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Noticias Cultura y Sociedad

El extraño inquilino de la calle Padre Berríos número 461

  • Escrito por Redacción

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Visita a la legendaria casa donde residió Juan Ramón Jiménez (y recibió noticia del Premio Nobel) de la mano del poeta Jorge Urrutia

La parcela tiene 16 metros de ancho y, seguramente, los mismos de fondo. Hay un porche en vez de jardín delantero y, en el lado derecho, una escalera camino de la planta alta, que en algún momento debió de ser segregada y se convirtió en una segunda vivienda. "El médico de Juan Ramón, no me acuerdo del nombre, vivía arriba. Y Juan Ramón se levantaba todas las mañanas a las cuatro y se sentaba en una tumbona en el paso de la escalera para asegurarse de que el doctor lo viera al salir".

El poeta Jorge Urrutia reconoce la casa que acabamos de visitar con una descripción así de sencilla: es, sin duda, la casa de la calle Padre Berríos, 461, Floral Park, Hato Rey, San Juan de Puerto Rico. El chalet en el que Juan Ramón Jiménez, eterno nómada, habitó los últimos años de su vida. Lo más parecido a un hogar para lo más parecido a un hombre adulto e independiente que pudo ser JRJ.

Yamel Loyer es la nueva inquilina de Padre Berríos, 461; apenas lleva unos meses en la casa y no ha acabado de instalarse en ella con su marido. No lleva hijos. Como en la fachada hay una placa que pone "Aquí vivió Juan Ramón", sabe que el lugar tiene su historia, pero no parece muy impresionada. Al principio, parece incómoda con la visita, pero después se relaja. Repasamos los muebles juntos. Como mínimo, hay un aparador, un baúl y una vitrina llena de piezas de cerámica que parecen veteranas de los años 50. "Son de la casera". ¿Y quién es la casera? "La señora María", y no hay más noticia de quién es ni de cuánto hace que es la propietaria. ¿Cuánto cobra por el alquiler? Yamel prefiere no contestar.

Fachada de la casa de JRJ en Puerto Rico. LUIS ALEMANY

Pero se puede indagar por ahí qué pasó con la casa cuando murió Juan Ramón. Según un blog de vecinos de Floral Park, María Ester Herrera -¿la señora María?-, una profesora de la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras, compró la vivienda porque no quería que cayera en manos de un desaprensivo. Conservó la casa durante años hasta que, ya anciana, se fue, sin dejar mucho rastro, y su empleada doméstica la heredó y la convirtió en una casa de huéspedes. "La universidad está aquí al lado, y en muchas casas ha pasado lo mismo, las viejitas se mueren y entonces alguien renta habitaciones a los estudiantes", explica un vecino cuarentón. ¿Le suena si hay alguien que lleve por aquí desde la época de Juan Ramón? "Hay dos señoras, por lo menos, pero yo creo que las dos están ya enfermas, en la cama".

No está mal Floral Park, una colonia de chalets ya un poco herrumbrosos al sur de San Juan: casitas de tejados, algún edificio racionalista, ficus y jacarandás en las aceras... Y mucho silencio, que es lo que debía de buscar Juan Ramón, el hombre que en Madrid llegó a forrar una vivienda en corcho para aislarse del ruido. ¿Qué le dio esta ciudad al poeta de Moguer? Autonomía y responsabilidad.

Jorge Urrutia explica que el día que Juan Ramón tomó el camino de América y se despidió de España, se encontró con una situación inédita en su historia: tenía que ganarse la vida. Y le sentó bien. Dio conferencias en Argentina, se trabajó algún puesto de representación en Washington DC, dio clase en Maryland y, por fin, se cruzó con el camino de Jaime Benítez, el hombre que lo trajo a Puerto Rico, el que recogió por él el Premio Nobel y el que se convirtió en su gran protector.

Benítez era el rector de la Universidad de Río Piedras, "la más importante de América Latina de aquella época", según Urrutia. Juan Manuel Bonet, historiador de las vanguardias, recuerda que también fue la persona clave para llevar a San Juan al pintor español Eugenio Fernández Granell y el impulsor de la revista La Torre, un tesoro de su época.

El baúl de Juan Ramón Jiménez. LUIS ALEMANY

Cuando llegó a Puerto Rico, Juan Ramón tenía el puesto de poeta residente, sin más responsabilidad que aparecer por allí en los actos académicos y leer algún verso. Pero Juan Ramón, envalentonado por una vez, se empeñó en dar clases sobre el modernismo y tener una vida activa en la universidad. Estaba tan abierto al mundo que "se quejó de que Puerto Rico era demasiado pequeña para tener amantes", explica Urrutia.

Su equilibrio seguía siendo frágil, pero progresaba adecuadamente. Hasta que Zenobia enfermó y se fue a Estados Unidos a curarse, Juan Ramón, incapaz para cualquier problema práctico, recayó en su depresión crónica.

Zenobia volvió, aparentemente sana, y la casa de Padre Berríos 461 volvió a ser un hogar casi feliz. Hay relatos sobre la vida doméstica en aquella casa: el despacho del poeta, a la derecha de la entrada, lleno de paquetes con libros que llegaban desde España. La cocina al fondo a la izquierda, donde trabajaba una cocinera puertorriqueña que preparaba platos españoles. Aún hoy, la casa de Juan Ramón tiene algo penumbroso y fresco.

Nos queda una pregunta por plantear: ¿Y Pedro Salinas? ¿Se pelearon aquí? No. Salinas y Juan Ramón nunca llegaron a coincidir en la isla. El poeta del 27 vivió en San Juan entre 1943 y 1947, aunque después quiso ser enterrado allí (murió en 1951), y Juan Ramón se instaló en Puerto Rico en 1950. ¿Por qué se habían peleado? "Ocurrió que los poetas del 27 llegaron a ese momento en el que tuvieron que matar a su padre, que era Juan Ramón", explica Urrutia. Y el padre, que tendía a susceptible, se dio por aludido. La Universidad de Río Piedra, la institución que los acogió a los dos, guarda la biblioteca de Juan Ramón, llena de páginas anotadas contra Salinas y sus amigos. Pero eso ya da un poco igual.

La nómina de muertos divinos

Juan Ramón Jimenez, Pedro Salinas, Francisco Ayala, Rubén Darío, Miguel de Cervantes, el Inca Garcilaso de la Vega y Luis Palés Matos: son los muertos divinos que protagonizan el Congreso del Idioma que se celebra esta semana en San Juan de Puerto Rico. Los dos primeros son celebrados porque estamos en la isla que alguna vez fue su casa. Los tres siguientes están en año de efemérides. Y Luis Palés Matos es el poeta puertorriqueño que merecería ser más conocido fuera de la isla. Para todos ha habido charlas, laudatios y mesas redondas. Y alguna sorpresa: el público puertorriqueño se quedó asombrado al descubrir a Álvaro Pombo, que dedicó su homenaje a Juan Ramón Jiménez en una de sus gamberradas geniales. Sergio Ramírez, más formal, es el jefe de los estudios sobre Rubén Darío. Un documental ha retratado la vida de Pedro Salinas y la viuda de Ayala, Carolyn Richmond, se ha dejado caer por San Juan para hablar del escritor granadino, que en estos días hubiera cumplido 110 años. También han presentado libros para que los homenajeados tengan quien los lea: Isla destinada, de JRJ (Fundación José Manuel Lara), una colección de textos de Rubén (Real Academia Española / Alfaguara), Historia de Macacos, de Ayala (Alfaguara) y una bonita colección de Homenaje a la poesía con tres libros de Palés Matos, Salinas y Juan Ramón. Hay más: la cuestión soberanista de Puerto Rico, la sensación de agravio hacia Estados Unidos, subrayada por la crisis financiera que vive la isla, anda revoloteando por el congreso desde el discurso de apertura del Rey Felipe, que fue interrumpido por un activista nacionalista. En un gesto de reflejos, la Real Academia Española ha anunciado que la palabra puertorriqueñidad iba a estrenarse en su diccionario. Ovación del respetable.

EL MUNDO

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