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El mito de «El Dorado», la locura y la perdición de los conquistadores españoles

  • Escrito por Redacción

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Los ataques de los nativos, las luchas internas, la falta de comida y las duras condiciones del terreno causaron la muerte de cientos de españoles durante la búsqueda de una laguna inundada de oro

Pocas veces se habría visto un brillo más codicioso en los ojos de un hombre. Tras la conquista de Quito (Ecuador), que se suponía más rica que Cuzco pero no lo era, el cordobés Sebastián de Belalcázar tuvo noticia de una tierra más al norte llamada Cundinamarca, donde los reyes eran cubiertos con oro en polvo a su muerte para ofrendarlo a los dioses, naciendo allí la actual leyenda de «El Dorado». «Desnudaban al heredero y lo untaban con una liga pegajosa, y lo rociaban con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de este metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba de pie, y a su alrededor depositaban un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios», escribió muchos años después el cronista Juan Rodríguez Freyle sobre el mito que corrió febril entre los conquistadores españoles.

En la mayoría de los casos, los conquistadores eran aventureros que habían costeado su viaje con la venta de sus bienes en España. Viajaban al Nuevo Continente con la única ambición de hacerse ricos. El propio Cristóbal Colón, el primero de esta horda de buscadores de oro, menciona en su diario de a bordo 139 veces la palabra oro y tan solo cita a Dios 51 veces. Pocos tenían intención de regresar a España: «Elegir ser pobres en Panamá o ricos en Perú», que citó Francisco Pizarro antes de encaminarse a la aventura de su vida. No obstante, las promesas de ciudades talladas en oro y cubiertas de esmeraldas no pasaban en ocasiones de ser las mentiras que la población local arrojaba para librarse del acoso español. «El Dorado» fue el cuento que cobró más popularidad de todos aquellos.

El mito de «El Dorado», la locura y la perdición de los conquistadores españoles
Retrato de Sebastián de Belalcázar

 

En 1539, Sebastián de Belalcázar fue el primero en lanzarse a la búsqueda de la mítica ciudad del oro en el valle del río Cauca. Los planes de Belalcázar eran conquistar aquellas tierras y alcanzar el mar de las Antillas, que se suponía cercano a Quito, para embarcarse directamente rumbo a España con el supuesto botín, sin dar cuenta a Francisco Pizarro, el conquistador del Perú. Todavía sin hallar rastro de las ingentes cantidades de metales brillantes que prometían la leyenda, el cordobés descubrió que Gonzalo Jiménez de Quesada, el enviado de Pizarro, se había adelantado a sus pasos. Durante años, ambos conquistadores y el alemán Nicolás de Federmán, procedente de Coro (Venezuela), se disputaron los derechos sobre aquellas tierras que, no en vano, permanecían pálidas de oro.

Orellana se ofreció a continuar a por comida, pero nunca regresó

Ambas expediciones no consiguieron sus propósitos, pero los intentos por encontrar «El Dorado» no cesaron y comenzaron a entremezclarse con otros mitos. Como castigo a la deslealtad de Belalcázar, Francisco Pizarro nombró a su hermano Gonzalo Gobernador de Quito y Capitán General de una expedición destinada a encontrar el «País de la Canela» –una leyenda que data de los primeros viajes de Cristóbal Colón–. El grupo partió en diciembre de 1540 en busca de valiosas especias que pudieran rivalizar con el monopolio que mantenía el Imperio portugués. Pese a que la canela encontrada era de inferior calidad que la de las Indias Orientales, Gonzalo Pizarro no desistió y siguió el curso del río Coca (Ecuador) hasta que sus provisiones lo permitieron. Cuando el hambre cundió entre las filas españolas (habían perdido 140 de los 220 españoles y 3.000 de los 4.000 indios que componían el grupo original), Francisco de Orellana se ofreció a continuar con un bergantín para conseguir comida y luego regresar con el resto de la expedición. No en vano, los planes de Orellana y los 57 hombres que le acompañaron no pasaban por volver sobre sus huellas.

La traición de Orellana; la locura de Aguirre

Orellana partió el día siguiente a Navidad de 1541, continuando río abajo por el Coca y luego por el Napo en un viaje de 4.800 kilómetros. Una vez encontrados los ansiados alimentos, el extremeño continuó su curso hasta el río Grande, el que luego sería conocido como río de las Amazonas o de Orellana. Para cuando Pizarro conoció la deserción –y decidió emprender el duro regreso a Quito–, Orellana se encontraba atrapado en el corazón del Amazonas. El 24 de junio de 1542 la expedición fue atacada por feroces indias guerreras, que les hicieron recordar a las mitológicas mujeres «amazonas», particularidad que terminó marcando el nombre de aquel río. A causa de las duras condiciones de las pantanosas tierras, fue perdiendo hombres hasta que la aventura se transformó en una huida.

Pese a todo, el conquistador extremeño logró alcanzar la costa Atlántica con algo de oro y partió rumbo a España antes de que terminara el año 1542 con el fin de conseguir ser nombrado conquistador del País de las Amazonas. En virtud del importante descubrimiento realizado, el Consejo de Indias, restó importancia a la traición a Gonzalo Pizarro y le extendió la capitulación. Sin embargo, en febrero de 1546 Orellana falleció víctima de las fiebres en la desembocadura del río Amazonas tras sufrir el ataque de unos nativos caribes en su fatídico regreso.

El mito de «El Dorado», la locura y la perdición de los conquistadores españoles
Busto de Francisco de Orellana en Trujillo

 

Si bien Orellana no tenía un objetivo claro y lo suyo era una aventura hacia lo desconocido –donde terminó engullido–, la expedición de Pedro de Ursúa en 1560 perseguía un objetivo nítido: alcanzar «El Dorado». Los cuatrocientos soldados que componían la misión de Ursúa habían sido reclutados en base a su valentía y experiencia en campañas anteriores, sin tener en cuenta su moral o su apego a la autoridad, lo que marcaría el inesperado futuro de la expedición. Los primeros meses de viaje por el río Amazonas no arrojaron resultado alguno, sembrando la locura entre los soldados. Ursúa finalmente fue asesinado a puñaladas la noche del 1 de enero de 1561, en un pueblo de indios de la provincia de Machífaro. El ideólogo de la conspiración fue el soldado Lope de Aguirre, quien ya tenía numerosos antecedentes en levantamientos e insurrecciones.

Una cadena de asesinatos y sabotajes terminó entregando el poder a Lope de Aguirre, que, contrario al plan original de buscar «El Dorado», encabezó una rebelión contra la Corona. No obstante, sus propios hombres, tan crueles y feroces como su líder, le traicionaron y le dieron muerte en Barquisimeto (actual Venezuela). Sin leer la letra pequeña, Simón Bolívar dejó escrito que la rebelión de Lope de Aguirre fue la primera declaración de independencia de una región de América.

En 1570, Hernan Pérez de Quesada, hermano de Gonzalo Jiménez de Quesada (el enviado de Pizarro), financió un viaje con el único fin de capturar, vivo o muerto, el mito de «El Dorado». Salió al frente de la criatura con 300 españoles, 1.500 indios, 300 caballos y 800 cerdos. Dos años después a causa de las deserciones, el hambre y las luchas internas, regresó con los bolsillos vacíos y acompañado solo de 64 españoles, cuatro indios y 18 caballos. La expedición fue uno de los más caros desastres registrados; y luego de un breve período de servicio en el comando de la frontera, Quesada se retiró a Suesca (Colombia) con lo que pudo salvar a duras penas su fortuna.

La expedición de Quesada fue uno de los más caros desastres registrados en la historia de la Conquista

Pero como si fuera una herencia familiar maldita, Antonio de Berrio –casado con una sobrina de Quesada– también emprendió la búsqueda del valle del oro. Lo hizo durante tres expediciones, cada una más desastrosa que la anterior. No obstante, los aportes de Berrio en su primer viaje permitieron conocer mejor la geografía del inexplorado escudo guayanés, y sirvieron para plasmar en los mapas el mito geográfico: el gran lago de la Ciudad de Manoa (actualmente en el estado brasileño de Roraima). Un valle inundado, rodeado por altas montañas, ubicado entre las cuencas de los ríos Orinoco y Amazonas. Sus mapas sentaron la base teórica de la leyenda.

En su tercera expedición fallida, cuando Berrio embarcó a sus tropas en el río Orinoco para retirarse, la escuadra fue interceptada por el pirata inglés Walter Raleigh. Leyendo las cartas de Berrio, el inglés creyó que los españoles estaban realmente cerca de alcanzar «El Dorado». Esta noticia impulsó a Raleigh a desembarcar en Trinidad, donde Berrio había fundado San José de Oruña, y llevarse prisionero al español. Su expedición también fracasó con estrepito y, tras liberar a su valioso cautivo, regresó a Inglaterra.

Años después el pirata volvería a las cercanías del Amazonas, con el empeño enfermizo de encontrar el tesoro. Lo cual le costó ser ejecutado, entre otras causas, por hostigar los territorios españoles cuando permanecía en pie la paz entre España e Inglaterra.

¿Existió «El Dorado», en la realidad?

La leyenda de «El Dorado» y las acometidas por encontrar el tesoro no cesaron hasta avanzado el siglo XVIII, cuando los estudios cartográficos cercaron el mito y lo redujeron a una realidad menos fabulosa y lucrativa.

La base histórica del mito de «El Dorado» tiene probablemente su origen en la ceremonia para investir a los nuevos caciques en la laguna de Guatavita (Colombia). Según los cronistas, cuando moría el cacique de Guatavita, su sucesor era ungido con una masa pegajosa de tierra mezclada con oro en polvo y trasladado al centro de la laguna, donde debía arrojar piezas de oro y esmeraldas como ofrenda. Sin embargo, este ritual ya se había dejado de efectuar en la época de la Conquista, tras la pérdida de autonomía que sufrió Guatavita a manos de otras tribus de la región. La creencia de que la laguna estaba llena de oro debido a las ofrendas motivó a muchos colonizadores, empezando por los españoles, a intentar vaciar el agua de la laguna.

También la Ciudad de Manoa, en el estado brasileño de Roraima, que citó Antonio de Berrio en sus mapas, se baraja como otro posible origen del mito. Al menos, con gran seguridad, el que persiguió Orellana en su travesía interminable.

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