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Noticias Cultura

En el cuarto centenario de Cervantes

  • Escrito por Redacción

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Portada de la edición de Madrid de la 1ª parte (1605)

Los versos más impertinentes que jamás se hayan escrito son –quizás– los que le dedicó don Miguel de Cervantes y Saavedra (no me explico lo del Saavedra, pues su madre se llamaba Leonor de Cortinas, 1520-1593, y su padre era Rodrigo Díaz de Cervantes, 1509-1585, que además de sordo era cirujano sangrador y pañista, amén de un tanto sinvergüenza) al túmulo del Rey Felipe II (¿el prudente?) en Sevilla:

“Apostaré que el ánima del muerto

por gozar de este sitio hoy ha dejado

la gloria donde vive eternamente.

Esto oyó un valentón, y dijo: - Es cierto

Cuanto dice voacé, señor soldado.

Y quien dijere lo contrario, miente.

Y luego, incontinente,

Caló el chapeo*, requirió la espada,

Miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.”

Un espíritu animoso y lleno de ambiciones adornaba al bueno de don Miguel, como ya nos revela en su “Amante Liberal”:

“Los generosos ánimos, como el vuestro, no suelen rendirse ante las comunes desdichas”.

Su impresentable abuelo, Juan de Cervantes (1490-1556), así como su padre, Rodrigo de Cervantes (ambos se quitaron el Díaz, por ser este apellido de uso común entre los judeoconversos, de los que descendían), y él mismo, dieron con sus huesos en la cárcel por diversos motivos (es curioso: tres generaciones enchironadas). La vida de Miguel es azarosa, como todos sabemos. Tuvo varios hermanos: Andrés, que murió pronto, Andrea y Magdalena (su favorita) que fueron casquivanas (por no decir libertinas) y luego profesaron como religiosas, Luisa, que se hizo del Carmelo y llegó a priora y Rodrigo, que siguió la carrera de las armas y murió en combate. Ninguno de ellos tuvo descendencia. Ni tampoco Miguel. Bueno sí, Miguel tuvo una hija natural con la mujer de un tabernero, que no se percató de su coronación, y de esa hija (Isabel), una nieta que pronto murió. De su legítima no tuvo descendencia, pues casó en Esquivias (Toledo) y al año siguiente se largó a Córdoba y Sevilla, volviendo a los quince años, para pasar unos pocos en Valladolid. Así es que no hay descendientes de Cervantes.

Su verdadera vocación yo creo que era la de militar, pues a ello se dedicó en Italia, con el archiconocido episodio de Lepanto, donde recibió un arcabuzazo en el pecho y otro en la mano, que le quedó muerta desde entonces, siendo curado de sus heridas en el Hospital Militar de Mesina. Posteriormente, y tras varios episodios, cuando regresaba a España fue secuestrada la nao que lo traía, junto con Rodrigo, su hermano y les llevaron cautivos a Argel. Los detalles de todo ello, de sus intentos de fuga y de su rescate final, tras cinco años de cautiverio, se pueden encontrar en el magnífico libro de Alfredo Alvar Ezquerra: “Cervantes, genio y libertad”, publicado hace no mucho. Si el lector desea profundizar más, acuda al Quijote comentado de Rodríguez Marín o a la magnífica obra de Astrana Marín. No son de desdeñar, igualmente, los comentarios de Menéndez Pelayo o los de Marañón, así como los “comentarios en breve compendio de disciplina militar...”, en que el (posteriormente) corregidor don Diego de Valdivia narra, por encargo de su amigo el Marqués de Santa Cruz, el desembarco de la Muela, con el comportamiento heroico de Rodrigo de Cervantes, hermano de Miguel. Rodrigo moriría de un arcabuzazo el 2 de julio de 1600, en la batalla de las Dunas (en Nieuport), tras servir más de 20 años al rey, a las órdenes de Alejandro Farnesio. En el escrito de Valdivia apreciamos de primera mano, aspectos poco conocidos de la armada española de aquellos tiempos.

Pero si deseamos ser claros hemos de ser modestos en nuestras aspiraciones, por lo que nos centraremos en dos aspectos: las dos partes de la vida del “ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. La primera parte del Quijote es publicada en enero de 1605, aunque ya circulaba una versión abreviada desde un año antes, al parecer. Está dedicada al duque de Béjar, su benefactor. La segunda parte, se publica en 1615, un año antes de morir. Es decir, que Cervantes tiene 57 años cuando se publica la primera parte (parece ser que nació el 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares, aunque lo único comprobado es su bautismo el día 9 de Octubre) y 67 al publicar la segunda, esta vez dedicada al conde de Lemos. Y muere el 22 de abril, viernes, de 1616, registrándose su defunción el día del entierro, como era la costumbre de la época. Es decir, al día siguiente. Casi una semana después que Shakespeare.

Pero vamos ya al Quijote. Yo creo que la intencionalidad de la obra tal vez se resuma en los versos iniciales de la primera parte. Por ejemplo, esta estrofa a Urganda la desconocida:

“No te metas en dibu-,

ni en saber vidas aje-;

que en lo que no va ni vie-

pasar de largo es cordu-.”

O esa genialidad que es el diálogo de Babieca y Rocinante:

“B. ¿Es necedad amar?

R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estais.

R. Es que no como”.

img 8657     Miguel de Cervantes (1547 – 1616)

Es decir, que Cervantes ni siquiera se cree lo que escribe, sino que simplemente pasa un buen rato haciéndolo. En realidad podríamos considerarlo un libro con una fuerte influencia autobiográfica (no olvidemos su vida azarosa) y presa de un desencanto profundo, en el que desde una óptica humorística, de calidad y buen gusto inigualables, nos lega una serie de reflexiones valiosísimas acerca de lo que es vivir: estar entretenido sin molestar al prójimo y sin que te falte lo mínimo que la dignidad de la condición humana requiere. Y es que la vida es eso: procurar estar entretenido en un mediano pasar. El capítulo XXXVIII de la primera parte debiera ser para nosotros de obligada lectura. Trata del curioso discurso que hizo Don Quijote de las armas y las letras:

“Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atendido a la miseria de su paga, que viene tarde o nunca, o a lo que se garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. (...) Lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá pasado las sienes o le dejará estropeado de brazo o pierna.”

Por eso, en la segunda parte (II, XXIV), Cervantes llega a escribir:

“A la guerra me lleva

mi necesidad;

si tuviera dineros,

no fuera, en verdad.”

Sin embargo, las ideas de Cervantes son muy lúcidas, como aquella en que define las vías de la fama y el enriquecimiento (I, XXXIX):

“Quien quiera valer y ser rico, siga, o la iglesia o navegue, ejercitando el arte de la mercancía, o entre a servir al rey en sus casas”.

Traducido al mundo actual, esto significa: enrólese en un partido político (son los ideólogos actuales, que han sustituido a la iglesia en lo material), dedíquese a los negocios de importación y exportación o conviértase en un mantenido. Solamente así se alcanzará la fama y el dinero. Nada dice, por tanto, de la ciencia, del estudio, de la milicia o del servicio al prójimo en labores de riesgo, como es nuestro caso. Ergo... con la profesión de Militar o Científico es imposible ser rico o famoso en nuestra tierra.

Aunque..., eso sí, al menos nos definimos y no como aquél pintor de Úbeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: “lo que saliere” (II, LXXI). Y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: “Este es gallo”. Que nuestro trabajo no sea lo que saliere, sino que sea vocacional. Solamente así seremos unos buenos profesionales.

img 8658      Edición de Bruselas de la 2ª parte (1626)

La figura de Sancho es asombrosa. Así, tras ser apaleados por los yangüeses (I, XV), dice Don Quijote a Sancho que al no ser caballeros, era Sancho el que habría de ir a esos lances sin él, pues pelearía con los de su igual. A lo que Sancho responde con una de las frases más geniales que yo jamás haya leído:

“Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimular cualquier injuria, porque tengo mujer e hijos que sustentar y criar. (...) Y que desde aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me hayan hecho y han de hacer”.

Como vemos, la soltería es la base de la agresividad, pues el matrimonio garantiza – según Cervantes – el templado de gaitas. Por eso, en el episodio de la cueva de Montesinos (II, XXII), Don Quijote hace algunas reflexiones interesantes al respecto:

“El amor es todo alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está en posesión de la cosa amada”; claro, que nos advierte de algunos peligros del matrimonio: “Si traes buena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, en aquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla: que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro.”

Algo parecido nos cuenta a propósito de la sin par Altisidora, esta vez rimando (II, XLVI):

“ Los andantes caballeros

y los que en la corte andan,

requiébranse con las libres;

con las honestas se casan.”

El Quijote es una genialidad que se debe tener como libro de cabecera, leyendo solamente un capítulo al día, saboreándolo y disfrutándolo. No es un libro para prisas, ni un pasatiempo solamente. Leer el Quijote es como dar de comer al espíritu: hay que evitar los “atracones”, pero hay que comer todos los días un poco. Por ejemplo, recordar algunos de los consejos que Don Quijote le da a Sancho cuando se va a gobernar la ínsula Barataria:

“Nunca te guíes por la ley del encaje (...). Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico. (...) Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.” (II, XLII)

“Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto, ni cumple palabra. (...) Sea moderado tu sueño; que el que no madruga con el sol, no goza del día”. (II, XLIII).

De todas formas, “contra el uso de los tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias” (I, XLIX). Los alemanes tienen un refrán al respecto: “jedem Tierchen sein Pläsierchen” (sic “cada animalito con su gustito”), que viene a significar, un tanto libremente, “cada loco con su tema”. Eso significa que son los propios miembros de cada institución quienes han de actualizarla y que las actualizaciones externas o a cargo de personas carentes de vocación por su trabajo, están condenadas al fracaso. Y esto me hace recordar otro pasaje, el de la aldea del rebuzno, en que dos alcaldes buscaban, por separado, un burro extraviado y rebuznaban para llamarlo. Eso sí, lo hacían tan bien, que siempre daban el uno con el otro. Al final, el burro apareció muerto y comido por los lobos (II, XXV). Pero eso hizo famosa la aldea del rebuzno, como luego se indica (II, XXVII):

“No rebuznaron en balde,

el uno y el otro alcalde.”

Aunque siempre genial, Cervantes nos recuerda que las culpas se pagan hasta en la tumba, como sucedió al rey don Rodrigo (II, XXXIII):

“Ya me comen, ya me comen,

por do más pecado había”.

Y digo yo, inocente y malicioso a la par: ¿Por dónde habría pecado más don Rodrigo?, no pensemos mal, a lo peor fue con el cerebelo o la glándula pineal, que todo es posible.

Pero no debemos reír de lo que no lo merece, pues razón lleva Don Quijote cuando le dice a las rameras de la venta (I,II): es mucha sandez la risa que de leve causa procede.

                                   img 8659                                  Facsímil de una de las primeras ediciones

Recientemente, un comité de expertos de la Universidad Complutense ha dictaminado, tras sesudos cálculos y análisis, que el lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes es Villanueva de los Infantes, bellísimo pueblo de la Provincia de Ciudad Real y lugar señero del campo de Montiel. Recordar aquí su atractiva plaza llena de soportales, la incomparable parroquia de san Andrés, la calle de Cervantes, la casa del caballero del verde gabán o los innumerables escudos de las casas nobiliarias, como la de los marqueses de Melgarejo, la de los Fontes e incluso la del doctor don José María Alberdi, eminente médico ya fallecido y con otro hijo médico, recientemente jubilado, de igual nombre (digestólogo, para más señas) es importante. Pero yo vuelvo, tras recomendar una visita a dicho pueblo, a la excelente figura de José María Alberdi, padre, íntimo amigo y compañero de don Carlos Jiménez Díaz, quien decía de él que era la persona más capacitada para la medicina que había conocido, y que renunció a todas las glorias y honores por el bellísimo ejercicio de la medicina rural, entre gentes sencillas. Tenía su vivienda y consulta en la calle Virgen de la Antigua (patrona del pueblo, por cierto, junto con Santo Tomás de Villanueva, apellidado García y, realmente, nacido en Fuenllana, un pueblecito situado a unos cinco kilómetros, por la carretera de Villahermosa). Tuve el honor de conocerle y admirarle, como profesional y como amigo, y me siento orgulloso de ello.

En fin, que uno no para de aprender cosas leyendo el Quijote. Además este aprendizaje es sumamente entretenido y agradable, porque como decíamos al principio, en la vida solo tenemos una obligación ineludible: ser felices. Y para poder darle cumplimiento hemos de despojarnos de ambiciones y vestirnos de cariño, con todo lo que ello tiene de generosidad y buena disposición hacia nuestros coetáneos. Me temo que es el único camino para poder llegar a serlo. Por favor, si alguien sabe otro, que me haga la caridad de decírmelo.

* El chapeo es el sombrero.

Ediciones del Quijote más conocidas:

- Edición original de Juan de la Cuesta (facsímil de la primera parte). Madrid, 1605. Reproducción de la 3ª edición de 1608: Alfaguara, Palma de Mallorca.

- Facsímil de la primera edición de la segunda parte, según la edición “princeps” de Juan de la Cuesta. Madrid, 1615.

- Edición de Juan Antonio Pellicer. Madrid, Gabriel de Sancha, 1797 - 98, 5 tomos.

- Edición de Diego de Clemencín. Madrid, D. E. Aguado, 1833 - 39, 6 tomos.

- Edición de Juan Eugenio Hartzenbusch. Argamasilla de Alba. Imprenta de don Manuel Rivadeneyra, 1863, 4 tomos.

- Edición de Francisco Rodríguez Marín. Madrid, Atlas, 1947 - 49, 10 tomos.

- Edición de Luis Astrana Marín. Madrid, Castilla, 1966.

- Edición de Celina S. de Cortázar e Isaías Lerner. Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1969, 2 tomos.

- Edición de grabados de Gustavo Doré. Cedro, Barcelona, 1978.

´- Edición de John Jay Allen. Cátedra, Madrid, 2000, 2 tomos.

Existen otras dos ediciones – a mi juicio excesivamente costosas para una compra alegre – ilustradas por Dalí y por Mingote, aunque cada cual es dueño de su peculio. Son ediciones numeradas y difíciles de adquirir.

Francisco Hervás Maldonado. Coronel médico en la reserva

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