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Los cuentos que no nos contaron: Caperucita Roja

  • Escrito por Javier Sanz

Caperucita y el Lobo

En esta primera entrega de Los cuentos que no nos contaron, hablaremos de Caperucita Roja. Como sabéis, las versiones han variado mucho desde la historia original hasta las que han llegado a nuestros días. De hecho, precisamente de Caperucita ya había dos versiones “antiguas”. Una es la de Charles Perrault, que se parece bastante a la que conocemos popularmente; y otra la de los Hermanos Grimm, de la que hablaremos a continuación.

Había en una aldea una niña muy buena y muy bonita, el orgullo de su madre, y a la que su abuela había regalado una capa roja por la que todos la conocían. Un día, Caperucita le iba a llevar un pastel a su abuelita que vivía al otro lado del bosque y se encontró al lobo con quien su madre le había dicho que tuviera mucho cuidado. Lo cierto es que el lobo no se la comió, pues su intención era llegar a casa de la abuela antes que la niña, comerse a la anciana y después a la pequeña. Así lo hizo, con tan buena suerte para ellas y tan mala para él, que un cazador las salvó y todos vivieron felices y comieron perdices… menos el lobo.

A estas alturas y después de mucho analizar el cuento, a nadie le cabe la duda de que Caperucita era una pequeña recién llegada a la adolescencia y el lobo no es más que el símbolo de su primer escarceo amoroso… que la intenta “devorar”. También aparecen la madre que la alerta de sus posibles deseos y la figura paterna del cazador que la protege y salva; todo envuelto en una capa del color de la pasión.

En la versión de los Hermanos Grimm, la acción transcurre prácticamente como la conocemos. Caperucita sale de su casa y se encuentra en el bosque con el lobo, quien se interesa por su destino. La niña le da indicaciones muy concisas sobre la casa de su abuelita que se encuentra a un kilómetro aproximadamente (¿será porque realmente buscaba que se la comiese para poder escapar románticamente con él?) y él, que llevaba tres días sin comer, comenzaba a preparar su plan. Por eso le sugiere a la pequeña que recoja unas flores para su abuela. Ella le hace caso y él aprovecha para adelantarse, entrar en casa de la octogenaria, engañarla y comérsela. Por fin llega Caperucita, con su botella de vino, su pastel y sus flores. Sabía que tenía que empezar diciéndole “buenos días” a su abuelita, a lo que ella no le contestó. La niña se fijó en lo desproporcionado de sus orejas, de sus ojos y de sus brazos…

Son para abrazarte mejor – contestó el lobo desde la cama.

Después se percató de su boca y… ¡ÑAM! Se la comió.

El lobo decidió echarse una siesta, y sus ronquidos hicieron sospechar a un cazador que pasaba por allí y le extrañaba que la vieja anciana soplara de aquella manera.

¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador! ¡Hacía tiempo que te buscaba!

El cazador abrió la barriga del lobo y salieron las dos féminas. Caperucita llenó de piedras el vientre del animal, quien al intentar huir, no soportó el esfuerzo y murió.

Pero esta historia no termina aquí, pues en otro de sus viajes por el bosque hacia casa de su abuela, otro lobo la persiguió e intentó distraerla. Caperucita ya había aprendido la lección y continuó derechita a su destino. Una vez allí, avisó a su abuela y cerraron bien la puerta. ¡Menos mal! Pues el lobo estaba intentando de nuevo hacerse pasar por la niña y entrar en la casa. Al ver que no iba a lograrlo, decidió subirse al tejado y esperar que llegara el atardecer para que la niña se fuera y poder devorarla tranquilamente. La abuela y la nieta colocan en la puerta una olla de agua de cocer salchichas en la que el lobo, atraído por el olor, acaba cayendo… y se coció.

HISTORIAS DE LA HISTORIA

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