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Paco de Lucía, la guitarra que cantó

  • Escrito por Redacción

PACO-DE-LUCIA

Paco de Lucía estaba en uno de esos periodos suyos de descanso de la guitarra, su luz y su sombra, su tesoro y su calvario. Necesitaba olvidarse de ella durante largas temporadas para después volver a reconciliarse con los callos de sus manos, porque esa «hija de la gran puta», como él la llamaba una y otra vez, había conseguido vencerle.

La bajañí que heredó de su padre, Antonio Sánchez Pecino, mientras su madre, Lucía la portuguesa, le hacía pucheros en su pequeña casa del número 8 de la calle San Francisco de Algeciras, fue para Francisco Sánchez Gomes, Paco de Lucía, un eterno sinvivir. Por eso se fue a México.

Allí descansaba de ella. De lo que ella significaba. De la gente, de la presión de tener que crear siempre algo nuevo porque la obra ya compuesta era agua pasada, de su obsesión por romper permanentemente las formas, de la ingratitud de las seis cuerdas con sus manos, que ya no tenían el vuelo de mariposa de la juventud.

A Paco le dolía que esas tripas tensadas fueran tan desagradecidas con él. Porque él las sacó de las ventas, de los cuartos, de las juergas. Él le limpió el vino que le derramaban durante las borracheras. Él recogió las astillas de las sonantas de su padre cuando los «señoritos» se la partían en una fiesta.

Llevó la guitarra a los grandes teatros para tocar como nadie

Él la llevó a los grandes teatros del mundo para tocar como nadie lo ha hecho ni lo hará ante diez personas primero, ante cien después, ante miles al final. Él cambió la postura de las barberías por una nueva. Él demostró a los clásicos que los flamencos no eran menores. Tocó el Concierto de Aranjuez del maestro Rodrigo para que éste dijera que así es cómo él había soñado esa obra. Interpretó a Falla. Se sentó en la misma silla que los grandes genios del jazz.

Descubrió el cajón peruano. Acompañó a Camarón como si fuera una orquesta sinfónica. Grabó por soleá o por bulerías con armonías que no había visto nunca nadie y sin faltarle el respeto a los cánones. Tiró a la basura todo aquello que compuso y no le sonaba jondo. Voló por el diapasón de la guitarra flamenca para situarla en el olimpo de la música. Y ella, en cambio, nunca le permitió envejecer. Le siguió exigiendo demasiado.

La guitarra, su tormento

Por eso Paco, que fue quien más la amó, la despreciaba tanto. Porque era su tormento. Era un dolor que sólo se le quitaba lejos. En México, Yucatán, su paraíso. En la Playa del Carmen se compró una casa para evadirse. Allí tuvo dos niños que aún son pequeños, Antonia y Diego. Estaba jugando con ellos en la playa al fútbol, su otra pasión. Era madridista irredento. Cayó al suelo. No se levantó más.

España estaba amaneciendo, como aquel trémolo suyo del disco «Luzía», o como la rondeña oscura de su niño Curro, cuando el bordón de su muerte cruzó el charco. El genio de la lámpara maravillosa del flamenco, con 66 años recién cumplidos en diciembre, le ha echado el trapo por lo alto a su guitarra apenas unos días después de que se fuera su amigo del alma Félix Grande. A lo mejor él no lo sabe, pero es el vencedor de la batalla.

Porque, ahora que habrá de volver para siempre a su terruño del Estrecho entre dos aguas, la guitarra se queda sola cantando, que es lo que siempre hizo en entre sus brazos, las viejas falsetas de Paco por soleá con aquella letra de fondo que su padre le escribió a Camarón:

«Si mi mal no tiene cura / yo le estoy pidiendo a Dios / que en la misma sepultura / nos entierren a los dos».

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