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Calderón de la Barca: el poeta soldado que participó en el asedio de Breda

  • Escrito por Redacción

RENDICION-DE-BREDA

La participación de poetas y dramaturgos en el oficio de la guerra fue una enraizada tradición de los ejércitos del Imperio español.

La guerra era un vehículo para viajar por Europa y acumular experiencias vitales, a las cuales los poetas no estaban dispuestos a renunciar. Se dice que Garcilaso de la Vega, que en tiempos de Carlos I de España llegó a ser maestre de campo de los tercios castellanos, untó de renacimiento italiano nuestra literatura precisamente cuando viajó allí como soldado. Y si Garcilaso prendió el Siglo de Oro de nuestras artes, la muerte de Calderón de la Barca lo apagó con no poca lucidez.

«España mi natura, Italia mi ventura, ¡Flandes mi sepultura!», cantaba una rima de la época sobre la experiencia más común para un soldado de los tercios. Calderón desde luego cumplió con las dos primeras etapas, pero se guardó un tranquilo retiro como sacerdote, para gloria del genero de los autos sacramentales. A diferencia de otros poetas soldados como Francisco de Aldana –fallecido en la batalla de Alcazarquivir– o Miguel de Cervantes –presente en la batalla de Lepanto–, la carrera militar de Calderón coincidió con los años más negros del Imperio español, donde las sublevaciones de Cataluña y Portugal trajeron la sangre de vuelta a tierras españolas. Es cierto, por tanto, que el poeta natural de Madrid sufrió más fracasos que victorias, pero no fue por falta de talento como espadachín.

La Guerra de Flandes como refugio

Nacido a finales del reinado de Felipe II, Pedro Calderón de la Barca era hijo de un alto funcionario de la Corte, en el cargo de secretario de Hacienda Real, que quiso impartirle una esmerada educación. Empezó a ir al colegio con 5 años en Valladolid, donde estaba en ese momento la Corte, y al destacar en los estudios básicos su padre Diego Calderón decidió destinarlo a ocupar una capellanía de la familia, reservada por la abuela a un miembro que fuese sacerdote. Con ese propósito ingresó en el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid en 1608, situado donde ahora se encuentra el Instituto San Isidro, y allí permaneció hasta 1613 estudiando gramática, latín, griego, y teología. Su formación continuó en la Universidad de Alcalá, donde aprendió lógica y retórica y, al fallecer su padre, marchó a la Universidad de Salamanca, donde se graduó en derecho canónico y civil. No en vano, no cumplió el designio de su padre y, en última instancia, no quiso ordenarse sacerdote.

Entregado a las calles madrileñas del periodo, tan pendencieras como anchas de cornudos, Calderón se vio envuelto en diversas rencillas que le forzaron a enrolarse en el ejército de Flandes en 1623 por prevenirse de malas estocadas. El poeta, que ya había estrenado su primera comedia en Madrid, «Amor, honor y poder», con motivo de la visita del Príncipe de Gales, marchó a Italia y posteriormente a Flandes al servicio del Duque de Frías. Desde 1609, la situación se había mantenido en calma entre el Flandes español y los rebeldes, ya constituidos como Provincias Unidas, durante la tregua conocida como la de los Doce Años. Sin embargo, la llegada del dramaturgo madrileño a este territorio coincidió con la reanudación de la actividad armada a cargo, en el caso español, del comandante genovés Ambrosio Spínola.

Como vino a recordar la saga literaria de «El capitán Alatriste» en su tercera novela, es muy probable que Calderón de la Barca estuviera entre los soldados que asediaron con éxito la estratégica ciudad de Breda en 1625, o al menos que participaran en alguna de sus fases. De hecho, su comedia «El sitio de Breda», que sirvió a Diego Velázquez para pintar su cuadro de «Las lanzas», cuenta con una detallada descripción de la contienda. La obra de Calderón suministra el motivo central de la célebre pintura, la entrega de las llaves de la ciudad por el comandante vencido Justino de Nassau al general Spínola tras más de un año de asedio y decenas de miles de muertos en ambos bandos. La ciudad permanecería bajo dominio español hasta 1637, cuando el líder holandés Federico Enrique de Orange-Nassau la recuperó para las Provincias Unidas.

Un Caballero de Santiago en Cataluña

A su vuelta de Flandes, Pedro Calderón de la Barca retomó su papel de granuja madrileño. Un comediante hirió gravemente a su hermano y Pedro persiguió, espada en mano, al agresor hasta el convento de Trinitarias. El dramaturgo interrumpió en el lugar sagrado, donde se encontraba la hija de Lope de Vega, causando un gran escándalo entre las monjas. Aquel incidente sumó otro párrafo al historial delictivo del poeta y le granjeó la enemistad con el llamado «Fénix de los ingenios», Lope de Vega. Mientras que la obra de este último se iba apagando poco a poco, Calderón se convirtió en el favorito del Rey Felipe IV, quien empezó a hacerle encargos para los teatros de la Corte, ya fuera el salón dorado del desaparecido Alcázar o el recién inaugurado Coliseo del Palacio del Buen Retiro, para cuya primera función escribió en 1634 «El nuevo Palacio del Retiro».

El aprecio del Monarca por Calderón se plasmó en su nombramiento como Caballero de la Orden de Santiago en el año 1636. Quizás creyéndose en la obligación por ser miembro de esta orden o por petición directa del Rey, el dramaturgo sentó plaza de coraza (caballería acorazada) para participar en el sitio de Fuenterrabía por los franceses (1638), y en la guerra de secesión de Cataluña (1640). A este último conflicto regresó huyendo de nuevo de un asunto de cuchilladas callejeras, viviendo en sus carnes ampliamente la dureza de la guerra en Cataluña. En 1642 obtuvo licencia para convertirse en secretario del Duque de Alba, donde pudo dedicarse plenamente a la creación literaria.
Durante una acción armada, murió en el puente de Camarasa (Lérida) uno de los hermanos de Calderón en 1645, que tras treinta años en servicio había alcanzado el cargo de maestre de campo general. Fue entonces cuando el dramaturgo se sumió en una depresión que corresponde también con la crisis de un Imperio español al borde del precipicio, entre la caída del Conde-Duque de Olivares en 1643 y la firma en 1648 de la Paz de Westfalia.

Poco tiempo después del nacimiento de su hijo natural, Pedro José, el poeta ingresó en la Tercera orden de San Francisco y se ordenó sacerdote en 1651. Así obtuvo la capellanía que su padre tanto ansiaba para la familia, la de los Reyes Nuevos de Toledo, y renunció a escribir comedias para dar prioridad a la composición de autos sacramentales, género teatral que perfeccionó y llevó a la máxima plenitud hasta su muerte. Con 110 comedias y dramas a la espalda, Pedro Calderón de la Barca falleció el 25 de mayo de 1681 cuando todavía estaba considerado el mejor dramaturgo vivo. El autor de «La vida es sueño» fue el último representante de una larga estirpe de poetas soldados.

Un fragmento de su obra «Para vencer amor; querer vencerle» sintetiza lo que significaba para él la vida en los tercios castellanos:

«Aquí la necesidad

no es infamia; y si es honrado,

pobre y desnudo un soldado

tiene mejor cualidad

que el más galán y lucido;

porque aquí a lo que sospecho

no adorna el vestido el pecho

que el pecho adorna al vestido».

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