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El código Alan Turing, descifrando la imitación de una vida

  • Escrito por Redacción

ENIGMA

Un mensaje en clave es atractivo por lo que esconde y bello por la intimidad que protege: sólo su emisor y receptor pueden descifrarlo mediante un código, secreto por naturaleza, que arroja un único significado por palabra que tenga sentido para ambos.

Romper ese código es hurgar en el interior de quienes lo poseen, penetrar sus palabras y secretos y descifrar su lenguaje, el placer de un voyeur en la sombra. Para disfrutar The Imitation Game es necesario otro código, narrativo y cinematográfico, que te permita observar el objeto real y no su forma ilusoria, la réplica en un espejo.

Alan Turing

La propia vida de Turing y su código secreto, celosamente protegido es la que mueve el relato, la carga que sufría el matemático por sentirse diferente

Es lo que propone The Imitation Game, un título que explica mucho de la película y que afortunadamente han mantenido en su versión original, para luego estropearlo con el subtítulo -Descifrando Enigma-, porque aunque el vehículo de la superficie sea la historia de cómo la inteligencia británica descifró la máquina 'Enigma' que encriptaba los mensajes nazis durante la II Guerra Mundial, la imitación de su título es precisamente la de explicar a Alan Turing, el matemático que lo hizo posible, tras construir otra máquina, Ultra -o Christopher- que rompiera el código de la primera.

Pero Ultra no era una imitación de Enigma, porque su propia definición es excluyente con su significado: no era una "réplica de calidad usualmente inferior", como explica el diccionario, sino una máquina superior que en vez de encriptar, computaba todos los resultados posibles de la primera hasta hallar las únicas palabras en alemán que tuvieran significado. De hecho, sería la que sentara en cierto modo las claves de la computación moderna.

Es por tanto la propia vida de Turing y su código, celosamente protegido, la que mueve una película que no cuenta nada realmente nuevo sobre la máquina que utilizaron los nazis, -existe una versión anterior, Enigma (2001), aunque estaba basada muy libremente sobre los personajes reales-. La trama sirve en un nivel más superficial para mantener el ritmo y hacer avanzar la historia con múltiples saltos en el tiempo para explicar la vida de Alan Turing, que consigue con solvencia. Por debajo, discurre la historia en clave: el obsesivo matemático sufría como una pesada carga su propio secreto, ser alguien diferente por su brillantez intelectual y una marcada fobia social, y al mismo tiempo el de proteger su homosexualidad en una sociedad británica homófoba que lo castigaba con la cárcel.

Ultra germinó en la mente de Turing en una doble dirección, servir a un reto matemático y para desarrollar su sueño más obsesivo: crear una inteligencia artificial.

El guión de Andrew Hodges y Graham Moore y la dirección Morten Tylum plantean ese juego con una delicadeza notable permitiendo las contadas gotas de código que descifran el verdadero relato, el de un hombre torturado por su soledad, traumatizado durante su infancia, obsesionado por la racionalidad de su intelecto y mutilado emocionalmente. Benedict Cumberbatch se deshace poco a poco de su Sherlock de la BBC, otro personaje obsesivo, asocial, brillante y excéntrico, cuando desnuda las emociones de Turing, logrando una interpretación que crece durante el metraje de la película.

Terminada la guerra, con la valiosa aportación de conocer las comunicaciones del Tercer Reich, el héroe que descifró el código nazi acabaría condenado por prácticas homosexuales en 1952 y sentenciado a pena de cárcel o a la alternativa de un tratamiento hormonal y químico para anular su líbido.

Eligió lo segundo y sus efectos secundarios en su intelecto le acarrearon una depresión, probablemente más acusado en su ya frágil equilibrio emocional que le llevaron a cometer suicidio dos años más tarde. Antes durante la escena en la sala de interrogatorios policial tras su detención, el inspector aborda a Turing curioseando sobre sus trabajos de inteligencia articifial, el célebre Test de Turing:

-¿Es verdad que las máquinas pueden pensar como las personas?

-Es una pregunta absurda, debería formular si las máquinas pueden pensar, a lo que le respondería que sí, aunque no lo hagan como las personas, porque el hecho de que sea de forma diferente no significa que no piensen.

La réplica es al final una servidumbre del original, y Turing se vio atrapado como siervo en la imitación de un modo de vida que no era el suyo, de una sociedad que no aceptaba su diferencia.

EL MUNDO

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