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Blanca de Borbón (Reina de Castilla)

  • Escrito por Redacción

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¡Pobre mujer! La machacaron sus padres, la repudió su marido, vivió presa gran tiempo y murió… probablemente asesinada de un ballestazo, o tal vez no, pero eso no hace al caso. El caso es que no tendría mucho más de veintidós años cuando finó.

Su marido, Pedro el Cruel (me niego a ponerle el don, me niego a decir su majestad y me niego a apodarle el Justiciero, como quisiera el rey Felipe II), casó con ella por su dote y al ver que no la cobraba, a los dos días la repudió, encerrándola en el castillo de Sigüenza, rodeada de una escolta de caballeros que le impedía moverse. Bueno, también iban con ella su capellán, el tesorero y su secretario, así como una dama de compañía. Mucha gente, sin duda. No obstante, tuvo correspondencia con el Papa de Aviñón, Inocencio VI, verdadero protector de la Reina de Castilla, pues el golfo de Pedro el Cruel estaba prendado de doña María de Padilla, amén de ocupado en las guerras con sus dos medio hermanos, Fadrique Alfonso de Castilla y Enrique de Trastámara.

Pero ¿quién era doña Blanca de Borbón?, pues una hija (la segunda) del Duque Pedro I de Borbón (un bisnieto de San Luis, Luis IX, de Francia) y de su esposa, Isabel de Valois (nieta de Felipe III de Francia), sobrina del rey Carlos V de Francia y, como decimos, tataranieta del rey San Luis de los franceses. Casó con toda pompa y boato en la iglesia de Santa María la Nueva, de Valladolid, el día tres de junio de 1353, a sus 18 añitos, siendo – según las crónicas – rubia y muy bella. ¡Hay que ser mamarracho para dejar pasar ese bombón! El caso es que a los dos días de casar, el hideputa del rey (que lo era, pese a la santidad de su señora madre) se largó con su amante, la Padilla (María de Padilla), a la Puebla de Montalvan.

Naturalmente, se produjo un gran escándalo en la Corte. La Reina Doña María, madre del canalla de Pedro el Cruel, la reina viuda de Aragón (su tía), Don Alfonso de Alburquerque, a la cabeza de muchos nobles castellanos, varios obispos y el cardenal enviado del Papa Inocencio VI, reunieron en coalición numerosa hueste en Tordesillas, obligando al rey a dar promesa de hacer vida marital con Doña Blanca, huida entonces a Toledo. El rey, al verse acorralado, dio promesa de ello en la villa de Toro. Y cuando todos estaban convencidos y se deshizo la hueste, el puñetero del rey cometió felonía (no solamente Fernando VII fue un rey felón, como vemos), encerrando a la pobre Blanca en el castillo del Obispo de Sigüenza (1355), prendiendo también al propio obispo, que pasó de Señor a prisionero, aunque no en su propia morada. Pero ahí no paró la cosa, pues tomó venganza sobre los conjurados y a unos mató y a otros puso en fuga.

Esta felonía hizo que Francia, Aragón y su hermanastro, el Conde de Trastámara arremetieran airados contra él. El muy cabronazo del rey, temiendo que su esposa pudiera ser liberada, la trasladó a la torre hoy llamada de Doña Blanca, entre Jerez y el Puerto de Santa María, de donde posteriormente la sacó para enviarla al alcázar de Medinasidonia, lugar en el que al parecer fue asesinada de un ballestazo por orden del propio rey, a la tierna edad de 22 años (hay quien dice que a los 24, pero ¡qué más da!).

Además, no solo esos caballeros la vigilaban, sino que cometió la vileza de poner al tío de su antigua amante (la dichosa María de Padilla), un tal Henestrosa, a custodiarla. Dicen las crónicas que la trataron con afabilidad, ¡faltaría más, era la Reina legítima de Castilla!

No es que María de Padilla fuese mala. Cuentan los refrendos escritos que se trataba de una mujer hermosa y justa. Yo no lo creo, pues no puso objeción alguna a las maldades del dichoso Pedro el Cruel, al que además le gustaba el dinerito, los 300.000 florines de oro de la dote, que el Rey de Francia no pagó al despreciable Pedro el Cruel. Ahí estuvo la cuestión.

El ínclito Felipe II, Rey y Señor de las Españas, de Portugal, de Inglaterra, de Flandes, de Nápoles y de muchísimos otros lugares, en un día de iluminación transcendente, decidió prohibir que su ancestro Pedro I fuese conocido como “el Cruel”, otorgándole el apodo de “el Justiciero”. Pero no, no llevaba razón. Por mucha parentela que los uniese (que no era tal), a cada cual ha de llamársele como se merece, y Pedro I merecía ser apodado “el Cruel”.

Y eso que doña María de Padilla era un poco pendona y martirizó a doña Blanca exhibiendo con descaro y largueza a su hija, habida con el rey Cruel en tiempo reciente, previo a los esponsales con doña Blanca. De todas formas, de poco le sirvió tanto alarde, pues al año de casarse con doña Blanca de Borbón, el rey Cruel, canalla donde los hubiera, se casó con otra, posiblemente al cansarse del fornicio con la Padilla. El caso es que, acaso por venganza o acaso por concupiscencia, contaban las malas lenguas que la fidelidad de doña Blanca dejaba mucho que desear, pues en el viaje se sospechaba que hubo tratos carnales con los dos hermanos bastardos del rey (Fadrique Alfonso de Castilla y Enrique de Trastámara). Parece ser que fue mal aconsejada por ese par de bastardos y su pariente el Obispo de Segovia, Barroso Gudiel, al igual que la familia toledana de los Barroso, huyendo al paso por Toledo y refugiándose en Santa María. Pedro notó puntadas en las sienes y cercó Toledo, cogiendo preso al obispo Don Pedro, encerrándolo de seguida en Aguilar de Campóo (sí, donde las galletas) y a su esposa repudiada, le puso una desconsiderada escolta en la persona de Don Juan Fernández de Henestrosa, tío de la Padilla, quien la trajo a Sigüenza confinada por cuatro años, bajo la vigilancia de los caballeros Don Iñigo Ortiz de la Cueva y Ruy Pérez de Soto, en una pequeña corte formada por su confesor y secretario, Don Juan Oruel, su secretario y tesorero Otabón de Oliva, que fue mandado a principios de 1356 por el mismo Papa, y su dama, doña Leonor de Saldaña. El mismo Otabón marchaba de cuando en cuando a la corte papal de Aviñón, llevando confidencias y recabando ayuda económica, puesto que el Papa Inocencio VI fue el gran valedor de doña Blanca. A su vez, Otabón de Oliva ejercía como Maestre d’ostal. Una jaula de oro, pero jaula al fin y al cabo.

Sin duda ocupó la residencia palaciega del castillo, pues era preso el obispo Barroso en otra ciudad, el cual luego fuera desterrado a Aviñón, desde donde se le envió como prelado a Portugal, terminando allí sus días.

El caso es que Pedro I fue excomulgado tras casarse con Dª Juana de Castro en Cuellar, en el año de 1354, tras declarar nulo su matrimonio los obispos Don Sancho de Ávila y Don Juan de Salamanca, aterrados por las presiones del Cruel. Pero el Legado-Cardenal La Jugle no tragó y directamente lo excomulgó. Se basó en las cartas secretas de los obispos al Papa y en el estudio documentado del josefino seguntino P. Olea Álvarez, destinado en Roma.

Es muy probable que Don Enrique de Trastámara, apoyado por Beltrán Du Guesclin asesinara en Montiel al malvado rey con el beneplácito y apoyo económico del tercer Duque de Borbón, hermano de doña Blanca, así como con el visto bueno del entonces Papa Urbano V.

En Montiel hoy no quedan más que las ruinas de aquel castillo. Montiel es un pequeño pueblo situado en Ciudad Real, a unos quince kilómetros al este de Villanueva de las Infantes, en la comarca de su nombre: el Campo de Montiel. En ese pueblecillo había una fábrica de camisas (yo creo que para gañanes), donde yo, en mi juventud (bueno, sigo siendo joven en la actualidad, pero no tanto; entonces era joven en lo físico y ahora más bien en lo espiritual) me compré un par de camisas tan resistentes que aún me duran. Yo creo que deberían llevar hilos de piedra o así, pues las he pataleado, mojado, metido en lejía, arrastrado por el fango e incluso pasado el coche por encima. Bueno, pues las muy puñeteras no se rompen ni un milímetro. Si te ibas a arar con una de esas camisas, ya te podían morder las mulas, cagar los tordos o restregarte retozonamente por los barbechos, solo o en compañía, que las muy puñeteras aguantaban lo que fuera. Ya no se hace ropa así. Bastas sí que lo eran, pero duras también, como piedras.

Me da mucha pena doña Blanca de Borbón, aunque hubiera sido un pendón, que no lo creo; porque dar con un psicópata asesino es algo que a nadie se le puede desear. ¡Y matarla de un ballestazo! Hay que ser malvado para eso.

Comprendo a Beltrán Du Guesclin, cuando dijo aquello de “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi Señor”. Bueno, estoy de acuerdo. Sobre todo con un rey así. Pero… ¿y los amores de doña Blanca, qué podría haber de cierto en ellos? Pues yo creo que fue una pardilla, un producto de la época, manejada como si de ganado se tratase por todos: su familia, el rey Cruel, la dichosa amante del mismo, etc. El rey Pedro I el Cruel recibió su merecido, a manos del bastardo Duque de Trastámara (futuro Enrique II de Castilla). Tras Enrique II “el de las Mercedes” (tuvo que “untar” a muchos, para ser aceptado, total por diez cochinos años de reinado) vinieron su hijo Juan I, Enrique III el Doliente, el hijo del mismo, que reinó como Juan II, el cual tuvo también un hijo, Enrique IV, al que sucedió la Reina Isabel I la Católica, pues murió sin descendencia legítima, que era hija de la segunda esposa de Juan II (Isabel de Portugal), en la que termina la dinastía Trastámara y se inicia la dinastía de los Austria con su nieto y sucesor, Carlos I de España y V de Alemania.

Si no hubiese sido por doña Blanca de Borbón, la dinastía de los Trastámara no hubiese llegado al poder. Por otra parte, si no hubiera sido un ambicioso el rey Pedro I el Cruel, Castilla se habría aliado con Inglaterra y Portugal, mientras que Aragón se habría alineado con Francia, de manera que la unidad de las Españas no se hubiera producido, con bastante probabilidad. Observemos lo que vale un himeneo.

El problema de fondo eran las alianzas de poder entre Castilla y Aragón, que rivalizaban por el dominio de la península. Téngase en cuenta que las Taifas árabes apenas si contaban, pues lo único que hacían era soltar dinero a uno u otro bando para ser protegidas y no sufrir invasión, prefiriendo el vasallaje a la ciudadanía. Doña Blanca de Borbón, hermana menor de la que fue después reina de Francia, y mayor del futuro Duque de Borbón, no era más que un peón en la partida que Aragón y Castilla jugaban por el dominio de la península, los unos jaleados por Francia y los otros por Inglaterra. Sin embargo, las huestes castellanas – por la razón que fuera – se batían bastante mejor en el campo de batalla, lo que hizo que Aragón requiriese de las fuerzas francesas de Beltrán Du Gesclin para girar la balanza en su favor.

La muerte de Blanca de Borbón es rastrera y soez. Su conducta, fruto de su edad y belleza. Muchas veces la belleza de una mujer llega a volverse su peor enemiga, como así nos enseña la historia. Si además se ponen clérigos de por medio, unos jaleando y otros excomulgando, la reacción puede ser explosiva. No obstante, el Cruel no estuvo fino ni actuó con inteligencia, pues debiera de haber simultaneado a la Padilla con doña Blanca, si es que no se podía aguantar. Yo creo que eso de los amores incoercibles con la Padilla es un cuento. Prueba de ello es que al año se casó con otra, pese a tener ya una hija con su amante. No estoy muy seguro de que se respetase la integridad física de ambas, madre e hija. Este malvado rey mataba con mucha facilidad.

Y lo que no tiene perdón de Dios es la sandez de Felipe II, pretendiendo cambiarle el apodo a un rey al que solo un remoto parentesco bastardo le unía. Luego sí, venga a darse golpes de pecho y de paso enchironar a su hijo el príncipe Carlos. ¡Qué gentuza!

Solamente tenía 22 añitos. ¿Hay derecho a eso? Algunos historiadores hablan de la inocencia de Pedro el Cruel, pero a mí me cuesta bastante creerlo. Dicen que murió de muerte natural. ¿Esa monada, sana y rozagante, bellísima y francesa? No me lo creo. Habría dado síntomas previos. En todo caso la envenenarían, pero no eran las formas del Cruel. Más parece el ballestazo como creíble.

¡Qué pena y qué asco!

Madrid, septiembre de 2015.

Francisco Hervás Maldonado - Coronel Médico en la reserva

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