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Salvochea, el republicano anticlerical que celebraba el terrorismo anarquista

  • Escrito por Redacción

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El nuevo alcalde de Cádiz, José María González Santos «Kichi», ha sustituido el retrato del Rey Juan Carlos que presidía su despacho por uno del llamado «santo de la anarquía». Un defensor de los desfavorecidos con una biografía llena de episodios controvertidos más allá del mito

Ser anarquista en los años próximos al asesinato del presidente Cánovas del Castillo a manos del anarquista italiano Michele Angiolillo o el de José Canalejas por el anarquista Manuel Pardiñas Serrano, entre otros brutales atentados, no era precisamente un canto al pacifismo. La aureola de santo laico que arrastra el alcalde republicano Fermín Salvochea no es compatible con lo que se suponía intrínseco en aquellos años al movimiento Anarquista, que veía en la estrategia antisistema de la Propaganda por el hecho (atentados y asesinatos contra figuras públicas) una forma legítima de hacer política.

Hace pocos días, el nuevo alcalde de Cádiz, José María González Santos «Kichi», sustituyó el retrato del Rey Juan Carlos que presidía el despacho de su antecesora en el cargo, la popular Teófila Martínez, por el del anarquista y alcalde de Cádiz durante la Primera República, Fermín Salvochea. Además de ignorar el hecho de que Salvochea mantenía una opinión muy crítica sobre lo que luego sería llamado Marxismo trotskista –con el que algunos miembros de la formación que ahora gobierna Cádiz simpatizan o han simpatizado en el pasado–, la medida contribuye a perpetuar el mito de un alcalde histórico que esconde episodios biográficos de moral bastante descuidada.

Fermín Salvochea al que Blasco Ibáñez retrató en su novela «La bodega», bajo el nombre de Fernando Salvatierra, como alguien que producía escándalo y temor entre los ricos, era, de hecho, hijo de una rica familia procedente de la burguesía vinatera, textil e industrial gaditana, los Terry, emparentados con Juan Álvarez Mendizábal, el político liberal que se hizo famoso por su política de desamortizaciones. A los 15 años fue enviado a estudiar a Londres técnicas industriales y mercantiles, pero prefirió hacerlo sobre los convulsos problemas sociales de la época. Cuando regresó a Cádiz se convirtió en un importante activista social y durante la Revolución Gloriosa alcanzó el grado de jefe de uno de los Batallones de los Voluntarios de la Libertad de Cádiz, lo cual le costó ser encarcelado.

Puesto en libertad en 1869, organizó partidas armadas contra el gobierno en la Sierra de Cádiz, que, a causa de la intervención de las tropas gubernamentales, le obligaron a refugiarse en Gibraltar y más tarde en París. En la capital francesa participó el 12 de enero de 1871 en una manifestación contra Napoleón III. En este año se afilió a la Internacional, aunque siguió apoyando las ideas federalistas y republicanas. Así, al inicio de la Primera República, Fermín Salvochea encabezó en Cádiz la insurrección conocida como Rebelión cantonal que querían instaurar una República Federal de carácter radical. El hijo de burgueses fue alcalde de Cádiz durante este periodo, donde tomó numerosas medidas para limitar la influencia de la Iglesia. Desalojó a las monjas de la Candelaria de su convento, sustituyó en las escuelas la enseñanza de «religión» por la de «moral universal». También cambiaron el nombre de las calles dedicadas a santos por otros laicos como Voltaire, Juárez, Jacobinos, etc. Se suprimieron las fiestas religiosas y se creó una fiesta cívica del advenimiento de la República Federal.

Salvochea pasó 18 años en distintas prisiones

Terminado el episodio del cantón, Salvochea fue apresado por las tropas del general Pavía, juzgado en Sevilla y condenado a cadena perpetua, permaneciendo varios años detenido –en total pasaría 18 años encarcelado a lo largo de su vida– en el Peñón de Vélez de la Gomera y en Ceuta hasta que consiguió huir a Francia. Allí fue donde Salvochea se hizo anarquista, concretamente de la tendencia anarcocomunista, y mostró su apoyo a varios actos de terrorismo y violencia con fines políticos. En su obra «La contribución de sangre», ensalza a cuatro terroristas que dieron su vida por el Anarquismo: Pini, que apuñaló al socialista Prampolini en 1889; Ravachol, que colocó en 1892 una bomba en la casa del juez de Clichy; Caserio, que asesinó al presidente de la República francesa Sadi Carnot en 1894; y Pallás, que atentó en Barcelona contra el general Martínez Campos en venganza por las ejecuciones ligadas a La Mano Negra.

La muerte de Alfonso XII en 1885, que durante su vida fue víctima de dos atentados perpetrados por anarquistas de los que salió ileso, el anarcocomunista fue nuevamente amnistiado. En Cádiz, creó un periódico, «El Socialismo», en el que publicó, entre otros, artículos del conocido anarcocomunista Piotr Kropotkin, y siguió involucrado en el seno del movimiento Anarquista en España. Participó en las principales acciones de los grupos anarquistas del momento, como las del entierro de Pi y Margall, la huelga de solidaridad con Barcelona, el atentado contra el policía Narciso Portas o el llamado complot de «La Coronación». Su estilo de vida austero y su decisión de renunciar a su herencia y a las posesiones familiares, que para entonces se encontraban en proceso de descomposición, para entregárselas a los más necesitados de Cádiz elevó la figura de Salvochea a la categoría de mito. Al fallecer el 28 de septiembre de 1907, su entierro se convirtió en una gran manifestación de duelo popular. Los sucesivos homenajes se encargaron de omitir los elementos más controvertidos de su biografía: desde su anticlericalismo hasta su tolerancia con la violencia como vehículo para alcanzar objetivos políticos.

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