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'Tienes más cuento que Calleja...'

  • Escrito por Redacción

CALLEJA

Como los personajes del callejero (¿sabe la gente quién fue Ferraz? ¿sabrán quién fue Zerolo?), los que aparecen en algunos dichos populares se van perdiendo en la niebla del tiempo: ¿Quién fue el Zafra al que enterraron un día de mucha lluvia? ¿Quién el don Rodrigo orgulloso en la horca? Saturnino Calleja tiene calle y tiene dicho, el famoso "tener más cuento que Calleja". Y sin duda son muchos más los que conocen la expresión que los que saben a quien corresponde.

Pues bien; de Calleja se decía que tenía mucho cuento porque los publicaba. En cantidades industriales, nunca mejor dicho porque fue de los pioneros en profesionalizar el oficio de editor; y en ediciones populares. Hasta el punto de convertirse en una institución dentro del gremio. Saturnino Calleja, de cuya muerte se acaban de cumplir cien años, está indisolublemente ligado al mundo de la edición infantil. En dos aspectos, inseparablemente unidos a su vez, que son como las dos caras de la moneda de su actividad: los libros de texto y los cuentos, aunque la extraordinaria popularidad de los segundos, origen de la expresión famosa, haya oscurecido a los primeros, que fueron también los primeros cronológicamente.

Con motivo del centenario, la Biblioteca Nacional ha organizado una exposición (Saturnino Calleja, renovador de la pedagogía y la edición infantil hasta el 28 de agosto) que le reivindica también como pedagogo.

Nacido en 1853, Calleja llegó a la edad adulta coincidiendo con la Restauración. De modo que su vida coincide bastante aproximadamente con el empeño por generalizar la escolarización elemental en España, que, expresado en la Constitución de Cádiz, echa a andar en los años 30 del siglo XIX y no culminará sino bien entrado el siguiente, conociendo un momento importante con la Ley Moyano de 1857.

Pero todavía el mismo año (1876) en que el padre de nuestro hombre, Fernando Calleja Santos, abre el negocio de librería y encuadernación que muy pronto se convertirá en la Editorial Calleja, uno de los promotores de la coetánea Institución Libre de Enseñanza, Laureano Figuerola, se refería al analfabetismo como una llaga social (lo era: superaba el 70%; el 80% entre las mujeres).

Esa es la España que conoce un veinteañero y emprendedor Saturnino Calleja. Tan emprendedor que, sólo tres años después de abierto el negocio familiar, decide comprarlo y convertirlo en la citada editorial. Veinte años después, cuando el siglo daba las boqueadas, llegó a vender casi tres millones y medio de volúmenes entre España, Hispanoamérica y Filipinas.

Siempre en los dos inseparables géneros antedichos, libros de texto y cuentos. Como ha escrito Jaime García Padrino ('El libro infantil en el siglo XX', en 'La edición moderna. Siglos XIX y XX'; Fundación Germán Sánchez Ruipérez): "La dedicación de aquellos editores preocupados por la infancia iba unida a un claro interés pedagógico que se traducía en el deseo de contribuir con sus ediciones a la formación infantil. Tal concepto de la propia labor editorial quedó reflejado entonces en los planteamientos de las distintas colecciones, donde era frecuente incluir -con distintas proporciones- el libro instructivo o escolar, junto a las obra recreativas de mayor o menor intención moralizadora".

Ni que decir tiene que Calleja pertenecía de pleno derecho a «aquellos editores», muy pocos, repartidos entre Madrid y Barcelona; siendo él el gran representante en la capital. Calleja sería el responsable del "auténtico desarrollo industrial y la popularización de las ediciones pensadas para los más pequeños lectores" (Ibid.).

Los cuentos que le harían célebre no empezó a publicarlos hasta 1884. Antes se centró en los libros escolares, lo que comprendía, además de métodos de lectura, geometrías, geografías o historias de España, catecismos, enciclopedias, manuales de urbanidad y buena crianza (como se llamaban y que incluían nociones de higiene), textos de apoyo como los abecedarios iconográficos, hechos con la clásica idea de instruir deleitando... El afán de modernidad de aquellos libros que hoy nos parecen deliciosamente antañones se transparenta en la voluntad de "poner al alcance de los niños el método científico" y "no exigirles más esfuerzo que lo que ellos sean capaces de hacer", como se recogía en el prólogo de uno de aquellos libros, 'El Instructor', de iniciación a la lectura.

A finales del XIX vendía 3,5 millones de ejemplares en el mundo hispano

De acuerdo a esa idea de adecuar los contenidos a la capacidad de comprensión de los niños, los libros se adaptaban a los distintos grados de enseñanza y tenía un detallado plan pedagógico. Calleja publicó un Método completo de Primera Enseñanza Cíclica o Progresiva, que repartía todas las materias escolares de los primeros años en tres niveles: Albores de la enseñanza, Guía de la primera enseñanza y Biblioteca de las escuelas.

Y los cuentos, los recordados cuentos, fueron una prolongación de ese mismo interés. Publicó una cantidad inmensa de ellos, repartidos en colecciones como Nuevas colecciones de cuentos (de hadas, fantásticos...), Biblioteca de recreo, Biblioteca escolar recreativa, Biblioteca ilustrada para niños, Biblioteca Perla, en los que aparecieron relatos de todos los ámbitos, incluyendo a autores como Salgari, Poe, Rider Haggar, el Pinocho de Collodi o narraciones bíblicas. Y más allá de los cuentos, publicó títulos como 'Enfermedades de los niños' o '¿Qué es la sindicación obrera?'

Sus modernos métodos de difusión y venta crearon escuela e influyeron en otras editoriales. Se planteó llegar a todos los públicos para lo que hizo hasta cuatro presentaciones diferentes de sus libros con distintos precios. Mantuvo siempre una relación muy estrecha con sus autores, si bien privilegió a los ilustradores sobre los escritores (autores, traductores o adaptadores). El nombre de estos últimos no siempre aparecía reflejado, lo que tiene buena parte de culpa de que se acabara hablando de "cuentos de Calleja". El trabajo de los ilustradores, en cambio, se cuidaba mucho. Trabajó siempre con los mejores. Tras su muerte, la editorial contó con nombres como Bartolozzi, Penagos, K-Hito o Tono. Finales clásicos, como el "y vivieron felices y comieron perdices", son aportación suya.

En los cuentos adaptados de otros ámbitos, algo muy frecuente (Andersen o los Grimm, 'Gulliver' o 'Las mil y una noches' llegaron a España de su mano), imponía un toque de casticismo y españolización, y en todos, un contenido moral. Con todo, no se libró de críticas moralizantes a las que él llegó a responder con una circular. Fue un adelantado en la promoción y difusión de sus libros. Llegó a tener dieciocho delegaciones entre América y Filipinas, y fue de los primeros, si no el primero, en incluir en sus catálogos opiniones elogiosas sobre sus libros, algo hoy habitual; opiniones de gente destacada como obispos o el nuncio apostólico. Su procedimiento: regalar libros a cambio de esas opiniones.

Con esos métodos llegó a publicar miles de títulos y a vender millones de ejemplares. Sí, quizá nadie tuvo nunca más cuento que Calleja.

EL MUNDO

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