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Matar a Franco, el atentado imposible

  • Escrito por Redacción

MATAR A FRANCO

El primer sueño de matar a Franco lo tuvieron los anarquistas aun antes de que se iniciara el golpe de Estado. Pretendían evitarlo. El Comité Confederal de la CNT (Confederación Nacional de Trabajadores) de Canarias y la FAI (Federación Anarquista Ibérica) decidieron ejecutar al general Franco, que había llegado a Santa Cruz de Tenerife el 13 de marzo, con el cargo de comandante militar de las islas.

Se constituyó un comando reducido, tres personas: Antoni Vidal Arabí, Antonio Tejera Afonso y Martí Serarols Treserra. Antoni Vidal (Barcelona, 1898), jefe y cerebro del golpe, anarquista desde joven y exiliado a Tenerife durante la dictadura del general Primo de Rivera, donde constituyó la FAI, en 1935. Antonio Tejera, «Antoñé» (Santa Cruz de Tenerife, 1907), era también libertario convencido y militante desde 1926, y había coincidido con Buenaventura Durruti en la cárcel de Albacete. Martí Serarols Treserra, «el Catalán» (Barcelona, 1900), se exilió a Tenerife después de la revolución de 1934. Tres jóvenes convencidos de sus ideas, bregados ya en la acción y con una visión de futuro bien clara: acabar con Franco era abortar el golpe de Estado que estaba a punto de comandar o por lo menos ponerlo al baño maría mientras los generales decidían de nuevo a quién otorgaban el grado de generalísimo, probablemente Emilio Mola, pero el impasse y la crisis darían a la República un tiempo precioso para maniobrar, ya que habría desaparecido el principal aliado de los sediciosos en aquel primer momento: el factor sorpresa. Y los anarquistas podrían seguir con su revolución libertaria.

Era un atentado tan sencillo, en un momento tan oportuno, protagonizado por activistas experimentados, que podía haber tenido éxito. El primer escollo fue sin embargo ya prematuro. Vidal solicitó ingenuamente la colaboración del gobernador civil de la República, Manuel Vázquez Moro, le pidió apoyo logístico y se lo negó. Era lo más normal, que un alto cargo institucional no secundara un plan para matar a un oficial leal a la República hasta entonces; todavía el 23 de junio de 1936, el general Franco enviaba una carta al ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga, advirtiéndole de malestar en el Ejército y poniéndose a sus órdenes. Madrid no vio el golpe de Estado de lejos, y su representante más próximo en Canarias no lo vio de cerca. Pero el plan de los anarquistas no se torció, estaban muy acostumbrados a desconfiar de la burocracia y nunca estuvieron cómodos en el Frente Popular. Vázquez Moro, de Izquierda Republicana, tampoco veía con buenos ojos a los anarquistas, como la mayoría de las fuerzas de la izquierda gubernamental y de las izquierdas autonómicas, pero los toleraban porque eran la contramedida callejera contra los falangistas y porque eran valientes en el combate. Hoy parece bastante plausible que, sin la resistencia de milicianos anarquistas y comunistas, Franco podía haber alcanzado el poder por la vía del golpe de Estado, sin llegar a una guerra. En el otro fiel de la balanza, la buena gente que se cargaron frívolamente por rencillas, sospechas o por ser religiosos o creyentes.

El gobernador les desoyó, pero contaron los conspiradores con un buen soporte, mucho más modesto pero de gran utilidad, la propietaria del popular restaurante Odeón de la transitada Rambla Pulido, y regente de la cantina de la Comandancia Militar de Canarias (posteriormente Capitanía General), en la plaza Weyler de Santa Cruz de Tenerife. Maria Culí Palou, también libertaria y catalana, compañera de Tejera, estaba dispuesta a prestar un servicio de valor incalculable. La cantina tenía acceso a la nave del pabellón donde estaba la habitación de Franco, y por ese acceso penetraron en el edificio Vidal, Tejera y Serarols, la noche del 14 de julio de 1936. La fiesta de los republicanos franceses que cortaron literalmente por lo sano con la monarquía y la aristocracia.

De la cantina, a través de una trampilla, pasaron a una azotea, luego al pasillo que hay sobre el jardín, y de allí directos a la puerta de la cámara del general Franco. Pensaron que la puerta estaría abierta, o no cerrada con llave, y por tanto de fácil acceso con un simple golpe de espalda en funciones de ariete. La versión de que la puerta y la ventana deberían estar abiertas por el calor, y si se cerraron fue por la cobardía de Franco, no es verosímil, porque la temperatura de aquella noche alcanzó una mínima de 18 grados, con un viento sur-suroeste de fuerza dos que movía el mar en marejada, según el Servicio de Meteorología Español; el calentamiento del planeta, que en este tiempo ha ganado un mínimo de ocho grados, tampoco permite una traducción literal del termómetro tres cuartos de siglo después. Lo más probable, en consecuencia, es que aquella noche el comandante de Canarias tuviera que dormir bajo una frazada de franela. Pero, además, la puerta estaba más que cerrada, el general la clausuró con una tranca de portalón de castillo medieval. El día anterior habían asesinado en Madrid a José Calvo Sotelo, y además tuvo noticia de que planeaban matarlo a él. Por esa razón Franco extremó las medidas de seguridad. Y desde ese día se obsesionó con la autoprotección, fue un hipocondriaco de la enfermedad del asesinato.

Las fuentes hostiles que sostienen que aquel día hacía calor y a pesar de ello Franco durmió cerrado a cal y canto afirman siguiendo el mismo guión que, al escuchar los disparos, Franco se asustó, saltó de la cama y gritó «¡socorro, auxilio, pistoleros!», pero igualmente es poco verosímil que el general más joven del Ejército español, que mandaba a sus tropas desde el frente, de acreditada valentía y arrojo, que hizo lema del «valor frío» que aprendió en la Academia de Infantería, se escondiera debajo del colchón. Leyendas feministas por supuesto heterodoxas aseguran que los hombres bajos suplen los centímetros de menos con litros de más de testosterona, y de ahí la leyenda de los comandantes bajos con excedentes de valor y volumen escrotal... y de crueldad: Nerón, Napoleón, Hitler, Stalin... Y Franco, apodado «Franquito» por su corta talla; por un pelo no lo declaran inútil para el servicio. ¿Qué hubiera sido de la historia de España si hubieran declarado a Franco «inútil total» para el servicio militar?

Franco fue un oficial valiente cuando entró en combate, y estaba convencido de que le protegía el dedo de Dios, como aseguraba su biógrafo Galinsoga, porque sobrevivió a más que posibles accidentes de avión y de coche, además del riesgo de las balas enemigas en el frente, pero le entró el pánico después; seguramente, porque ya no era un soldado en acción, sino el jefe del Estado y generalísimo de los Ejércitos, caudillo de España por la gracia de Dios, y cuando finalmente accedió al cargo de cargos la paranoia fue supina.

Pero la noche del 14 de julio de 1936, dispuesto a su mayor hazaña de liberar España de la horda roja judeomasónica y separatista, no es lógico ni que se meara en el pijama, ni que el grito fuera el que difundieron sus agresores. Un comandante en jefe no dice «socorro» o «auxilio», pega un tiro al aire, da una orden a la guardia y usa terminología militar, no de civil aterrorizado en crisis aguda de angustia. Su ayuda de cámara y primo carnal, el teniente coronel Francisco Franco Salgado-Araújo, «Pacón», responsable de su seguridad, escribió que ni se inmutó y siguió durmiendo, versión que también abona su hagiógrafo Luis de Galinsoga. Lo más seguro es que ninguna de las dos versiones opuestas por el vértice fuera cierta: ni tembló como una hoja ni se durmió como un lirón.

La guardia redoblada estaba formada por un cabo y cuatro soldados, que dieron el alto y dispararon al descubrir a los tres asaltantes, persiguiéndolos por las calles de Santa Cruz. Y enseguida la guarnición se movilizó.

En un primer momento, todos lograron huir.

Antoni Vidal, el primer hombre que lo intentó

Nacido en Barcelona en 1898, Antoni Vidal Arabí se convirtió en el cabecilla del primer dispositivo que intentó atentar contra la vida de Francisco Franco. Tras el fracaso del operativo del 1 de julio, el barcelonés tuvo una huida relativamente sencilla en la que se escondió en el cementerio de San Rafael y San Roque, del que conocía hasta el último detalle. Días después cruzó las líneas para ponerse al lado del bando republicano y combatir. Así, terminaría llegando a su ciudad natal para convencer a las altas esferas de su buen hacer en un puesto de Inteligencia que terminaría desempeñando. Pero antes de ello se alistó en la 25ª División, en la Columna Sur Ebro, que libró importantes batallas en el frente de Aragón.

LA RAZON

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