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Noticias Cultura y Sociedad

Rarámuris, los indígenas mexicanos que se cuelgan de los árboles

  • Escrito por Redacción

RARAMURIS

"Cuando corres sobre la tierra y con la tierra puedes correr para siempre", reza un proverbio rarámuri (a los que los españoles bautizaron como tarahumara por una mala interpretación fonética), un pueblo nativo mexicano que habita entre las manchas del cielo y el fango de la Sierra de Chihuahua.

Los "pies ligeros", que es el significado de su nombre, son famosos por ser capaces de correr descalzos desde que sale la primera luz hasta que se desploma la noche callando hombres y bestias. Es en esa soledad oscura, pobre y vacía de los espesos pinares cuando a algunos les anida la tristeza y el miedo y deciden correr, ya sin prisas, hasta quién sabe dónde a arrojarse por un barranco o ahorcarse en los árboles. Esa es la última "carrera" de los rarámuri.

"Primero se colgó con los cordones de sus tenis un muchacho. Luego, a los dos años lo hizo uno de sus hermanos. Y luego, justo otros dos años después, se colgó el tercer hermano", narra a EL MUNDO, con una voz baja y dulce, Margarita González González, la gobernadora rarámuri de la comunidad Guachochi.

Como una epidemia que va desolando campos donde los humanos trafican drogas y almas, los indígenas tarahumara se quitan la vida por un mordisco de angustia generado por la pobreza, la inadaptación de los inmigrantes que regresaron sin nunca partir, la violencia traída por el chabochi (hombre blanco) y la certeza de que en ocasiones nada les espera que no sea un invierno cabrón que olvidó algún verano. "En ocasiones, cuando ven que la cosecha no dará frutos se matan por la desesperación de saber que no tendrán nada que comer", explica uno de los agentes de la policía estatal a los que llaman para desenredar carne y músculo de las ramas de los árboles.

La ola de suicidios de este pueblo nativo, olvidado como tantos en este México con prisas por llegar al presente, tuvo una primera voz de alarma a principios de 2012. Entonces, el Frente Organizado de Campesinos Indígenas denunció que "las mujeres indígenas cuando llevan cuatro o cinco días sin poder darle de comer a sus hijos se ponen tristes; y es tanta su tristeza que hasta el 10 de diciembre de 2011 cincuenta ahombres y mujeres, pensando que no tienen que darle a sus niños, se arrojaron al barranco".

Aquella noticia zarandeo algunos titulares y conciencias hasta que se olvidó, como tantas, sin que los años venideros cambiaran mucho la no natural condena de preferir quitarse la vida sin permitir que una desgracia, un descuido o una enfermedad lo haga antes.

"Vemos con frecuencia boletines que anuncian que ha habido suicidios en la Sierra", confirman en la Fiscalía Sur de Chihuahua. "Vamos todos los meses a las comunidades a atender algún caso de suicidio", explican los agentes estatales. "Generalmente, como pasa en los homicidios (hay una alta tasa de asesinatos también provocada por el alto consumo de alcohol), encontramos mucha frialdad. No lloran a sus muertos porque son muy fríos y tímidos", comenta María, una agente ministerial. "Sí que lo sufren, pero ellos el dolor lo llevan dentro", explica el doctor Barrero que lleva más de 30 años ejerciendo su oficio en la Sierra. "La pobreza lo puede todo", incide el médico.

En la comunidad de Rochéachi, junto a un delgado arroyo, una mujer de 30 años en el carné y 600 en el rostro lava algunos trapos. A su lado, su hija de algo más de dos años con algunos evidentes signos de miseria en su frágil esqueleto se limita a llorar sin fuerzas suficientes para que suene su llanto. "Mi marido se fue hace dos meses y no ha vuelto".

Varios rarámuris alrededor de uno de los suicidas. JAVIER BRANDOLI

-¿Dónde se fue?

-"No sé".

-¿Tienen comida?

-"Poca", responde ella.

Algo más atrás, asoma un rancho en el que dos ancianos, los padres de la joven-anciana del arroyo, aguardan en la puerta mientras ella pela algunas mazorcas de maíz. No se miran, no se hablan y no se tocan ni cuando se les pude posar para una foto.

Al fondo hay otra cabaña de barro con una cama grande que casi lo ocupa todo. Allí vive una peculiar familia de tres niños en la que dos de ellos son los padres.

Ella tiene 16 años, el 15 y el bebé de ambos algo más de 24 meses.

-¿Tú eres hija de la señora que está en el río?

-"Sí".

-¿Tu papá se ha marchado?

-"Mejor".

-¿Por qué?

-"Sólo pegaba palizas a mi madre", responde una niña que con 15 años parió por primera vez casi al mismo tiempo que parió por última vez su madre. "Son comunidades muy pobre y vulnerables", dicen los agentes estatales.

"Algunos chicos jóvenes se suicidan por celos y desamor. El año pasado en la comunidad se colgó una embarazada con su cinturón al saber que su marido estaba con otra", recuerda Margarita. "Son personas que prefieren morir a soportar el rechazo de su comunidad", explica el doctor Barrero.

Ese desarraigo, afectivo y social, de un pueblo seminómada, amante de la naturaleza y perdido en un alargado trozo de tiempo en el que les cueste ubicarse, es parte también de esta rutina que en ocasiones termina en suicidios. "Los migrantes que vuelven en muchas ocasiones no respetan la autoridad de las comunidades y son in adaptados", explico Alejandro Hernández, gobernador de la comunidad Papajichi.

Hernández se refiere a la huida que muchos jóvenes rarámuris emprenden a las urbes vecinas, en ocasiones hasta la capitalina Chihuahua, en busca de un porvenir. "Regresan muy cambiados. Algunos traen aretes en las orejas y dejan de vestir las ropas tradicionales", dice el Gobernador.

Parece que el regreso a los vientos gélidos de la montaña, donde los días nacen muertos, conlleva una depresión que recientemente ha provocado algún suicidio entre los retornados. No pueden formar parte del mundo urbano de los chabochis, donde en ocasiones se les explota y discrimina, tampoco tienen aliciente para seguir formando parte de sus tradicionales comunidades en las que nada emerge y con las que ya no se identifican.

"Estamos peor que hace unos años. Muchos se van y regresan muy mal", sostiene también la gobernadora de Guachochi. "La gente tiene que salir a buscar empleos a las ciudades y cuando vuelven traen otros conocimientos. Algunos consumen drogas", señala Cayetana Bustillos, locutora de Radio Xetar, "La Voz de la Sierra Tarahumara", una emisora que emite en español y rarámuri.

La droga es otra de las amenazas. La Sierra de Chihuahua forma parte del Triángulo Dorado en el que los grupos narcos se disputan rutas, almacenes y sembrados. "Yo no quiero que los chavos se metan en las drogas pero allí les pagan bien", resume el gobernador de Papajichi.

Pareja de ancianos rarámuris. JAVIER BRANDOLI

Aquí, sin embargo, la propia cultura rarámuri está ejerciendo de freno a la captación de sicarios por parte de los narcos. "Los tarahumaras tienen otra concepción del mundo, a ellos no les interesa el dinero ni trabajar. Si necesitan una cosa y la obtienen abandonan el trabajo para disfrutarla. Están una semana con los narcos y luego abandonan. Lo importante en su cosmovisión es bailar para mantener el equilibrio del mundo", explican en la Fiscalía Sur de Chihuahua.

Sin embargo, como siempre, ninguna verdad es absoluta y algunos jóvenes van entrando en ese mercado de los nuevos tiempos en los que la cosmovisión de la aldea global dicta que la felicidad se alcanza ahora con teléfonos móviles y neveras que enfrían. "Nosotros damos nuestros consejos y cuando alguien hace algo mal intentamos enseñarle, antes que castigarle, para que no vuelva a hacerlo", nos dice unos gobernadores que cuentan con una policía propia armada con arcos y no con armas de fuego.

Quizá, como dictan alguno de los muchos y ricos mitos de la cultura tarahumara, un pueblo también alegre y cargado de creencias religiosas y culturales de gran valor, "Dios hizo a las rarámuri y el diablo a los chabochis". Probablemente sea injusto cargar todo el peso de las culpas de los males indígenas a los hombres blancos, y probablemente el dominio de estos no les ha dado un espacio y tiempo lógico a los "pies ligeros" para que sigan corriendo por las montañas.

"Nosotros debemos respetarlos a ellos y ellos deben respetarnos a nosotros", resume el Gobernador de Papajichi que sabe que, como dicen en su pueblo, "haciendo yumari (danzas) alargamos nuestras vidas porque hacemos que Dios esté contento con nosotros". Los que no lo consiguen no tienen otra opción, entonces, que atar sus cuellos a las ramas de los árboles.

JAVIER BRANDOLI - Guachochi

EL MUNDO

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