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El intrigante secretario de Felipe II que se alió con los ingleses para atacar Cádiz

  • Escrito por Redacción

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Tras su huida de España, donde estaba acusado de asesinar al secretario de Don Juan de Austria, Antonio Pérez facilitó información a los enemigos de la Monarquía hispánica a cambio de protección. Falleció en París inmerso en la más absoluta pobreza en 1611

Antonio Pérez se esforzó hasta el último día de su vida en ganarse el deshonor de ser uno de los grandes villanos de la historia de España. «Quitaba de los billetes los pares y daba los nones», escribió en una ocasión Gaspar de Quiroga, el Inquisidor general entre 1572 y 1594, sobre la compleja red de mentiras y dobles juegos que mantenía el secretario de Felipe II. Cuando sospechó que su antiguo «criado» Juan de Escobedo podía revelar sus secretos al Rey –entre ellos su probable relación íntima con la Princesa de Éboli–, Pérez convenció a Felipe II para que accediera a asesinarlo bajo falsas acusaciones. La muerte de Escobedo fue el principio del fin del todopoderoso secretario, que en su huida provocó una grave rebelión en Aragón y terminó uniéndose a los enemigos de la Monarquía hispánica. La leyenda negra española, en efecto, le debe muchos párrafos a la pluma del insidioso Pérez.

Antonio Pérez del Hierro era hijo de Gonzalo Pérez, secretario de Carlos I y de Felipe II, que habiéndose ordenado sacerdote en fechas anteriores a ser padre nunca esclareció quién era la madre del niño, posiblemente la doncella madrileña Juana de Escobar. Cabe mencionar que Gonzalo Pérez fue propietario de una de las mejores bibliotecas de su tiempo y un cultivado humanista. Fue, además, quien tradujo «La Odisea» de Homero al español. No en vano, en una de sus habituales aproximaciones a la historia, Gregorio Marañón cuestionó su paternidad y planteó que, paradójicamente, Antonio Pérez pudo ser el resultado de una relación extramatrimonial del Príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva, que asumió Gonzalo Pérez por lealtad al poderoso noble. Sea de una forma u otra, el joven fue educado en las más prestigiosas universidades españolas e italianas de su tiempo, bajo la protección de la familia castellana de los Mendoza, que estaba emparentada con el Príncipe de Éboli a través de su matrimonio con Ana de Mendoza de la Cerda.

Con su formación y el apoyo de la Casa Mendoza, que vertebraba una de las dos facciones de la Corte, Antonio Pérez fue nombrado en 1553 secretario del entonces Príncipe Felipe. En medio de la lucha por situar a gente afín a su grupo en los cargos de influencia, Fernando Álvarez de Toledo y Ruy Gómez de Silva –las dos cabezas de las facciones– se disputaron a la muerte de Gonzalo Pérez sus competencias como secretario de Estado en 1566. Finalmente, fue su hijo Antonio –«un ebolista»– quien recibió el puesto de secretario de Estado de asuntos «fuera de España», aunque sus competencias fueron recortadas respecto a las de su padre, haciéndose cargo solo de los asuntos de Italia y el Mediterráneo. Asimismo, Gabriel de Zayas, el candidato del otro bando, asumió el resto de funciones del fallecido en el norte de Europa.

El sucesor de Ruy Gómez de Silva

En 1573, murió el Príncipe de Éboli y Antonio Pérez pasó a encabezar la facción designada por algunos autores como «las Palomas» (papistas, defensores de una solución pacífica en Flandes y una acción militar contra Inglaterra), en contraposición con «los Halcones» (bélicos en lo respectivo a Flandes y defensores de la preeminencia de la nobleza castellana en la Corte). Además, el todopoderoso secretario se asoció con la esposa del fallecido, Ana de Mendoza de la Cerda, de la que nunca se separaba. Para explicar la frecuencia y duración de las reuniones entre ambos, que dieron pábulo a rumores de amorío entre ellos, la Princesa deslizó públicamente que Antonio Pérez era hijo natural del Príncipe de Éboli.

«Una estratagema a mí parecer, y muy donosa, he oído hoy que ha hecho la princesa, que estando con ella Antonio Pérez, llamó a sus hijos y les dijo que por algunas causas de consideración se había callado lo que les diría, y fue que tuvieran a Antonio Pérez por hermano, como a hijo de su padre. Así va el mundo», relató en una carta dirigida a Felipe II otro de los secretarios reales, Mateo Vázquez. La «estratagema» de Ana de Mendoza, conocida entre sus enemigos como «La Hembra», no parece que convenciera a nadie, ni sirvió para acallar los rumores. El propio Rey, al que también se le relacionó de forma íntima con «La Hembra», contestó furioso ante la noticia: «Esto es malo de creer, aunque si de alguna persona se puede creer es de esa señora, de quien me habréis visto andar siempre bien recatado…».

Pérez eligió a Escobedo para que espiara a Don Juan de Austria

Más allá de las acusaciones en voz baja, la asociación entre Antonio Pérez y «La Hembra» fue muy provechosa para ambos. Como líder de la facción de los «ebolistas», Antonio Pérez amplió la red de intereses e intercambio de favores en la Corte y trabajó para causar la caída de la Casa de Toledo. Una muestra de su doble juego se hizo presente en su opaca relación con Don Juan de Austria, hermanastro del Rey y héroe de la Batalla de Lepanto, quien, equivocadamente, creía que Antonio Pérez era un sincero amigo y aliado.

Nada más lejos de la realidad. Pérez designó a su antiguo «criado» Juan de Escobedo –entonces secretario de Hacienda– como secretario personal de Don Juan de Austria con la intención de que hiciera las veces de confidente y diera meticulosa cuenta de los asuntos del hermano del Rey, quien en 1576 fue nombrado Gobernador de los Países Bajos. Sin embargo, el carismático Don Juan de Austria no tardó en ganarse la lealtad de su secretario, por lo que dejó de informar de sus movimientos. Al contrario, Escobedo viajó varias a España para reclamar el envío de tropas y fondos a Flandes. En su último viaje, a principios de 1578, Escobedo pagó con su vida la traición a Pérez.

Un asesinato autorizado por el Rey

La tarde del 31 de marzo de 1578, cuando regresaba de reunirse con la Princesa de Éboli, a la que consideraba todavía una aliada suya y de Don Juan de Austria, Juan de Escobedo fue atacado por un grupo de facinerosos que «le mataron de una sola estocada que atravesó su cuerpo de lado a lado» a la altura de la calle Almudena de Madrid. Este asesinato y otras intentonas previas de envenenamiento habían sido planeadas por Antonio Pérez y consentidas por el Rey.

Pérez quería eliminar a Escobedo porque ahora que estaban enemistados –posiblemente el enviado de Don Juan de Austria había intentado chantajearle a cambio de apoyos en Flandes– temía que éste pudiera revelar al Rey información comprometida sobre el secretario. Así, se especula con que Escobedo podía demostrar que Pérez aceptaba sobornos y dávisas; que sabía detalles sobre la relación de Pérez con la Princesa de Éboli; y que podía desmontar las mentiras del secretario respecto a Don Juan de Austria.

La Princesa de Éboli fue puesta bajo custodia en su palacio de Pastrana hasta su muerte

Si bien es fácil entender porque Pérez quería a Escobedo muerto, ¿Cómo logró convencer al Rey de que también era una amenaza para él? Pérez utilizó la manipulación para presentar al hermanastro del Rey y a su secretario como dos conspiradores que planeaban derrocarle. Para ello, el secretario argumentó que las conversaciones que había mantenido en secreto Don Juan de Austria con el Papa Gregorio XIII y con el líder de los católicos franceses, el duque de Guisa, perseguían «venir a ganar a España y echar a su Majestad». En opinión de Geoffrey Parker, autor del libro «Felipe II, la biografía definitiva», el Monarca, «desconfiado por naturaleza», albergaba sospechas especialmente profundas sobre las ambiciones de su hermano en Flandes y en Inglaterra, donde había visto con buenos ojos un plan del Papa para atacar las islas y casarse con la católica María de Estuardo. La idea, por tanto, no sonó nada inverosímil a oídos regios. Felipe II autorizó que se le envenenara pero probablemente desconocía, y no lo hubiera aceptado, el brutal plan b de asesinarle en plena calle a la luz del día.

Por su parte, aunque Don Juan de Austria actuó en ocasiones de manera imprudente e incluso desafiante (es cierto que se reunió con el duque de Guisa sin avisar al Rey), algo propio de su juventud, nada hace sospechar ni de forma remota que tuviera intención de derrocar a su hermano. Pérez había engañado al Monarca de forma abultada, y no iba a tardar mucho en saberse. La muerte de Don Juan de Austria en Flandes en circunstancias trágicas y sintiéndose abandonado por su hermano prendió la llama del remordimiento en Felipe II. Tras una ofensiva encabezada por Mateo Vázquez para demostrar las intrigas de Pérez, el secretario hizo llegar al Rey la correspondencia de Don Juan de Austria. Considerándose traicionado, Felipe II ordenó la detención de Pérez la noche del 28 de julio de 1579. La Princesa de Éboli, asimismo, fue puesta bajo custodia, primero en la Torre de Pinto, luego en el castillo de Santorcaz y, finalmente, fue recluida en su propio palacio de Pastrana, donde pasó el resto de su vida.

Una huida que provocó una grave revuelta

Originalmente, la causa por la que Pérez fue enjuiciado se limitó a asuntos de corrupción. No en vano, el proceso se alargó durante 11 años y, simultáneamente, se inició la investigación por el asesinato de Escobedo, que acabó con la acusación formal y tortura del reo. En abril de 1590, ayudado por su esposa, Juana Coello, Antonio Pérez escapó de su prisión en Madrid y huyó a Zaragoza, donde consiguió la protección de los fueros. Cabe recordar que el padre de Pérez había obtenido gracias al favor real el certificado de legitimidad de su hijo y una declaración de «natural de Aragón», de donde procedía el linaje de Gonzalo Pérez. Esta decisión salvó la vida de su hijo medio siglo después.

Mientras en Madrid era condenado a muerte en su ausencia, Pérez encontró en el Reino de Aragón el apoyo del duque de Villahermosa, del conde Aranda y principalmente de Diego de Heredia. Felipe II, desesperado por la lentitud de la justicia aragonesa y porque no creía probable que le entregaran a uno de sus naturales, usó un tribunal contra el que los fueros aragoneses y la Justicia aragonesa no podían oponerse: la Inquisición. En mayo de 1591, Antonio Pérez fue trasladado de la prisión del Justicia a la de la Inquisición. La decisión provocó una revuelta en Zaragoza, conocida como «Revuelta de Antonio Pérez» o «Turbaciones de Aragón», que derivó en una grave crisis en Aragón por la defensa de los fueros y terminó con Pérez huyendo de la Península Ibérica.

La revuelta en Aragón, que no contó con el apoyo de los catalanes ni los valencianos, obligó a Felipe II a movilizar a un ejército de 12.000 hombres y a restaurar el orden personalmente en Zaragoza. Al final del conflicto, Felipe II publicó un indultó, que excluía a 22 destacados traidores (encabezados por Antonio Pérez) y a 125 participantes notorios.

Antonio Pérez huyó a Bearn (el País Vasco francés), donde recibió el apoyo de Enrique IV de Francia para intentar una invasión francesa a través de Aragón, que finalmente fracasó. En esta ciudad, Pérez publicó la primera edición de sus textos «Relaciones», uno de los pilares de la leyenda negra contra España que ha perdurado durante siglos. Más tarde, Pérez se trasladó a Inglaterra, donde ofreció información secreta para el ataque inglés a Cádiz de 1596. Una operación militar que causó el saqueo de la ciudad y cuantiosas pérdidas económicas, y que probablemente contó con la presencia del antiguo secretario de Felipe II embarcado en uno de los bajeles ingleses pero sin mando.

Tras reclamar en varias ocasiones el perdón de la Corona sin éxito, Antonio Pérez falleció en París en la más absoluta pobreza en 1611. Fue enterrado en el convento de los celestinos, destruido durante la Revolución Francesa.

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