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Las guerras del siglo XXI se decidirán en Internet

  • Escrito por Redacción

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Al tiempo que la evolución tecnológica transforma las relaciones de los seres humanos, tanto en su entorno natural como social, las guerras del siglo XXI tendrán la red como campo de batalla y la pantallas y el teclado del ordenador como armas de destrucción.

Aunque sería prematuro pensar que la guerra como la conocemos desaparecerá de la historia humana, si parece claro que los enfrentamientos bélicos tienden a localizarse como pequeñas batallas dentro de conflictos de mayores dimensiones.

La destrucción de las infraestructuras e instalaciones estratégicas del enemigo siguen siendo objetivos prioritarios, pero su destrucción ya no pasa por medios convencionales y las bajas humanas ya no serán tanto resultado del ataque en sí como de sus consecuencias. Se trata de atacar los sistemas que controlan las plantas de energía, el suministro del agua, centros de comunicaciones, las infraestructuras financieras y las redes informáticas que en el mundo moderno constituyen la columna vertebral del orden social.

Este cambio de escenario bélico lleva aparejada una transformación en el modelo de las tropas que lucharán en los campos de batalla digitales. Los nuevos "soldados" estarán entrenados para introducirse de manera remota en los sistemas del enemigo y serán capaces de destruir o paralizar sus objetivos a distancia. Algunos teóricos rechazan la idea de que estos ataques informáticos sean una auténtica guerra, al considerar que la ausencia de bajas mortales directas y de destrucción de las infraestructuras hacen imposible su encaje en la definición de guerra como un acto de violencia para imponer la voluntad de un grupo sobre otro.

En el bando contrario están aquellos analistas que consideran las consecuencias de la ciberguerra como actos de violencia indiscriminada y con una importante capacidad letal y destructiva. Pero de vuelta al mundo real, y dejando atrás la teoría, la posibilidad de un conflicto cibernético parece cierta por las revelaciones del excontratista de la CIA, Edward Snowden, sobre el programa de vigilancia PRISM de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA).

Con el programa, que implicaba la monitorización sin consentimiento de millones de llamadas telefónicas y mensajes de correo electrónico y de redes sociales, la NSA buscaba en último término descubrir las debilidades y puntos flacos de las redes y de las comunicaciones para su aplicación en una hipotética guerra digital. Más revelador ha sido el ciberataque contra la central nuclear iraní de Natanz, perpetrado, presuntamente, por la NSA y por el Mosad, el servicio secreto israelí y que supuso un importante varapalo para el programa nuclear de la república islámica.

El ataque se realizó a través del virus Stuxnet, que fue introducido en los sistemas informáticos del complejo nuclear y que produjo un sobrecalentamiento de al menos la quinta parte de las cinco mil centrifugadoras de la central nuclear, retrasando de manera considerable el programa de enriquecimiento de uranio de Teherán. Una consecuencia inesperada de la escalada ciberbélica podría ser un cierto reequilibrio estratégico, ya que países pequeños y con menor capacidad militar podrían desarrollar sus propios programas de ciberguerra y desafiar, en términos informáticos, a las potencias militares.

Si todos estos episodios constituyen los primeros enfrentamientos de una futura guerra electrónica a gran escala o se quedan en una simple continuación de la política por medios menos convencionales, es algo que el devenir del nuevo siglo desvelará.

ONE MAGAZINE

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