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«Toledo», un nombre que suena en «el país del arte»

  • Escrito por Redacción

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El viajero que llega por primera vez a Nápoles puede que se sorprenda de que la calle acaso más carismática del barrio antiguo lleve el nombre de «Via Toledo» y de que en 2012 se haya dado el nombre de «Toledo» a una de las estaciones del Metro napolitano.

Con similar asombro descubrirá, si visita Florencia, que los más admirables museos y palacios de aquella increíble ciudad, como el Palacio de la Señoría, el Palacio Pitti y la Galería de los Uffizi, están vinculados al nombre de «Toledo» a través de un personaje incorporado por vía matrimonial a la familia de los Médici: doña Leonor de Toledo.

Otra sorpresa aguarda al viajero si repara en que la fortaleza napolitana de Castel Nuovo evoca la figura de Garcilaso de la Vega, pues entre sus muros el toledano ejerció de cortesano y lugarteniente militar, produciendo allí, con mucha probabilidad, lo mejor de su obra poética.

Pedro de Toledo

La causa de que el nombre de «Toledo» resuene en suelo italiano apunta a Don de Pedro de Toledo, virrey de Nápoles, padre de Leonor de Toledo y protector de Garcilaso de la Vega. A él se debe la iniciativa de proyectar en 1536 la «Via Toledo» de Nápoles, que con el tiempo se convertiría en uno de los más típicos lugares de la ciudad de Parténope. El nombre de «Via Toledo» llegó a fundirse con la identidad del pueblo napolitano tan estrechamente que, a pesar de que en 1870 la calle fue rebautizada oficialmente con el nombre de «Via Roma» (al socaire de la conquista garibaldina de la Ciudad Eterna), la ciudadanía siguió llamándola como en los tiempos del virrey, asociando hasta hoy mismo el viejo nombre de «Toledo» a la calle que Stendhal llamó «la más populosa y alegre del mundo».

En la basílica napolitana de San Giacomo de los Españoles se erige el hermoso mausoleo mandado construir por Don Pedro de Toledo para él y su mujer, doña María Osorio y Pimentel. Es ésta la dama a la que Garcilaso otorga el epíteto de «ilustre y hermosísima María» en la dedicatoria de cincuenta y dos endecasílabos de su Égloga III. Sin embargo, Don Pedro de Toledo no está enterrado junto a su mujer en el mausoleo de Nápoles porque la muerte le sorprendió en Florencia cuando se dirigía, al mando de los ejércitos españoles, a liberar la ciudad sitiada de Siena. Dadas las circunstancias, su hija Leonor, gran duquesa de Florencia, deseó sepultarlo cerca de ella, en la catedral florentina.

Nacido en la localidad salmantina de Alba de Tormes en 1484, Don Pedro Álvarez de Toledo y Zúñiga era hijo segundón del II Duque de Alba, Fadrique Álvarez de Toledo, y sirvió a Carlos V desde los primeros tiempos de su llegada a España. Con él participó en diversas acciones militares, y, fruto de su fidelidad al emperador, en 1532 fue nombrado con el prominente cargo de virrey de Nápoles, que ejerció durante más de veinte años.

Garcilaso de la Vega

Apenas conoció su nombramiento de virrey, Don Pedro de Toledo logró que Carlos V levantara el confinamiento que Garcilaso sufría en una isla del Danubio cerca de Ratisbona y lo llevó con él a Nápoles, donde le otorgó el cargo de lugarteniente de armas. El poeta pasó a ser su hombre de confianza y confidente para todo tipo de asuntos, tanto políticos como privados, de lo que se comprende que dos de sus tres églogas estén dedicadas respectivamente a Don Pedro y a su mujer.

Para Garcilaso, Nápoles abre su etapa literaria más brillante, que, comenzando en 1532, acabará el día de su muerte, cuatro años más tarde. En este tiempo el poeta se familiarizó con los autores italianos tanto del pasado como del presente (Virgilio, Ovidio, Horacio Petrarca, Sannázaro, Ariosto, Tansillo, Minturno, Tasso…), y desarrollará en la «patria de la sirena» su potencial creador —«tomando ora la espada, ora la pluma»—, a la sombra del virrey.

Leonor de Toledo

En 1539 Pedro de Toledo consintió en conceder la mano de su hija Leonor, de diecisiete años, al duque de Florencia, el joven Cósimo I de Médici. Gracias a la cuantiosa dote de la hija del virrey de Nápoles, el Médici consiguió hacer resurgir la prosperidad de su dinastía y, por añadidura, se grangeó la protección política y militar del emperador y del padre de su consorte.

Leonor de Toledo, nacida en Alba de Tormes como su padre, fue, según la historiografía, una mujer fiel, inteligente y una devota consejera de su marido, al que dio once hijos, ocho de los cuales murieron antes que ella.

La mujer que introdujo el nombre de «Toledo» en la familia de los Médici, participó con su marido en la promoción de obras artísticas y arquitectónicas que contribuyeron al desarrollo del Renacimiento y a convertir Florencia en la joya monumental que sigue despertando la admiración del mundo.

Por propia iniciativa, doña Leonor compró al banquero Luca Pitti un espléndido palacio que, tras engrandecerlo con numerosas estancias y magníficos jardines (el «Giardino di Boboli»), empezó a ser la residencia oficial de los grandes duques de Toscana.

También Leonor de Toledo auspició la llamada Capilla de los Españoles en la iglesia de Santa María Novella, utilizada por los cortesanos españoles de Florencia.

Los duques encargaron a Vasari la transformación del Palacio de la Señoría, sede hasta entonces del gobierno, en la residencia ducal, amplificando sus anteriores dimensiones.

Entre las principales iniciativas culturales de Cosme de Médici y Leonor de Toledo se cuenta la construcción del edificio de los Uffici, que con el tiempo pasó a convertirse en depósito de la magnífica colección de arte de la familia Médici, una de las recopilaciones más antiguas y famosas del mundo. Al decir de Blasco Ibáñez, «un interminable almacén de prodigios».

También fue resultado del impulso artístico del matrimonio ducal la apertura al público de la Biblioteca Laurenciana, proyectada por Miguel Ángel, depositaria de miles de manuscritos de gran antigüedad, belleza y valor filológico.

En 1562, a consecuencia de un viaje a Pisa para mitigar el proceso de tuberculosis que padecía, murió la duquesa y dos de sus hijos, los tres al parecer contagiados de malaria. La que las crónicas recuerdan como «la amada esposa de Cósimo I de Médici», contaba cuarenta años y había vivido 23 de matrimonio con el Gran Duque. Este, consternado por la muerte de su mujer y de sus hijos, se retiró de la vida pública dos años después, abdicando en su hijo Francisco.

Los retratos de Leonor nos transmiten su rostro serio a la manera del Bronzino, su artista favorito, con ojos levemente tocados de melancolía. Es la figura de una mujer bella y culta que promocionó junto con esposo el duque el movimiento de humanismo y modernidad conocido como Renacimiento, cuyo foco de irradiación fue Florencia.

Una deuda de gratitud mantienen los toledanos con Don Pedro de Toledo, más allá de la proyección de su nombre en tierras italianas: la que deriva de la protección que dispensó a Garcilaso de la Vega, gracias al cual se introdujeron en nuestra lengua los modelos del esplendor renacentista.

«Toledo», un nombre que suena en «el país del arte»    Por Mariano Calvo, escritor y periodista

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