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La pistola de Larra

  • Escrito por Redacción

LARRA

Pequeña, con el cañón de acero rayado y pavonado y empuñadura de madera. ¿Dónde la guardaba Larra? ¿Desde cuándo esperaba su turno? ¿Quedó junto al charco de sangre o en la mano del periodista?

A veces, en el tercer piso del número 3 de la calle Santa Clara se oye el eco seco de un disparo. Es un sonido que rebota en las paredes y que termina con una rotura de cristales para huir luego enredado por las chimeneas azules de Madrid. Es el disparo de Larra. La detonación con la que se suicida una forma de pensar España.

A Larra le dolía España y aquella noche del Lunes de Carnaval en la que se descerreja un tiro en la sien había tenido dramón sentimental. La leyenda ha hecho mucho para que Larra se suicidara por amor como buen romántico desesperado, pero puede que su muerte tenga más que ver con el lado noble del Romanticismo: el hastío, el vacío de la vida, la desesperanza.

Sin embargo, en la vitrina del Museo del Romanticismo de Madrid donde se expone la pistola se recrea la versión del suicida por amor, más acorde con los tópicos del Romanticismo. Larra muere por la imposibilidad de continuar su historia pasional con Dolores Armijo. Y los visitantes entienden mejor que alguien decida acabar con su vida por un asunto de pasiones que no por un exceso de lucidez. Ese "oscuro vacío de su vida", que decía Cernuda.

Si alguna vez se perdiera España, se podría encontrar repasando los artículos de Larra. Qué necesarios esos cuadros mordaces de costumbres, ese mirar acerado y satírico del hombre escudado con el seudónimo de Fígaro. Su coetáneo Mesonero Ramos, que dio la versión amable del Madrid de costumbres, confesaba: "Ni soy Fígaro ni veo las cosas con tan tétricos colores". De otra forma lo dijo Zorrilla ante la tumba del suicida: "Miró en el tiempo el porvenir vacío". Antonio Machado da en la clave de la tragedia: "Larra se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda esperanza de encontrarla". Y, cómo no, Umbral: "Muere por asco de las cosas y dolor de España".

Observemos con detalle a la protagonista de esta historia: cañón de acero rayado y pavonado y empuñadura de madera. ¿Dónde la guardaba Larra? ¿Desde cuándo esperaba su turno? ¿Quedó junto al charco de sangre o en la mano del periodista? ¿Cómo llegó a exponerse en un museo casi como símbolo de la lucidez trágica de Larra?

Era el anochecer del 13 de febrero de 1837. A Larra se le han juntado varios desengaños y un hastío que cría tinieblas en su vida. La gota que colma el vaso es la visita que esa noche le hace su amante Dolores Armijo, acompañada de su cuñada. Ella quiere acabar con la relación y le pide que le devuelva todas las cartas. Nada más abandonar airada la casa se oye el disparo. Será Adela, la hija pequeña del escritor, quien descubra a su padre muerto. En el suelo, la sangre mancha los cristales rotos de un velador con un juego de café.

La pistola con la que se suicidó Larra, en el Museo del Romanticismo de Madrid.

A esas alturas el mal del siglo había hecho estragos entre los románticos. La suicidoteca va creando un desfiladero de poetas abismales desde Chatterton a Heinrich von Kleist buscando desesperadamente a alguien con quien matarse hasta que encuentra a Henriette Vogel y ambos sucumben a orillas del lago Wannsee. Mientras, Goethe se espanta de que su personaje Werther haya provocado una ola de suicidios entre los jóvenes de Europa, algo así como una versión macabra de los actuales fenómenos virales en las redes sociales.

Pero regresemos a febrero de 1837. Es noche de relente con ese aire madrileño que mata a un hombre y no apaga un candil. Hay un silencio suspendido que recorre las porterías oscuras, las hojalaterías, las tiendas de retales, los ultramarinos, los escaparates de los soportales de la Plaza Mayor. Todo ese Madrid que ya no existe y en el que las calles terminaban en el campo, en misteriosos solares de traperos, con olor a cabra y lechería de establo. Un Madrid donde antes hubo conventos y palacios del Setecientos y en el que respiraban en silencio los caserones antiguos. Un Madrid cuyo horizonte eran los alambres de las lavanderas del Manzanares y las buhardillas de pobres con mujerucas asomadas en las claraboyas.

Amanece otro día. Donde la verja fría del Retiro empiezan a reunirse caballeros con capas, gabanes, levitas polonesas y carriks de cinco cuellos. Hoy se le rinde homenaje al gran escritor, pero también hay curiosos que acuden al cortejo fúnebre por el morbo de asistir al primer entierro en sagrado de un suicida, hecho insólito en la España carpetovetónica y ultramontana que para estos difuntos desgraciados tenía aún el corralón de los muertos. Funcionó la presión de los liberales para abrir la puerta del camposanto a los heterodoxos.

El carro fúnebre iba adornado de palmas y laureles y en su tumba irían encadenándose las generaciones literarias: la del 98 nace homenajeando a Figaro; la de Góngora inspira a los niños del 27, y la de Antonio Machado reúne al grupo de los 50. Y así.

Larra acariciaba desde hacía tiempo su pistola porque le aliviaba la fiebre rozar el acero helado. Lo escribió en el día de ánimas de 1836: "Una nube sombría lo envolvió todo. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio". Para Larra ya no quedaba más que el silencio y el eco del disparo que pasea todas las noches por un Madrid que ya no existe.

EL MUNDO

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