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Hanna Reitsch, la mejor aviadora de todos los tiempos

  • Escrito por Redacción

hanna reitsch

Allá por el año 1961, una mujer de aspecto frágil y menudo entraba en la Casa Blanca, la sede presidencial de los Estados Unidos. El presidente Kennedy recibía con sonrisa afable a su invitada. Pero... ¿quién era ella?.

Un prodigio de los aires. Medía metro y medio y pesaba poco más de cuarenta kilos, pero escribió hazañas que ninguna otra mujer ha igualado jamás: Hanna Reitsch, alemana, dominó como nadie el vuelo sin motor y, en un paso más allá, fue piloto de pruebas para las bombas volantes de Hitler. La mujer cohete.

Pasión de volar

Hanna Reitsch es un ejemplo de obstinación como hay pocos. Había nacido en 1912 en Hirchsberg, en la baja Silesia, que hoy es Polonia, pero entonces era Alemania. Su padre, un importante oftalmólogo, decidió que la niña tenía que ser médico. Hanna estaba dispuesta, pero con una condición: sería “doctora misionera voladora”, según dejó escrito a los trece años. Porque la pasión de su vida, desde niña, era volar. Y así, mientras estudiaba Medicina, se apuntaba a todos los cursos de vuelo que le caían a mano. En 1932, con veinte años, obtuvo un título en la escuela de vuelo sin motor de Grunen. Era la única mujer. Y allí mismo batió su primer récord: permanecer más de cinco horas en vuelo con un planeador. Ninguna otra mujer había hecho nunca nada igual.

A partir de ese momento la vida de Hanna cambió. Abandonó sus estudios y se dedicó exclusivamente a volar. El pionero de la aeronáutica sin motor Wolf Hirth la contrató como maestra de vuelo en su escuela de planeadores. Era 1933, el año en el que Hitler llegó al poder. En 1934 Hanna ya estaba considerada como uno de los más audaces pilotos de pruebas de Alemania. Dos años después batía un nuevo récord, esta vez de distancia: 305 kilómetros de trayecto por el aire, siempre con planeador.

A estas alturas –y nunca mejor dicho- usted se estará preguntando por qué tanto empeño en los planeadores: ¿acaso no había aviones a motor? La respuesta está en las duras condiciones impuestas a Alemania por los vencedores de la primera guerra mundial, que restringieron enormemente las posibilidades de desarrollar una industria aeronáutica. La gran línea comercial alemana, la Lufthansa, no pudo empezar a funcionar hasta 1926, y la aviación militar, la Luftwaffe, fue expresamente prohibida por el Tratado de Versalles. Alemania mantuvo una fuerza aérea de tapadillo en los años veinte, pero sin grandes desarrollos. Toda su aeronáutica se concentró en las líneas comerciales y, precisamente, en los aeroplanos. Hasta que Hitler, en 1935, encargó a Hermann Göring la reorganización de la aviación militar. Lo cual violaba el Tratado de Versalles, pero Hitler no era hombre que se detuviera por esas cosas.

Capitán de la Luftwaffe

La creación del arma aérea alemana dio un giro a la vida de Hanna Reitsch, cuyos servicios como piloto no tardaron en ser requeridos por la Luftwaffe. El cerebro de Göring, el as de la aviación e ingeniero Ernst Udet, la contrató como piloto de pruebas para los nuevos aparatos. Aquí un biógrafo complaciente diría que Hanna, al fin y al cabo, fue nazi en Alemania como podía haber sido comunista en la URSS o tory en Gran Bretaña, que se dedicó a probar aviones de guerra porque eso es lo que había y que ella sólo quería volar. Sería una explicación piadosa, pero no es verdad: Hanna Reitsch se hizo nazi; completamente nazi, como tantos millones de alemanes que vieron en Hitler al redentor de las humillaciones de Versalles.

Eso sí, su compromiso político no la desvió lo más mínimo de su pasión por el vuelo. Hanna enseguida firmó otro récord: fue una de las primeras personas en el mundo que probó un helicóptero (el Wolf Fw 61 de Heinrich Focke) en 1938. Todo lo que a esa mujer le caía en las manos volaba. Udet la hizo capitán de la Luftwaffe. Y más récords: primero, la travesía de los Alpes en planeador; enseguida, otro récord de distancia entre Sylt y Breslau, y en 1939 uno de sus mayores logros, el récord mundial de vuelo dirigido, siempre en sus aparatos sin motor.

La Segunda Guerra Mundial disparó el desarrollo de la industria aeronáutica en todas partes. La Luftwaffe afrontó proyectos insólitos, como los primeros aviones-cohete de la historia: el Messerschmitt Me 163 Komet, que en realidad era un planeador, pero dotado de un cohete de carburante líquido que le hacía alcanzar velocidades espeluznantes –más de 1.000 kilómetros hora- en el despegue y el ascenso. El prototipo fue retirado porque, por mucho que volara, enseguida se le acababa el combustible, de manera que servía de bien poco. La idea del cohete, sin embargo, conocería otras variantes: las bombas volantes V1 y V2, misiles concebidos como aviones explosivos para alcanzar objetivos a enorme distancia. A Hanna Reitsch se le atribuye la increíble hazaña de pilotar las V1 durante su periodo de experimentación; literalmente, la mujer cohete.

Al contrario que la mayor parte de los alemanes, el fervor de Hanna Reitsch por Hitler no se enfrió con las derrotas: en 1943 era una de las personalidades habituales del círculo íntimo del Führer. ¿Por qué? La respuesta sólo puede encontrarse en la singular psicología de esta señora, habituada a jugarse literalmente la vida en retos cada vez más difíciles. Aquella pequeña mujer, gigantesca aviadora, fue acumulando por méritos propios las más altas distinciones militares de la Luftwaffe. Decidida a hundirse con su Führer, participó incluso en uno de los más demenciales proyectos alemanes: una escuadrilla de pilotos suicidas a bordo de aviones autoexplosivos para lanzarse contra las divisiones enemigas. Fue el propio Hitler quien canceló el proyecto cuando se enteró. Lo último que hizo Hanna en la guerra fue acudir –volando, por supuesto- a Berlín con la intención de llevarse a Hitler. Éste se negó. Hanna abandonó Berlín por aire, entre las bombas soviéticas. Luego cayó en manos de los americanos. Estuvo presa, pero no había crímenes que imputarle.

Alto y profundo

Hay gente que tiene una capacidad notable para reinventarse. Hanna Reitsch también. Después de la guerra no tardó en encontrar de nuevo un sitio… en el aire. Los aliados habían prohibido a los alemanes volar, pero la evolución del marco internacional –la “guerra fría”- rectificó muchas cosas. Hacia 1950 se permitió a los alemanes usar planeadores. En 1953 se autorizó de nuevo la aviación comercial. Hanna Reitsch publicó un libro autobiográfico que en inglés se tituló El cielo es mi reino. Su primera reaparición pública fue en España, en un campeonato mundial de vuelo en planeador. Quedó tercera. Enseguida se puso a trabajar para los nuevos prototipos de planeadores en Alemania. Siempre como piloto de pruebas.

En países sin demasiados recursos ni industria avanzada, el planeador se convirtió en una buena solución para determinadas funciones. La India, primero, y Ghana después contrataron los servicios de Hanna Reitsch como asesora e instructora. En África estuvo cuatro años atareada con esos menesteres. Fue en ese periodo cuando recibió la invitación del presidente Kennedy, sin duda intrigado por la personalidad de aquella mujer.

Hanna Reitsch voló por última vez en 1979. Tenía 67 años. Murió ese mismo año en Francfort, enferma del corazón. Detrás dejaba récords nunca igualados de duración de vuelo, altura y distancia. Y un último libro: Höhen und Tiefen (Alto y profundo) que cuenta sus peripecias desde el final de la guerra hasta sus últimos días. Una mujer única.

LA GACETA

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