se ha dado en muchos siglos» (Gaceta de Madrid, jueves 13 de julio de 1815). De la victoria sobre Napoleón dependió la paz y la seguridad futura de toda Europa.

Sin embargo, por su extraordinaria significación, el hecho de armas pasó pronto a convertirse en un mito, que doscientos años después, en su efemérides, parece acrecentarse. Hasta el punto de haberse perdido de la memoria el nombre con el que, en justicia, debía haberse conocido la propia batalla, que en realidad debió haber sido el de Belle-Alliance, denominación propuesta por el mariscal Blücher, y que hubiera hecho justicia a la contribución de los prusianos a la victoria aliada. Pero, una vez más, fue el propio Wellington quien decidió escoger el de Waterloo, que era mucho más asequible a la fonética inglesa.

Por la misma razón muy pronto también se consagró el mito de Wellington, que pretendía que la batalla de Waterloo se ganó en los campos de Eton, inexistentes entonces, como ya recordó el historiador británico Eric J. Hobsbawm al estudiar la «invención de la tradición».

El triunfalismo de la victoria ocultó y sigue ocultando todavía doscientos años después muchos aspectos de la realidad tanto desde el punto de vista de la «historia desde abajo», es decir, de los soldados de a pie que allí combatieron, como de sus jefes. Pues ¡cuántas cosas podría decirse de los fallos cometidos por estos últimos, empezando por los vencedores, de cuyos talentos tanto se habló! Lo mismo que sucedió con la valoración técnica de los enfrentamientos en aquellos cuatro días que decidieron la victoria a favor de los aliados, estimulada por el orgullo regimental y el resentimiento en no pocos casos, que caracterizará a los cientos de memorias, diarios, boletines oficiales y colecciones de cartas que informarán sobre la experiencia militar británica en la lucha contra Napoleón.

Por no hablar del papel de los vencedores. El caso, por ejemplo del viejo general prusiano von Blücher, sin cuya oportuna intervención Wellington no hubiera vencido a Napoleón. Pues el viejo general tenía entonces más de 70 años. Y quienes le conocían, empezando por su jefe de Estado Mayor Gneisenau, sabían que el viejo era un charlatán impenitente, un jugador frenético e incluso un psicópata. Hasta el punto de soñar que estaba embarazado de un elefante merced a un soldado francés. Lo que dio lugar a que, incapacitado por sus problemas mentales durante la campaña de 1814, el general York se negara a acatar una de sus órdenes al serle entregada por Gneisenau, aduciendo que estaba firmada al revés. «Se ve que el viejo -dijo- está de nuevo loco, por lo que es Gneisenau quien manda nuevamente, algo que no podemos tolerar». Sin embargo, aquel «viejo loco», tan encumbrado por los vencedores (después de haber sido derrotado siempre), fue al final quien decidió la victoria.
Incompatible con la verdad

Desde luego no le faltaba razón al propio Wellington al pensar que la historia era incompatible con la verdad. Que así se lo espetó éste a un periodista que le entrevistó en 1815 para hacer una historia de Waterloo, según se recoge en las conversaciones del conde de Stanhope. «El objeto que usted se propone es de muy difícil consecución, y si lo logra no es poca cosa», le dijo. En la conversación, después de decirle que «no se puede escribir una historia verdadera de una batalla sin incluir las faltas y la mala actuación de al menos parte de los implicados», terminó por reafirmarse en la idea de que como «muchos ejemplos de heroísmo individual deben pasarse por alto y quedar sin ser contados, es mejor para los intereses generales dejar sin relatar aquellas partes de la historia que contar toda la verdad».

Pero lo mismo le dijo Wellington, en una fecha tan temprana como la de agosto de 1815, a John Wilson Croker -autor vinculado a la Quarterly Review y autor de las tan celebradas Songs of Trafalgar (1806)-, a quien disuadió de que escribiera una historia de la batalla de Waterloo, a la que comparó con una pelota: «Puede que algunos recuerden todos los pequeños acontecimientos de los que el gran resultado es ganar o perder la batalla; pero nadie puede recordar el orden o el momento exacto en el que ocurrieron, lo cual marca la diferencia de su valor o importancia». Por todo ello, doscientos años después, es muy importante distinguir entre la historia y el mito.

Manuel Moreno Alonso

Catedrático de Historia de la Universidad de Sevilla

ABC

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