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12 hombres anónimos que hicieron grande la historia de España

  • Escrito por Redacción

CARLOS V

Hacia 1530, varios príncipes afines a Lutero se reunieron para suscribir un tratado que alumbraría el nacimiento de la llamada “Liga de Esmalcalda”. El follón estaba servido

 “La tempestad contenía, a fin de cuentas, su propia alma secreta...”.

 Malcolm Lowry.

El 24 de abril del  año 1547, una hora antes de despertar el alba de una primavera inesperadamente cálida, doce hombres de los tercios de Nápoles embadurnados hasta el tuétano en manteca de cerdo y apoyados en odres llenos de aire, cruzaron sigilosamente el rio Elba a una distancia de un kilómetro de una de las ciudades alzadas contra el emperador Carlos V de Alemania y I de España, en la que sería probablemente una de las guerras de religión más largas que ha conocido la historia.

Con hábil destreza (eran la flor y nata de los mejores de entre los tercios), sorprendieron a unos adormilados centinelas en un silencioso ataque de ballestas. No quedó nadie para contarlo. A continuación, una sucesión de pontones prefabricados exprofeso para la ocasión fueron rápidamente instalados para cruzar el rio de manera rápida y letalmente sorprendente para los atónitos alemanes de la época. El mejor ejército en siglos, mostraba su carta de presentación. Arthur C. Clarke años más tarde diría que: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

Mediado el siglo XVI, los ejércitos imperiales a las órdenes de Carlos I de España arrasaban Europa con un armamento de otra “galaxia”,mientras curtidos soldados herederos del Gran Capitán, generaban pavor con su mera presencia en los campos de batalla. No había adversarios dignos de tal nombre, y todos los retos se decantaban en victorias.

"No podía ser que unos se salvaran en el más allá tras arduos sufrimientos terrenales, y otros lo consiguieran instalados en un 'carpe diem' permanente"

Pero una inquietante sombra recorría los territorios del norte de Europa con unas reivindicaciones con bastante fundamento, y que, cargadas de razón pretendían por una parte acabar con las prebendas y corruptelas generalizadas en la nepótica administración eclesial, que a la vez causaban una sangría en el  prestigio de la devaluada Iglesia Católica Romana. La rampante corrupción, el tráfico de bulas y prebendas, la decadencia moral y la vida licenciosa de los prebostes vaticanos, acabarían generando un movimiento imparable contra este orden de cosas tan distante de la doctrina inicial que inspiró Jesús de Galilea.

Estos perillanes de sotana y formas distantes de la austeridad, habían tomado por asalto las sabias palabras de aquel hombre que predicó con el ejemplo una sencilla doctrina de sabiduría esencial, y las habían retorcido en un ejercicio de contorsionismo de vesania intolerable. Los creyentes estaban cabreados con esta burda representación teatral. No podía ser que unos se salvaran en el más allá tras arduos sufrimientos terrenales, y otros lo consiguieran instalados en un carpe diem permanente.

Antes que Lutero, el checo Jan Hus (los husitas), el inglés John Wyclif (los lolardos), los albigenses franceses , etc… ya habían anticipado críticas sobre estas cuestiones, que habían sido duramente reprimidas.

A la postre, la situación se recrudecería cuando los protestantes formaron una alianza defensiva en contra del catolicismo, en un intento de poner un poco de orden ante tanto desatino. La tensa situación devino en escalada y no había bridas suficientes para sujetarla. Hacia 1530 varios príncipes afines a Lutero, que era el promotor de esta campaña de “saneamiento”, se reunieron en la ciudad de Esmalcalda suscribiendo un tratado que alumbraría el nacimiento de la llamada “Liga de Esmalcalda”. El follón estaba servido.

Batalla de Mühlberg, xilografía de Luis de Ávila y Zúñiga, 1550.Batalla de Mühlberg, xilografía de Luis de Ávila y Zúñiga, 1550.

Escaramuzas preliminares

La dirección de la guerra fue encomendada al Duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo), aunque nominalmente la detentaría el hermano del emperador, Fernando I de Austria-Bohemia.

El Duque de Alba con un ejército muy capaz pero reducido en efectivos, inició una serie de maniobras deliberadamente confusas en la margen opuesta del rio a la ocupada por los revoltosos. De esta manera los tuvo en jaque durante unas semanas hasta que decidió pasar a la acción con todas las consecuencias. Refuerzos de última hora reclutados en Flandes y tercios españoles se sumaron a la ofensiva que cayó en tromba sobre los territorios alemanes arrasando sin contemplaciones cualquier atisbo de resistencia. Ante las duras credenciales del Duque de Alba, los revoltosos se disolvieron. Pero la cosa no había hecho más que empezar.

Juan Federico, el príncipe elector de Sajonia más activo, era un orondo coloso de 150 kilos y 1,90 que además de ser un enorme tragaldabas de salchichas ahumadas, tenía la virtud o el defecto de ser irreflexivo en demasía, lo cual le hacía candidato a despertar las iras del emperador.

Llego a sus oídos la noticia de que este voluminoso teutón estaba en pie de guerra otra vez y que  había movilizado un ejército de unos veinticinco mil creyentes en esta subvariante religiosa, variante a su vez de otra variante, cuya verdad esencial, ya había sido enterrada hacia siglos en una enorme ceremonia de la confusión.

Para evitar que crecieran alocadamente las expectativas de estos descarriados protestantes, el emperador enviaría una vez más una expedición imperial que entró profundamente en los territorios de lo que hoy es Alemania.

Pero ocurría que el engreído alemán, que estaba al otro lado de la orilla del Elba observando taimadamente las marchas y contramarchas de los españoles, se sentía muy seguro tras este  enorme muro fluvial y además había subestimado las capacidades reales y potenciales de la imaginación latina. Para colmo, el despropósito de este aficionado a los juegos bélicos rozaba el esperpento, puesto que había diseminado sus tropas destinándolas a la protección de las ciudades aledañas.

"En aquella infausta jornada, perecieron cerca de cuatro mil almas"

El caso, es que cuando los españoles pudieron ensamblar los pontones sobre el Elba, los alemanes ya se habían dado a la fuga hacia los bosques más cercanos. En la persecución que a continuación se produjo, cerca de dos mil arcabuceros de los tercios, a uña de caballo, dieron caza a lo más granado de la tropa adversaria aplicándoles un memorable varapalo. En aquella infausta jornada, perecieron cerca de cuatro mil almas y los carpinteros locales no darían abasto talando a destajo el frondoso bosque que abrigaba Mülhberg por sus cuatro costados.

El elector sajón Juan Federico, alma mater de aquel desaguisado, había reventado a su rocín frisón con el peso añadido de su coraza. El animal azorado por tanta responsabilidad, hizo un requiebro en una charca próxima al umbral del bosque y ahí, de esa guisa, dejó al iluso sentado, hasta que un capitán de los tercios lo encontró de aquella manera. Diez años pasaría el osado en una mazmorra acorde con su tamaño.

Mientras el continente europeo volvía a arder a causa de las guerras de religión, doce hombres de los tercios habían agrandado la historia de España una mañana al alba. Que su anonimato sea recordado.

EL CONFIDENCIAL

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