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La Academia General Militar no sólo tuvo que superar un incendio...

  • Escrito por Redacción

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A lo largo del siglo XIX, el Ejército trató de crear y conservar un centro común de enseñanza para la formación de todos los oficiales de las Armas y Cuerpos que entonces lo componían y en el que se siguiese un mismo plan de estudios, se compartiese el profesorado y se hiciese una vida en común, todo ello con el objeto de conseguir entre todos los alumnos una mayor cohesión y camaradería, tan necesaria para quienes iban a compartir las fatigas de la guerra y a depender unos de otros en los momentos más delicados.

No tuvo éxito aquel Colegio General Militar, heredero de la Academia de la Isla de León, que tras ser creado en 1824 se aposentó en Segovia, vivió, obligado por la guerra civil, durante unos años en Madrid y terminó fijando su residencia en 1846 en el Hospital de Santa Cruz de Toledo, aunque por no mucho tiempo, ya que cerró sus puertas cuatro años después, para dejar a cada Arma o Cuerpo en libertad de elegir su propio e independiente lugar de formación de la oficialidad.Así se mantuvo la situación, hasta que a finales del siglo XIX comenzó el rumor sobre la creación de una Academia Militar común para las Armas Generales y los Cuerpos Facultativos. Toledo, que en aquellos momentos albergaba a la Academia de Infantería, residente en el Alcázar desde 1874, se movilizó enseguida para tratar de conseguir que el nuevo Centro se alojase en la Ciudad Imperial, pues corrían los rumores de que su nacimiento implicaba la desaparición de la Academia de Infantería.

Efectivamente, en la 'Gaceta de Madrid' núm. 52, de fecha 21 de febrero de 1882, aparecía un real decreto firmado un día antes por S.M. el Rey, en el que se creaba la Academia General Militar. El general Martínez Campos, Ministro de la Guerra, justificaba esta decisión con las siguientes palabras: “La urgencia de esta medida es evidente, no solo por la necesidad de la simplificación de los estudios, sino también por la conveniencia de crear y fomentar el espíritu de compañerismo en el Ejército, que fácilmente se obtiene en Oficiales procedentes de un centro común, que han hecho la misma vida, que tienen los mismos recuerdos de la primera edad, que no se borran y se conservan después de muchos años y a pesar de las vicisitudes de la carrera.”
Toledo tuvo suerte y se le adjudicó la Academia General, aunque a costa de perder la de Infantería, que sería absorbida por aquélla. El resto de las Armas y Cuerpos conservaron sus respectivas Academias, convertidas en Especiales, para que en ellas se completasen los planes de estudios iniciados en la General.

Al considerarse el Alcázar insuficiente para alojar a la General, enseguida se comenzaron las obras precisas para disponer de una mayor capacidad, entre ellas la reconstrucción de los edificios de propiedad militar (Capuchinos, Santiago y Casa de Caridad) que rodeaban a la fortaleza, y el levantamiento de otros de nueva planta (gimnasio, picadero, cocina y comedor).

Mientras estas obras continuaban a marchas forzadas para permitir la inauguración del curso a comienzos del otoño de 1883, en el mes de marzo vio la luz el primer reglamento del nuevo Centro, que determinaba las condiciones para el ingreso y establecía como común para todos el primer curso en el mismo, a cuyo término los alumnos que lo hubiesen superado y deseasen pertenecer al Cuerpo de Administración Militar pasarían a continuar sus estudios en la Academia de Aplicación correspondiente.

El segundo curso sería también común para el resto, a cuyo término serían escalafonados de acuerdo con sus calificaciones y se les daría la opción de elegir entre pasar al curso especial de Infantería o Caballería, o al preparatorio para el ingreso en los Cuerpos de Artillería, Ingenieros o Estado Mayor. El tercer curso para Infantería y Caballería se haría en Toledo y una vez finalizado y obtenido el empleo de alférez, se daría a quien lo desease la posibilidad de prepararse en la General para ingresar en los Cuerpos Facultativos.

El 1 de septiembre siguiente tuvo lugar la inauguración oficial del curso, en la que el general don José Galbis Abella, primer Director del Centro, fijaba las metas que se habían de alcanzar: “El ideal que perseguimos es unir con lazos indisolubles a todos los que pertenecen a la gran familia militar; luego vosotros, que presenciáis el espectáculo de ver a vuestro frente, sin preferencias, que no existen, al Oficial y Jefe de todas las armas, empezaréis (ni por un momento lo pongo en duda) por abrazaros cariñosamente.”

Don Alfonso XII, impulsor de la creación de la Academia General, no pudo estar presente en esta ceremonia debido a la insurrección republicana que había estallado un mes antes en diversos puntos de España, siendo presidida la ceremonia por el general don Eulogio Despujol, primer Director General de Instrucción Militar. La General heredó la Bandera de la Academia de Infantería, a la que cambió la leyenda bordada en sus paños.

Parece ser que la General fue bien aceptada por todos. En el ámbito militar se opinaba que “el primero y gigantesco paso en la vida de la regeneración del Ejército se ha dado en la creación de la Academia General, esto no admite duda, puesto que conduce a la unidad de procedencia, base de que no hay forma de prescindir, en manera alguna, si el elemento militar ha de responder a las necesidades de los tiempos modernos y al verdadero concepto de su misión en la sociedad; y confiamos que, dado ya el impulso, no habremos de detenernos ante pequeñas dificultades, cuando los grandes obstáculos se han allanado y el espíritu de oposición a toda reforma ha quedado vencido.”

El general Galbis no se detuvo ante obstáculo ninguno. Superó el retraso de las obras en los edificios anejos, debido a la falta de medios del Ayuntamiento toledano; cambió sus planes en cuanto a la ubicación de los diferentes servicios académicos, y solucionó el problema de la reducción de las plazas de ingreso, que impedía satisfacer las necesidades de alumnos en las Academias Especiales de los Cuerpos Facultativos. Pero su mayor logro fue el conseguir una enseñanza práctica, hasta entonces relegada en las academias militares, y para ello instituyó en el plan de estudios la fase de campamento, en la que se practicaba en plena naturaleza lo que se había aprendido de forma teórica en las aulas.

El primer campamento tuvo lugar en 1885 en las proximidades de Toledo, y a él asistió don Alfonso XII. Luego se propuso el Director disponer de unos terrenos propios y cercanos al Alcázar, y así nació en 1886 el Campamento de Los Alijares, en un principio de reducidas dimensiones pero ampliado con el paso del tiempo, siendo hoy en día empleado por muchas de las Unidades de nuestro Ejército para sus ejercicios.

Pero hubo algo contra lo que no pudo luchar el general Galbis y fue contra el infortunio. Cuando las obras de la General se consideraban terminadas, en la noche del 9 al 10 de enero de 1887 se declaró un incendio que asoló el Alcázar. Se iniciaron las llamas en la Biblioteca y enseguida se extendieron por el resto del edificio, llegando a poner en peligro a los toledanos debido a la gran cantidad de pólvora que se almacenaba en la fortaleza.

Hubo que comenzar de nuevo las obras, que se alargarían hasta los primeros años del siglo XX. El general Galbis abandonó la Dirección de la Academia a finales de 1887, continuando su labor el brigadier Mella y, a partir de 1891, el brigadier De la Cerda.

En 1890 comenzó a gestarse una nueva reorganización de la enseñanza militar, de la que la Academia General no saldría bien parada, ya que por real decreto de 8 de febrero de 1893 quedaba suprimida a partir del 30 de junio siguiente.

De nada sirvieron los buenos resultados obtenidos por aquel Centro en sus diez años de vida ni los propósitos que se había planteado para mantener unidos a los miembros del Ejército, suprimiendo las preeminencias y costumbres de cada Arma o Cuerpo.

En 1904 se pretendió volver a aquella etapa anterior con la creación de un Colegio General en Toledo, pero el proyecto no pasó de eso y cada Arma y Cuerpo continuó con su Academia. Sería preciso esperar a 1927 para que la Academia General resucitase en Zaragoza en su Segunda Época, manteniendo el espíritu impuesto por el general Galbis en aquella Primera Época de Toledo.

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