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Noticias Cultura y Sociedad

Al otro lado del charco: historia de dos ciudades

  • Escrito por Redacción

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Hace dos años crucé por primera vez el Atlántico. El destino fue Panamá, una moneda de dos caras con el rostro de Omar Torrijos en ambas, héroe nacional con sus luces y sus sombras

Hace dos años crucé por primera vez el charco. El destino de ese viaje a través del Océano Atlántico fue la capital un país al que arribaron los españoles hace seis siglos, y en los días que pasé allí pude comprobar que la historia de la ciudad de Panamá es la historia de dos ciudades. Una de rascacielos y lujo; otra de chabolas y policías armados hasta los dientes. Una de discotecas de 50 dólares, otra de pollo empanado a 3,40. Una de vestidos y trajes, otra de cristales tintados y pandillas. La capital de un país con un PIB per cápita de 11.150 dólares, el más alto de la región, y la ciudad en la que Naciones Unidas asegura que dos de cada diez panameños mueren de hambre.

Panamá es un país de esos que llaman emergente. Programado con luces altas, porque «quien no usa las largas no llega nunca» a su destino; realizado con las bajas, porque «quien no usa las bajas se tropieza con los obstáculos» del camino. Esa era la visión del padre de la patria panameña, un hombre de contrastes, como los del país que lo parió. «Dictador convicto, confeso y converso», dijo de sí mismo, pero al que los panameños ven como el héroe justo y honrado que los salvó del yugo norteamericano.

Omar Torrijos es realidad y leyenda. No se sabe cuándo empieza una y cuando acaba otra. En el corazón de Ciudad de Panamá, en el Corregimiento de Ancón, se levanta un edificio con la misión de «enaltecer y difundir la obra» del General, «perpetuar su figura e ideario». La Fundación Omar Torrijos Herrera, no gubernamental y sin ánimo de lucro, nació en 1985 y hasta allí me llevó mi viaje, con la misión de entender al «papá» de los panameños, como ellos mismos lo llaman.

En estas tierras que han visto pasar toneladas de oro y plata hay dos religiones: Omar Torrijos y el Canal, el puente entre los dos océanos que simboliza la victoria de David contra Goliat, del pequeño Panamá frente al gigante norteamericano, de recuperar lo que a uno le pertenece y que cedió «a perpetuidad», de hacer del hombre la causa y de convertirlo en mito.

Me sorprendió ver que la mayoría de panameños sienten a Torrijos como su héroe. Dos miembros de la Fuerza Pública de Panamá no dudaron cuando les pregunté por el General Omar. «Era un hombre honesto, honrado, que hizo mucho por los panameños». «Pero era un dictador...», indico. «Pero todo lo que hizo con el poder fue bueno y para el pueblo. El dictador era el otro, el que vino después». Ese «otro» del que hablaban con desdén es el general Manuel Antonio Noriega, último dictador militar del istmo. «Ese sí que quería el poder para sí mismo». «¿Y Omar?». «Quería el poder para el pueblo. Nos devolvió el Canal».

En la construcción del Canal de Panamá hubo muertos. Entre 1881 y 1889 murieron más de 22.000 obreros, que llegaban de todas partes del mundo. EE.UU. segregó una parte del territorio panameño, la llamada Zona del Canal, que Torrijos nombraría como «la quinta frontera». «Los panameños vivimos en carne propia la discriminación más inhumana», contaba el profesor Luis Navas, miembro de la Fundación. Norteamérica trajo consigo sus avances tecnológicos, pero también su racismo. Los obreros blancos vivían en el Gold Roll mientras que los panameños lo hacían en el Silver Roll. Aquella división en clases por cuestión de raza hoy lo es por dinero y se extiende a todo Panamá. Los niños se crían en chabolas sin higiene mientras a lo lejos pintan el paisaje enormes rascacielos. La consulta permanente a las comunidades y la descolonización norteamericana fueron las dos banderas de Torrijos. «No es 100 por 100 virtuoso; es un militar de carne y hueso», relataba el profesor Navas. Aunque en Panamá parece como si lo fuera. «Enfrentó guerrillas y hay cosas que deben explicarse», como desapariciones de estudiantes y sacerdotes, o el «cuadro de ajedrez» en el que puso a jugar a todas las fuerzas políticas internacionales y en el que grupos terroristas como las FARC fueron más reyes que peones, precisamente para evitar atentados en una obra de la ingeniería tremendamente vulnerable.

Omar logró la firma que devolvería a Panamá lo que era suyo. Los Tratados Torrijos-Carter, que pactó con el presidente norteamericano Jimmy Carter fueron fruto de la maestría del jugador de ajedrez, que supo hacer jaque mate a la mayor potencia mundial. Se rodeó de los mejores para suplir sus propias carencias. Pero siempre con claroscuros: la sombra de la «operación potable», que supone que el Senado norteamericano ratificó los tratados con la amenaza de un atentado terrorista que haría volar el canal si no EE.UU. no votaba liberarlo.

Con la llegada de Reagan a la Casablanca, «la muerte de Omar estaba sellada». «El colonialismo jamás perdona que se le enfrente», señala el profesor. Y no es el único panameño que así lo cree. Un taxista que considera que lo mejor de su país es «la playa de Veracruz» no duda en señalar que lo peor es «que nadie pidió cuentas sobre quién mató al señor Omar». Los dos militares también opinan: «Murió de una forma muy extraña, ¿sabe usted? Los norteamericanos no lo querían». Torrijos decía que no quería entrar en la historia, que quería entrar en el Canal. Ocurrió al revés.

El profesor Navas llegó al final de su conferencia, en el auditorio de la Fundación Omar Torrijos: «Panamá es el peor país en distribución de la riqueza. Unos son muy ricos, otros muy pobres». Por eso la historia de Panamá es la historia de dos ciudades. El país necesita diseñar un nuevo contrato social, diseñar un nuevo tablero de ajedrez. Decía el expresidente Valdés, uno de los primeros impulsores de que se devolviera a los panameños la soberanía sobre todo su territorio: «Ni millones, ni limosna, queremos justicia». Aunque Panamá ha recuperado su Canal, lo que ví aquel verano es que tiene mucho de las dos primeras, y algo menos de la última.

M. GARCÍA

RELATOS DE VERANO

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