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Los secretos del Ateneo de Madrid

  • Escrito por Redacción

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Cuentan algunos asiduos al Ateneo de Madrid que entre sus paredes se escondía un pasadizo secreto.

En teoría, esta desconocida puerta unía el lugar con el Congreso de los Diputados, a solo un par de calles de allí. De hecho, muchos oradores iban hasta esta institución a discutir tras los plenos. A día de hoy es imposible saberlo con seguridad, ya que el pasadizo da a una puerta tapiada, pero en ocasiones esta suerte de leyenda es mejor que la propia realidad.

La incógnita es, a su vez, una de las múltiples anécdotas que pudieron suceder en el Ateneo de Madrid. ABC se adentró en esta institución, que en 2020 cumplirá 200 años, para indagar sobre su pasado. A pesar de ser un foro de debate y un centro de cultura, hace tiempo que perdió el esplendor de otra época. La entrada, en la calle del Prado 21, no es la original, como tampoco fue el primer edificio donde se estableció.

Su historia se remonta a 1820, durante el trienio liberal, cuando varios intelectuales montaron una sociedad donde poder discutir y hablar de «literatura, ciencia y arte». Con la llegada del absolutismo desapareció, pero como no se puede frenar el progreso volvió a resurgir en 1835, de la mano de personalidades como Ángel de Saavedra o Alcalá Galiano. Durante cuarenta años tuvieron su sede en la calle de Montera; y ya en 1884 se trasladaron al enclave que hoy conocemos.

Muchos de los lugares que se transitaban entonces, como La Cacharrería, donde comenzaban las tertulias, aún siguen en pie. El nombre del local, que en cualquier caso data del siglo XIX, esconde una hipótesis popular sobre su origen. Y es que cuando se encendían los debates, según explicó el Ateneo a este periódico, se tiraban «los cacharros a la cabeza».

La Galería de Retratos es otro de los enclaves esenciales en el edificio. Allí, además del pasadizo, descansan los retratos de cientos de intelectuales; desde Mariano José de Larra, primer socio en la historia del Ateneo, hasta Miguel Hernández, último cuadro colgado en el lugar. También decora la pared el de Emilia Pardo Bazán, primera socia femenina.

La escritora y periodista protagoniza buena parte de las historias que perduran en el Ateneo. Como la vez en la que se cruzó con Benito Pérez Galdós por las impresionantes escaleras que unen la galería con la biblioteca y se enzarzaron en una disputa por unas «palabritas vulgares» que espetó uno contra el otro.

El gato «más culto»

La institución, en efecto, es una fábrica de anécdotas. Ramón María del Valle-Inclán contaba que había un gato que siempre dormía sobre un ejemplar del «New York Times» y pasó ser conocido como «el más culto del mundo». Se contaba también que el propio Valle-Inclán se trasladó a vivir allí con su familia cuando fue presidente porque no tenía dinero para asentarse en otro lugar. O que en otra ocasión, en una de las disputas verbales, esta llegó a ser tan acalorada que un socio saltó del palco al escenario del salón de actos. En ese mismo lugar se dice que estos intelectuales llegaron a debatir sobre la existencia de Dios, sometiéndolo a una votación.

Los secretos del Ateneo de Madrid  e. agudo - Un logo masón

Este salón sigue, en la actualidad, igual que hace un siglo. Cuadros de los presidentes más ilustres decoran la sala junto a un techo pintado. En él aparecen Apolo, Hérmes y Atenea. La vista se mueve entonces hacia las pinturas que representan las civilizaciones: la romana, símbolo de la literatura; la cristiana, del arte; y la árabe, unida a la ciencia. También se suceden unos indescifrables símbolos matemáticos, así como «la paleta y el compás», descubiertos hace poco y que, según el Ateneo, podrían ser masónicos.

Se tiene constancia de esto gracias a la reforma que se hizo hace unos años, tras el saqueo y el deterioro del edificio durante la Guerra Civil. «Aquí había mucho arte que espolearon durante la batalla. Muchas obras pasaron a los fondos y no sabemos cómo se las fueron llevando», explicaron desde la institución a ABC. Aunque muchas piezas no regresaran nunca, el Ateneo sigue contando con una amplia reserva: cuatro plantas donde almacenan cuadros y obras de arte.

La Pecera

Pero los verdaderos tesoros que esconde el centro son los libros. La primera biblioteca fue La Pecera, un acogedor espacio con escaleras de caracol que facilitaban el acceso a los tomos que llegaban hasta el techo. Después fue ampliándose y actualmente el Ateneo cuenta con varias salas donde leer, estudiar o escribir. Es el lugar desde el que muchos intelectuales como Javier Marías o Fernando Arrabal, gestaron algunas de sus obras.

El último rincón «secreto» del Ateneo se encuentra al final de La Cacharrería. Unas enormes puertas abren al que fue el despacho de Manuel Azaña, presidente de la institución y de la II República. La silla que se conserva tras el escritorio era la misma desde la que el político escuchaba cómo los personajes más ilustres de la época se «tiraban los cacharros».

ABC

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