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Noticias Historia

El fin de la Segunda Guerra Mundial: el día más grande del siglo XX

  • Escrito por Redacción

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Hace setenta años acabó la contienda. Rememoramos aquella fecha histórica a través de los diarios de dos escritores alemanes de la época: Thomas Mann y Ernst Jünger

El siglo XX, con toda su brutalidad bélica, no conoció seguramente muchos días felices. Cabe pensar que el 8 de mayo de 1945, martes, día soleado y hermoso, haya sido uno de los más dichosos. Pues en la víspera, el día 7, se firmó la rendición incondicional que daba término a la Segunda Guerra Mundial en Europa y asistimos al entierro oficial del Tercer Reich en un escenario tétrico: las calles saturadas de cadáveres abandonados, las ciudades convertidas en inmensas ruinas, millones de personas caminando como fantasmas, sin rumbo, sin hogar, ni cobijo. Churchill le dio a ese día máximo rango histórico: «La rendición incondicional de nuestros enemigos fue la señal para la mayor explosión de alegría en la historia de la humanidad».

Todo eso fue posible porque unos ocho días antes, el 30 de abril, se había suicidado en su búnker de Berlín el gran Satán, la «bestia» –por repetir fórmulas de entonces–, «el animal de histéricas pezuñas», que le llamó Thomas Mann. Esas analogías con lo demoniaco «rebotaron» al gran politólogo en el exilio E. Voegelin, quien vio en ellas la intención cínica de «dis-culpar» a los alemanes de su responsabilidad en la insólita barbarie. Aunque para majestuosidad literaria, la de los ingleses citando la frase final del Ricardo III de Shakespeare: «The day is ours, the bloody dog is dead».

Las dos grandes figuras simbólicas de la literatura alemana de la época –Thomas Mann y Ernst Jünger– comentan en sus Diarios ese día. Uno vive la experiencia en el «feliz» exilio de Pacific Palisades, en California, con otros exiliados eminentes como su hermano Heinrich, Horkheimer, Marcuse, Adorno. El otro, Jünger, experimenta en directo el final de la guerra en su casa de Kirchhorst, cerca de Hannover, donde ve pasar los tanques y las tropas vencedoras camino de Berlín, y tiene que arreglárselas con asaltantes, soldados perdidos que roban o invasores que violan.

El «Mago» y «Dr. Faustus»

Thomas Mann escribe su Diario como siempre: en estilo telegráfico, muy pendiente de los acontecimientos y obsesionado con la obra que está escribiendo: «Dr. Faustus». El día 8 de mayo el «Mago», así le llaman en familia, pasa un día difícil: va al hospital a revisar su dañado pulmón. Escribe en el Diario: «Día desacostumbrado y fatigoso», «radiografías», «champán francés para celebrar el día V», «oímos los discursos de Churchill y de Truman». Y el mensaje del Almirante Dönitz al pueblo alemán: «El fundamento del Estado nacional-socialista ha sido destruido»; «el derecho debe reinar en Alemania y la meta tiene que ser pertenecer a la familia de pueblos europeos tras la superación del odio». El «Mago» se permite sólo un agrio comentario: «El rechazo del nazismo no pasa de ahí». Y termina: «Los rusos siguen buscando inútilmente el cadáver de Hitler».

Por supuesto, hay muchos comentarios interesantes los días anteriores y posteriores al 8 de mayo. El 7 confiesa: «Sobrevivir significa vencer. Es una victoria. Claridad sobre a quién debemos la victoria: Roosevelt». Y tres días antes, el 4, escribe: «Habría que eliminar a un millón de alemanes», pero «no es posible ejecutar a un millón sin copiar los métodos nazis». Y un mes antes confiesa en una carta: «Ud. no se hace idea de la locura patriótica de los emigrantes alemanes [se refiere a Döblin], de la furia que les entra cuando uno reconoce la verdad: que el nacional-socialismo no es algo que les hayan impuesto a los alemanes desde fuera, sino que está enraizado en siglos de historia alemana».

En sus habituales mensajes radiofónicos, el 8 de mayo llama a los «torturadores» de los campos de concentración «criaturas animalizadas del nacional-socialismo». Los asesinos, añade, no fueron unos pocos, fueron cientos de miles de una élite alemana que, por doctrinas enloquecidas, cometieron esos crímenes «por el goce enfermo de sus bestialidades». Eso indica ya cuál es su estado de rabia por Alemania, que le traerá distintos problemas con otras figuras alemanas, con el filósofo Jaspers, por ejemplo, que siente que Mann ofende a muchos alemanes «limpios» y decentes durante el nazismo como él, que le decía a su desesperada mujer en los momentos más terribles: «Yo soy Alemania».

A partir de ese día, de esa «hora cero» como se la llamó muy impropiamente, habrá duros debates sobre el futuro de Alemania, en los que Mann mantuvo siempre un tono crítico, aunque colaborativo, colaboración que no fue compartida por otros, como Einstein, quien escribió una durísima carta contra Alemania. Ya Brecht había hecho, según cuenta Arendt, una importante puntualización: «Los grandes criminales políticos no son los grandes criminales políticos, lo son, más bien, los generadores de grandes crímenes políticos, que es algo totalmente distinto». Y Adorno había escrito a sus padres en 1943: «Casi hay que pedir que la cosa no vaya muy rápida: que no se produzca un colapso político que les ahorre a los alemanes la clara derrota militar, para que sientan en su propio cuerpo todo lo que ellos han causado».

«Radiaciones»

Jünger es de otra pasta, militarista. No es telegráficamente conciso, como Mann, y es hombre de acción que conoce el caos de las guerras y había visto de cerca la muerte. En sus Diarios, titulados «Radiaciones», que escribe en el pajar o en la buhardilla de su casa, aprovecha los acontecimientos, anteriores o posteriores al 8 de mayo, para realizar largas reflexiones sobre el mundo o la existencia. Le había ocurrido lo peor: en noviembre de 1944 su hijo, de nombre Ernesto como él, al que siempre llama «Ernestín», moría en Carrara de un disparo en la cabeza. Un hombre que había escrito una narración titulada «Sobre los acantilados de mármol» veía morir a su hijo en los montes de mármol de Carrara. Paradojas del destino. Ese «mi buen niño» está constantemente presente en los Diarios: «El dolor es como una lluvia que primero discurre como una torrentera y luego va calando lentamente en la tierra». Tiempo después su amigo Carl Schmitt, el teórico del derecho, le consolará con una carta en latín: «Ernesto no nos ha abandonado, sino precedido».

El 1 de mayo Jünger abre su diario admirando a los lirios, y dice: «Ellos y el lloroso corazón engalanan la imagen del hijo: hoy habría cumplido 19 años». Pero, a continuación, escribe unas palabras más que interesantes sobre Hitler: «La radio notifica la muerte de Hitler, muerte que es oscura como casi todo lo que le envolvía. Mi impresión es que este hombre, igual que Mussolini, era desde hace tiempo sólo una marioneta movida por otras manos y otras fuerzas. La bomba de Stauffenberg no le arrebató, es cierto, la vida, pero sí el aura; se percibía en su voz». Y al final añade una reflexión: «Tenemos que reencontrar el camino que nos marcó Comte: pasar de la Ciencia, por la Metafísica, a la Religión». El 7 de mayo escribe: «Como informan los rusos, encontraron ayer los cadáveres del Dr. Goebbels y su familia». Y, a continuación, hace una larguísima descripción de su relación con Goebbels desde los viejos tiempos de Berlín.

Concluye críticamente sobre estos advenedizos a los que despreciaba: «Mi buen genio me guardó de sus laureles y distinciones». Y el 8 de mayo nos notifica que «el cuclillo canta por primera vez en las lagunas» y, tras larga y gélida poética, esa que a tantos soliviantó, cuenta que ha vuelto, tras años, la luz. Una alegría modesta –señala– comparada con la fiesta exuberante de las capitales aliadas, desde Nueva York a Moscú, mientras el vencido está metido en el sótano con la cara cubierta. «Oí el discurso del rey de Inglaterra, digno y honroso, lo propio del soberano de un gran pueblo». Y vuelve sobre Goebbels para concluir: «El espíritu del mundo trabaja ahorrativamente. Para derrumbar este edificio no hacía falta un Mirabeau». Y finaliza: «Vi al Doctor [Goebbels] una vez más, ya como ministro, en... la presentación en sociedad de la nueva clase dirigente». «¿Qué dice Ud. a-ho-ra?, fueron las últimas palabras que me dirigió, una pregunta. ¿Podría contestarla hoy? Se contesta siempre mucho antes de lo debido».

Wagnerismo político

Puede decirse que ese 8 de mayo de 1945 finaliza el wagnerismo político. Una «teatrocracia» hecha de escenificaciones gigantescas, retóricas huecas y falsos héroes nibelungos que, en realidad, eran seres alicortos y criminales con sueños monstruosos. En el libro «Conversaciones de mesa en el Cuartel General del Führer» se ven esas ensoñaciones oligofrénicas de Hitler: en febrero del 42 dice a sus comensales que él es uno de los grandes hombres de la historia alemana, con Lutero, Federico el Grande o Bismarck; les cuenta también que estaba muy dotado para la arquitectura y que, si no hubiera sido por la Guerra de 1914, «habría sido uno de los primeros arquitectos, si no el primero, de Alemania».

En realidad, no sabía ni dibujar ni calcular. Según el general Jodl, tenía «el convencimiento místico de su infalibilidad como Führer de la nación». Todo pura psicopatología. Estamos ante un terrible simplificador y mal actor. Voegelin le llamó el «stultus». Esa idiocia ve a Mussolini como «un césar romano», a Churchill como un «mentiroso comprable», un bocazas y un borracho, y a Roosevelt como «un enfermo mental». En el búnker, en los desesperados días finales, Goebbels le lee a Hitler un pasaje del «Federico el Grande» de Carlyle para animarle a resistir y confiar en la victoria: «Rey valiente, espera aún un poco, hasta que pasen los días de tu sufrimiento, tras las nubes está ya el Sol de tu felicidad, que lucirá muy pronto». Comenta Goebbels: «El Führer tenía lágrimas en los ojos». Pero, con Hitler, la historia no estaba por los milagros, sino por la venganza.

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