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El revanchismo también alcanza a Pemán

  • Escrito por Redacción

PEMAN

José María Pemán se habrá tomado con humor la retirada de su busto de un teatro de Jerez, decidida por el Ayuntamiento de la ciudad el pasado jueves, justo antes del mes de agosto.

Votaron a favor de la retirada el PSOE, Ganemos -la marca local de los compañeros politólogos- e Izquierda Unida. Se abstuvieron los dos concejales de Ciudadanos. Sin duda las élites exquisitas están por encima de estos asuntos, tan poco daneses, mientras los concejales del PP votaron en contra. La argumentación más contundente la proporcionó (quiero decir, se la tiró a Clío, musa de la Historia y a los españoles que no comparten su lamentable ideología), uno de los concejales de Izquierda Unida. Pemán era «un fascista y un asesino». Ni más ni menos. Pemán, probablemente, andará escribiendo un romance, de esos que se le daban tan bien, ponderando como es debido la humanidad, la tolerancia y la apertura de espíritu de los comunistas. También, su exquisita educación y su conocimiento de la historia. De asesino, Pemán tuvo poco, al menos que se sepa. (Que perpetrara el «Poema de la Bestia y el Ángel» no implica que matara a nadie, al menos conscientemente.) Y en cuanto al fascismo, se reconocerá que no fue nunca el plato fuerte de Pemán, hombre conservador y monárquico, contrarrevolucionario, eso sí, como muchos de sus contemporáneos que vieron de cerca el talante de la revolución a punto de triunfar. Algunas de sus obras más famosas las escribió antes de la Guerra Civil, por ejemplo «El divino impaciente», un éxito monumental que trató con habilidad y sentido dramático la vida de San Ignacio, justo en el momento en el que los republicanos, en uno de sus varios arrebatos de liberalismo, echaron a los jesuitas de suelo español. Pemán era ya por entonces un orador y un propagandista apreciado en el círculo de Renovación Española. Allí, con materiales procedentes del neocatolicismo español y de los nacionalistas contrarrevolucionarios franceses, se forjó la ecléctica pero bien reconocible ideología que dio el tono al discurso de Francisco Franco y a su régimen dictatorial.

Pemán, como sus amigos, estaba convencido de que en aquellos años se estaba desarrollando una lucha épica, destinada a cerrar la Historia: la de la barbarie totalitaria comunista contra el Occidente cristiano, del que España era uno de los pilares más firmes. Partiendo de ahí, era de esperar que Pemán incurriera en todos los tópicos que poblaron el movimiento. Pemán no le aportó nada muy original, y pronto cedió a su conservadurismo básico, que le llevaba a preconizar un orden natural basado en la tradición y el catolicismo, con su reflexión acerca de la dignidad del ser humano. También por eso es absurdo llamar «fascista» a Pemán, muy alejado, como el propio Franco, de la exaltación estatista, totalitaria y antihumanista del fascismo.

Además de su conservadurismo católico, Pemán, no concebía la sociedad española sin la Corona. Así que la compleja posición de Franco, a quien respaldaba, le tenía que empujar a tomar partido por Don Juan, lo que hizo con gallardía y desparpajo frente a los atropellos de los jefes de Falange. Aprendió la lección, sin duda, porque desde entonces, aparte de su constante y pública relación con la causa monárquica, dedicó sus energías a la creación literaria.

Dotado de una extraordinaria facilidad de palabra y de escritura, fue un autor dramático prolífico y de éxito, con apuntes de insolencia, muy del gusto de entonces. Escribió novelas de venta masiva. También fue uno de esos periodistas literarios, ingeniosos, irónicos y aparentemente superficiales, capaces de influir en la opinión pública por su cultura y un manejo habilidoso del sobreentendido político. A su modo, Pemán es la prueba de que en la dictadura de Franco –asfixiante, por otra parte- existía un margen no desdeñable para la libertad expresiva. Pemán no participa, claro está, de la renovación estética que, como en el resto de Europa, implantó aquí fórmulas artísticas radicalmente novedosas. Lo suyo era la continuación de una supuesta tradición nacional matizada por ciertas querencias de origen modernista y, sobre todo, por ese gusto por lo «popular» que hizo tantos estragos –o quizás más- en la izquierda y en la derecha. En su caso, la afición a lo popular responde al cliché costumbrista, más fino y más perceptivo, aun así, de lo que se ha empeñado en afirmar una crítica siempre politizada.

Esta actitud permite comprender por qué el personaje que acabó construyendo Pemán, esa combinación de senequismo y escepticismo destilados por la inmemorial sabiduría –un suponer, diría él mismo- del pueblo andaluz, le permite encarnar una actitud que se podría llamar, sin forzar demasiado el término, de tono liberal. En pocos años, Pemán, tan militante antes y durante de la Guerra, se reconvierte a la misma actitud que explica la adhesión a la dictadura de Franco de intelectuales nada tradicionalistas, desde Unamuno y Ortega a Pérez de Ayala y Marañón. Sus «Mis encuentros con Franco», de tono anecdótico, será siempre una obra de referencia para quien quiera entender la complejidad del régimen y los matices de la personalidad del dictador, que Pemán, por su posición privilegiada y su sensibilidad, podía entender mejor que nadie. La ocurrencia del Ayuntamiento de Jerez con el busto de Pemán no va a ser la última que nos deparen los próximos meses. La izquierda se reivindica con una nueva demostración de rencor y guerracivilismo. Ya sabemos lo que nos espera si llega al poder la coalición que acaba de censurar a Pemán: fascistas, lo vamos a ser todos. Es posible que, además de fiar el futuro a la sensatez de los electores, el PP pudiera reconducir la situación promulgando, aunque fuera en el último momento, una revisión de la Ley de Memoria Histórica que promoviera el patriotismo, la tolerancia y una visión generosa y adulta, digna de la sociedad española, de nuestro pasado.

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