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Henry Kamen: 'La leyenda sobre Fernando el Católico ha durado siglos'

  • Escrito por Redacción

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El hispanista Henry Kamen publica 'Fernando el Católico (1451-1516). Vida y mitos de uno de los fundadores de la España moderna' (La Esfera de los Libros, 2015) en la que revisa los verdaderos logros y los mitos del rey de Aragón. El historiador expone que, aunque fue un gran estadista, su figura se ha mitificado y exagerado a lo largo de los siglos debido, en parte, a la escasa documentación, que ha fomentado una historiografía llena de invenciones.

 Una de las muchas frustraciones de Maquiavelo fue haber perdido la oportunidad de ser destinado como embajador florentino al reino de Aragón. En 1511, la república de la que él era un destacado dirigente prefirió confiar en Francesco Guicciardini, hijo de una de la más importantes familias de la Toscana, la representación diplomático ante la corte de Fernando II de Aragón, por entonces ya también rey consorte de Castilla y dueño de Nápoles y Sicilia.

Más que por su "sabiduría", el rey Católico era admirado por el secretario florentino (también por Guicciardini, que lo calificará de rey "poderosísimo y prudente") por su "astucia y buena fortuna" y será el ejemplo que utilizará pocos años después para sistematizar el compendio de las virtudes que habría de tener el 'príncipe nuevo'.

Más que por su "sabiduría", el rey Católico era admirado por el secretario florentino por su "astucia y buena fortuna"

Tanto él como César Borgia representaban para Maquiavelo no "la violencia propia del león", sino el "engaño propio del zorro", ya que, refiriéndose al rey aragonés, "no hace más que predicar paz y fidelidad y es muy enemigo de la una y la otra y, tanto una como otra en el caso de que las hubiera respetado, le habrían quitado más de una vez, no sólo la reputación, sino también el Estado". A él, quizá por influencia de Maquiavelo, hará referencia Spinoza, de manera no tan elogiosa pero sí bastante indulgente, en el 'Tratado Político' en cuya redacción estaba trabajando cuando le sorprendió la muerte en La Haya en 1677 con tan solo 44 años.

El 'Príncipe' de Maquiavelo

Poco años antes, Baltasar Gracián, buscando un modelo histórico que sirviese para legitimar la actuación de la monarquía de los Austrias y justificar la política de Felipe IV y su poderosísimo valido, el Conde Duque de Olivares, redactará 'El Político don Fernando el Católico' (1640), en el que ahondará en la importancia de que la virtud política (adaptarse a las circunstancias para tomar las decisiones correctas) debía ir acompañada siempre por unos principios de moralidad que convirtieran al gobernante (como en el caso, según él, de Fernando el Católico) en un arquetipo de hombre de poder y paradigma ético.

Por esos mismos años, Saavedra Fajardo dedicaba también a Felipe IV dos textos que, según recoge Salvador Rus en 'El príncipe español' (Tecnos, 2014), pretenden también de manera un tanto "áulica", forzada y excesivamente apologética, convertir a Fernando el Católico en el monarca que, sin haber leído probablemente la 'Política' de Aristóteles, mejor encarnaba sus principios y sus virtudes.

En cualquier caso, y a pesar de que todas estas referencias hayan contribuido a crear un personaje legendario más que histórico, a ninguno de los autores citados, como tampoco a Jean Bodin, otro de sus grandes admiradores, no se les escapaba el hecho de que el rey aragonés había conseguido, partiendo de "una baja y débil fortuna", como le gustaba resaltar a Maquiavelo, mantener sus dominios pacificados y unidos en torno a su persona; había recuperado algunos reinos perdidos como el de Navarra, se había anexado el Rosellón francés y había afianzado su presencia en el Mediterráneo occidental, creando un muro de contención contra el expansionismo islámico, al ampliar sus territorios en el norte de África y en Italia.

Además, había puesto un pie en el nuevo continente (que de momento no era tal, sino tan sólo unas cuantas islas en un océano desconocido) y había logrado la unificación religiosa con la expulsión de los judíos y la conquista de Granada, el último enclave musulmán en la península; finalmente, se había hecho fuerte frente al Papado con la creación de la Inquisición, que le permitía actuar de manera autónoma a través de una institución nacional o de Estado, podríamos decir, en el conglomerado de territorios y reinos que conformaban la monarquía Hispánica.

No es de extrañar que con todos estos logros, que más que forjar un imperio, como dirían los historiadores del XVI Jerónimo de Zurita y Juan de Mariana, pusieron los cimientos de "la futura grandeza de España", apuntilla Henry Kamen, la figura del rey aragonés se haya convertido en un referente ineludible de la Historia de España. Y sin embargo, explica el historiador británico, autor de 'Fernando el Católico (1451-1516). Vida y mitos de uno de los fundadores de la España moderna' (La Esfera de los Libros, 2015) son muy pocas las aproximaciones históricas a su figura.

Escasez de investigación histórica

Entre otras razones por la escasez de documentos referidos a este período y por la cómoda aceptación por parte de la historiografía contemporánea de un mito utilizado interesadamente por defensores y detractores, que nadie está interesado en revisar. "La leyenda de Fernando duró siglos" explica Kamen, en parte por "la hostilidad popular y nobiliaria hacia las dinastías de los Habsburgo y los Borbones" que sustituyeron dinásticamente a los Reyes Católicos y que ayudó a configurar "esta extravagante visión de España, fruto de una nostalgia por un pasado perfecto aunque imaginario".

O imperfecto, pero igualmente imaginario, como en el caso especialmente necio y corto de miras del nacionalismo catalán, que, a partir de Enric Prat de la Riba consideraba a Fernando el Católico "el responsable del origen de la decadencia de Cataluña en una España donde todas las riquezas se las apropió Castilla".

Desde el nacionalismo catalán, que nunca ha estado interesado por la Historia, sino en la utilización torticera de la misma con fines soberanistas, como quedó patente el pasado año durante la revisión de la efeméride de 1714, explica Kamen, "se decía que Fernando había subvertido las instituciones catalanas (...) había arruinado a Cataluña por culpa de la Inquisición (...) y se sugería que había destrozado la lengua catalana".

Habría que esperar a los años 50 del siglo XX para que Jaume Vicens Vives, preocupado por la "visiones de nacionalismos románticos" y los "prejuicios ideológicos" publicara su biografía sobre el rey aragonés y, más recientemente, Luis Suárez hiciera lo propio en 2004 en la editorial Ariel. El trabajo de Kamen, pues, se sitúa en ese esfuerzo historiográfico por despojar de todo contenido legendario el reinado y la vida de un monarca que sin ser culto, como insinuaba Maquiavelo y era verdad, pues no sabía latín, sólo hablaba castellano y mostraba un absoluto desinterés por el arte y la literatura, demostró una increíble audacia política en el limitado espacio de actuación que le tocó protagonizar.

No estaba revestido, insiste Kamen, por las virtudes de gran estadista ni de hombre ecuánime, ni se le puede considerar el unificador de España (en esos años, aunque existía el concepto, sólo podría hablarse con propiedad de monarquía Hispánica) ni mucho menos el prototipo de monarca absoluto (una categoría que apareció en el siglo XVIII).

Fue, en definitiva, un rey que sin poseer un ejército propio ni haber creado ninguna estructura de Estado en el sentido moderno, logró sentar las bases de una política exterior (precaución contra Francia y contra el Islam) e interior (unificación religiosa y descentralización territorial bajo la autoridad de la monarquía católica) que definirían la actuación política de lo que con el tiempo llegaría a ser España, pero que entonces era sólo un reino de corte más medieval que renacentista.

EL MUNDO

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