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Ninguna guerra acaba nunca

  • Escrito por Redacción

marines

«Apreté el gatillo, absorbí el retroceso y me concentré en las miras, no en Vicar, tres veces. Dos balas le atravesaron el pecho, otra el cráneo, y las balas fueron rápidas, demasiado rápidas como para notarlas. Así es como debería hacerse, cada disparo justo después del anterior para que ni siquiera puedas tratar de recuperarte, que es cuando duele».

Podría ser un relato más de cualquiera de los militares estadounidenses que se han dejado parte de su alma en Irak o Afganistán. Pero no. Se trata de un fragmento de las doce propuestas en las que Phil Klay desmenuza las idas y venidas de la guerra.

Los miedos del combate, el hastío en la base avanzada, la falta de sexo, el humor tenso y absurdo en situaciones límite, las pérdidas de compañeros, las dudas y, sobre todo, el después. Lo que viene con la calma del regreso. Lo que le queda a un soldado a su vuelta a casa. Muchas veces la familia, otras nada, ni los muebles, y, en ocasiones, mujeres embarazadas de cinco meses cuando tú te fuiste hace siete. Un historia que ha acaparado todos los premios como mejor libro de ficción –no deja de ser eso–, pero que, a buen seguro, no dista en demasía de lo que el veterano ha visto y sentido a sus treinta y tantos años. «Duele, pero está bien». Así define la vuelta a casa. Lo compara con la primera bocanada de aire tras sentir asfixia. Un mejunje de sentimientos que te hace estar ausente y en el que hasta disgusta la «alerta blanca» y todos aquellos que no han vivido otra. «Ahí va una experiencia. Tu mujer te lleva a Wilmington de compras. La última vez que caminaste por la calle de una ciudad, el marine en cabeza bajó por un lado, inspeccionando el frente y las azoteas del lado opuesto. (...) En una ciudad hay un millón de rincones desde los que pueden matarte. Al principio te pones de los nervios. Pero avanzas tal como te enseñaron y funciona. En Wilmington no tienes escuadrón, ni compañero de combate, ni siquiera tienes un fusil. Te sobresaltas diez veces y te pones a buscarlo y no está ahí. Estás a salvo, así que tendrías que estar en alerta blanca, pero no. Lo que estás es en una tienda de American Eagle Outfitters. Tu mujer te da algunas prendas de ropa para ver cómo te quedan y entras en un probador diminuto. Cierras la puerta y no quieres volver a abrirla».

«Nuevo destino» se convierte en un retrato psicológico de todos lo que han pisado aquel desierto, da igual que sea en Irak o en Afganistán. Porque así lo ve este veterano del cuerpo de marines. Habla de un paisaje desolador donde reina la nada más absoluta. Sin árboles, ni personas, ni plantas, ni agua. Un lugar en el que los protagonistas echan en falta hasta las bandas de moteros de «Mad Max», aunque vayan vestidos con trajes sadomaso y su único fin sea conducir por ese páramo en busca de asesinar por un triste bidón de gasolina.

Fusil en mano

No es una historia de alguien que se ha informado al máximo, que ha hablado con combatientes e, incluso, pisado el terreno. Es una historia de alguien que, fusil en mano, ha disparado, tumbado puertas, corrido y huido, que ha sufrido y hasta matado cuando tocaba. De ahí que su «ficción» tenga más empaque que cualquier otra. Desmenuza muchas de las visiones que pisaron el terreno. Desde esos «asesinos pipiolos» que con apenas 19 años se han casado a toda prisa para que les quede algo a sus jóvenes viudas, hasta los POG (personal militar que no entra realmente en combate, «chupatintas») y los que simplemente se cruzan medio mundo y exponen su vida por un puñado de 250.000 dólares. Más sus tres pagas extra, que no falten.

Protagonistas de un bando y de otro, porque estos señores se encontrarán enfrente con un chaval de apenas 17 años luchando por Al Qaeda que al ver a los americanos poco más puede hacer que mearse encima, o con un traductor que, resignado, se pone en el lado de los «buenos». Con todos los papeles repartidos por los doce relatos, siempre contados en primera persona por algún norteamericano, lo que se echa en falta en estas guerras es una playa de Omaha, una campaña de Vicksburg o un Álamo, una batalla que les dé un cáliz especial. Quizá sentido. Porque los pocos que allí comprenden la situación lo hacen de forma remota. Lo más cerca que se quedaron de la mitología –cuentan en el libro– fue con la caída de las estatuas de Sadam. Y con todo ello van pasando los «pensamientos sin orden lógico por las cabezas». Da igual en un lugar que en otro, cada uno con los suyos. Como los de Bob, el hombre de los 250.000 dólares que «estaba combatiendo en Irak porque estaba combatiendo en Irak». Lo suyo no era buscar el porqué. Conel dinero era más que suficiente. Sencillo. O los que, al principio del libro, entrenan su puntería en la «operación Scooby», que significa, qué cruel, disparar a los perros. Y «no por accidente», cuenta. También quiere mostrar el cinismo de las guerras. O, al menos, de las que Klay ha comprobado de primera mano. Donde eso de la reconstrucción no es más que palabrería y en las que se valora más enseñar a cinco viudas a criar abejas que el abastecimiento de agua a una región. Lo primero son menos de 25.000 y vale por tres: mejora económica a través de dar trabajo, brindar una oportunidad a una mujer y que, encima,no tiene marido, por tanto, así es un sector discriminado de la población. Más fácil completar la misión y, por tanto, llevarse alguna medallita. Bob lo tenía claro. Pero también se narran esos combates cuerpo a cuerpo. Entrando en una casa repleta de enemigos con el fusil como único escudo y donde el rescate de «dos moros con heridas mortales y ningún herido en nuestro bando» se considera «otro día en el paraíso». Edén que seca la adrenalina y que obliga a pensar en hacerse un ovillo pasada la acción. U otros enfrentamientos más lejanos en los que el lanzamiento del primer proyectil era suficiente, pero las decenas que vinieron después se hicieron porque «era divertido». Resultado tras echar las cuentas: 0,7 muertos por persona. «Un torso y una cabeza o una pierna». Así de mordaz escribe Phil Klay su historia. Donde desde las palabras de los combatientes muestra más allá de la guerra. Soldados que quedan tocados tras centenares de disparos u horas de aburrimiento en la barraca. Tantas que les da hasta para echar en falta su fusil. El mismo que no soltaban ni para dormir y que de vuelta en el avión se hace raro hasta que no tenga munición. Ni siquiera la «despresurización» en Kuwait antes de regresar sirve para frenar esa angustia que les acompañará por un tiempo. Quizá de por vida.

Por cierto, las tres balas del principio no se dispararon en tierras de Oriente. Fue la manera que tuvo el sargento Price –ya de vuelta en casa– de aplicar la eutanasia a Vicar. Su perro.

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