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Aniversario Premio Nobel: Sangre, sudor y tinta

  • Escrito por Redacción

churchill

Winston S. Churchill (con la ese sibilante, para que no le confundieran con el novelista americano Winston Churchill) solía torcer el gesto cuando le preguntaban por su primera y única obra de ficción, 'Savrola', escrita con el ímpetu de sus primeras experiencias bélicas, donde narraba la rebelión contra un tirano en el país imaginario de Laurania... "Se trata posiblemente de una de la peores novelas del siglo XIX", llegó a decir. "He pedido a mis amigos que se nieguen obstinadamente a leerla. Tengo serias dudas sobre mi capacidad para escribir ficción".

'Savrola' fue el primer gran fiasco artístico del entonces militar y periodista, mascullando ya su salto con pértiga a la política. Pero como él mismo advertía, "el éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desperarse". De modo que el rey del quiasmo y del retruécano lo volvió a intentar por activa y por pasiva, con el escenario de dos guerras mundiales como telón de fondo, haciendo bueno el dicho que su aprendiz J. F. K. popularizó tiempo después: "Churchill movilizó la lengua inglesa y la llevó al campo de batalla".

Se le atragantó la novela, es cierto (su ambición frustrada era superar las 18 que llegó a escribir su ilustre predecesor, Benjamin Disraeli). Tampoco se atrevió con la poesía y menos aún con el teatro, pese a su pasión como espectador por todo lo que no fuera Bernard Shaw. Cuenta la leyenda que el autor irlandés le invitó personalmente una vez: "Le mando dos entradas para el estreno. Venga con un amigo (si es que tiene alguno)". A lo que el político conservador respondió con sorna: "Imposible asistir a la primera representación. Intentaré ir a la segunda (si es que tiene lugar)".

Toda la vida de Winston S. tuvo un trasfondo teatral: desde su nacimiento en el majestuoso palacio de Blenheim (descendiente del primer duque de Marlborough) a su muerte a los 90 años, hace hoy medio siglo, cuando todas las grúas en la ribera del Támesis se inclinaron a modo de saludo en el mayor funeral de Estado que recuerda Londres, con su admirada Isabel II rindiendo tributo «al liderazgo, la visión y el indómito coraje» de su ex primer ministro y premio Nobel de Literatura en 1953.

'Este no es el final, no es ni siquiera el principio del final. Puede ser, más bien, el final del principio'

El premio le sorprendió en el ecuador de su segundo mandato, cuando libraba su propia guerra contra la inmigración y llegaba incluso a proponer a su Gabinete el lema de "Mantener Gran Bretaña blanca". Pero la Academia decidió correr un velo sobre la política, y distinguir con audacia la otra faceta de Winston S. Churchill, que llegó a codearse en la lista de los 'bestsellers' con el Informe Kinsey sobre el comportamiento sexual humano.

La distinción le llegó oficialmente por "su maestría en la descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria a la hora de defender y exaltar los valores humanos". Casi todo el mérito se lo llevó en su momento 'La Segunda Guerra Mundial', su particular recuento en seis volúmenes, precedido por 'La Crisis Mundial' sobre la Gran Guerra y demás incursiones bélicas.

Pero en esto llega el profesor Jonathan Rose, autor de 'Churchill literario', y nos descubre un pequeño gran secreto... "La clave para el Premio Nobel pudo estar realmente en 'Mi vida temprana'", el libro de memorias que fue el primero que se tradujo al sueco y en sucesivas ediciones. En su personalísima presentación del premio, el autor Sigfrid Siwertz no mencionó 'La Segunda Guerra Mundial' y se refirió sin embargo al primer libro de memorias de Churchill, considerado como «uno de los libros de aventuras más entretenidos del mundo".

El propio Mark Twain, "con ese aire noble y nevado", había ejercido de cicerone de Churchill en el Waldorf Astoria de Nueva York, en su viaje iniciático de 1900. 'Las aventuras de Huckleberry Finn' tuvieron una lejana pero decisiva influencia cuando Churchill decidió mirar por primera vez hacia atrás, allá por 1930, al inicio de aquella larga década de barbecho, sobrellevada también con su insolente sentido del humor.

'Quien habla mal de mí a mis espaldas, mi culo contempla'

El Churchill político, devaluado tras su paso por el Ministerio de Hacienda, desnortado por su oscilación entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, se encierra en la mansión de Chartwell sabiendo que el tiempo juega como siempre a su favor. En 'Mi vida temprana' rememora sus batallas con el ejército de mil soldaditos de plomo que llegó a tener de niño, sus años de estudiante rebelde en el internado, el rigor militar en la Real Academia de Sandhurst, su bautizo como enviado especial en la guerra de Cuba y sus peripecias como periodista en la segunda guerra de los Boer, donde ejerció como enviado por 'The Morning Post' y acabó en un campo de prisioneros en Pretoria (lograría escapar y sería aclamado a la vuelta como un auténtico héroe).

El fragor de la batalla, según Jonathan Rose, enciende la mecha literaria de Churchill, que encuentra similitudes entre el arte de la guerra y el de la escritura, por no hablar de la albañilería, otra de sus pasiones más o menos confesables (también se dedicó muy seriamente a la pintura, con una larga colección de paisajes impresionistas).

"Escribir un libro no es como construir una casa o planear una batalla o pintar un cuadro", recalcó el propio Churchill en 'Mi vida temprana'. "La técnica es diferente, los materiales son diferentes, pero el principio es el mismo. Los cimientos tienen que ser firmes, luego se acumulan los datos, y las premisas deben llevar a la conclusión. Los ornamentos y los refinamientos vienen después", precisó.

'La política es casi tan emocionante como la guerra y no menos peligrosa. En la guerra nos pueden matar una vez; en política, muchas veces'

Churchill no encaja en los moldes del político al uso, sino que tiene una personalidad creativa-depresiva que le impulsa a escribir, a dictar y a verbalizar para mantener a raya al "perro negro". Al menos eso es lo que piensa Boris Johnson, otro periodista conservador convertido en político y escritor: "Nada hay como el alivio de poner 200 ladrillos o escribir 2.000 palabras al día".

El factor Churchill da título a la hagiografía que el alcalde de Londres le dedica al santo patrón de los 'tories'. Johnson, autor de un compendio de historia clásica ('El sueño de Roma') y de una novela olvidable ('72 vírgenes'), define a Churchill como un auténtico bulldog de la literatura inglesa y recuerda cómo fue capaz de "escribir más palabras que Shakespeare y Dickens juntos" (su libro favorito, por cierto, es 'Historia de los pueblos angloparlantes').

"Las palabras cuentan para él por el placer de juntarlas, de conseguir el ritmo que quiere, el efecto que está buscando", recalca Johnson. "Todo en su discurso gira en torno a la música, más que en torno a la lógica o a la sustancia. Cuenta más el hervor del discurso que la salchicha".

"No me importan tanto los principios como el impacto que pueden tener mis palabras", llega a reconocer el propio Churchill, alimentando a los críticos que le acusan de sacrificar la honestidad de sus discursos por el efectismo a toda costa. Uno se le imagina como un prestidigitador bajito y gruñón, sacando palabras de la chistera mientras pasaba de una estancia a otra en su casa de campo en Chartwell, seguido a todas horas por un ejército leal de taquígrafas que transcribían directamente su verbo torrencial a una Remington "silenciosa".

'A menudo me he tenido que comer mis palabras, y he descubierto que eran una dieta equilibrada'

Sobre la marcha, armado con su pluma, Churchill hacía en los márgenes las correcciones pertinentes, calibrando hasta la última coma. Mientras, en un despacho lleno de lámparas verdes, su ejército particular de jóvenes becarios de Oxford seguía sus instrucciones buceando en un bosque de legajos y libros (más de 60.000 llegó a reunir en su biblioteca).

Como bien recuerda Johnson, Chartwell albergó posiblemente "el primer procesador de textos" de la historia, mientras Alan Turing descifraba en Bletchley Park los códigos de la máquina Enigma e inventaba lo que hoy conocemos como computadora (gracias al apoyo personal que le prestó Churchill frente al ejército de críticos y envidiosos).

La visita de rigor a Chartwell no sólo sirve para descifrar el 'método Churchill', sino para ahondar también en su psicología y en su vida familiar (casado con Clementine, padre de cinco hijos). Sorprende ante todo el busto de Napoleón a modo de pisapapeles en el escritorio, más grande que el de su compatriota Nelson. Para Boris Johnson, se trata acaso de una prueba inconfesable: como Hitler o Stalin (con perdón), Churchill padecía el 'síndrome del hombre bajito' (1,67).

"Siendo un cobarde en muchas cosas, particularmente en la escuela, no tengo mayor ambición que ganar una reputación a nivel personal", le escribía Winston S. a su madre norteamericana, Jennie Jerome, mientras se fogueaba de joven de guerra en guerra. Conquistada ya la ambición, no dudó en alimentar su ego hasta las últimas consecuencias. Se veía a sí mismo como "el hombre más grande en el imperio más grande de la historia".

'Nunca tantos debieron tanto a tan pocos'

Lo veía venir. Churchill tuvo línea directa con el oráculo de Delfos y eso le permitía adelantarse a los acontecimientos. Sus aduladores insisten incluso en que su novela fallida, 'Savrola', es en realidad una profecía, y que el dictador de Laurania, Antonio Morala, no es más que un cruce premonitorio e incestuoso de Hitler con Mussolini.

Sus críticos desentierran alguna declaración benigna de Churchill, alabando el patriotismo y la capacidad para aplastar la disidencia de los tiranos. Pero lo cierto es que mientras duró su retirada de la política, Sir Winston no dudó en criticar la política de apaciguamiento de Chamberlain y en tirar de las orejas al lobo alemán.

"Si Hitler invadiera el infierno, yo haría por primera vez una referencia favorable al diablo en la Cámara de los Comunes", advirtió en su día. Y ya tarde, en mayo de 1940, tomó el timón del Gobierno con su famoso discurso, parafraseando a su gran aliado y amigo Franklin D. Roosevelt: "No tengo nada más que ofrecer: sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas".

Se le olvidó decir "tinta". Sus discursos, miniados al milímetro y amplificados por la radio, están considerados como el arma más efectiva de la resistencia. Churchill hace aquí la competencia a Orson Welles, que consiguió lo inimaginable con 'La Guerra de los Mundos'. Sus palabras, bajo los bombardeos de Londres, tuvieron un efecto hipnótico sobre la población subterránea, inasequible al desaliento: "Lucharemos en la playas, lucharemos en los embarcaderos, lucharemos en los campos y en las calles, pero nunca nos rendiremos (...) Lo que ha conseguido Hitler ha sido encender un fuego en el corazón de los británicos, aquí y en todas las partes del mundo. Y ese fuego brillará después de que todos los restos de esta conflagración sean borrados de Londres".

El día de la victoria aliada, Churchill fue aclamado en el Parlamento como Napoleón tras el 18 de brumario. Dos meses después, sin embargo, los británicos le convirtieron en jefe de la oposición, y él aceptó gustoso el juego de la democracia ("el peor sistema que existe, exceptuando todos los demás"). En un discurso pronunciado en 1946, adelantándose otra vez a los tiempos, popularizó el término del "telón de acero". Y se armó de paciencia para tramar su secuela, que volvió a dejar huella...

"La historia será amable con nosotros; pienso escribirla"

EL MUNDO

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