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Heridos de bala, un RG por los aires... La dramática retirada española de Afganistán que nadie ha contado

  • Escrito por Redacción

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Se conocen ahora sucesos sorprendentes: convoyes a 2 km/h, rutas de 3 días para recorrer 157 kilómetros, vehículos alcanzados por disparos, un explosivo activado a distancia…

Prometía ser una de las misiones más difíciles a las que se habían enfrentado los militares españoles. Y efectivamente lo fue. Después de un año de silencio, algunos de los que participaron en dicha operación relatan un escenario hostil y plagado de amenazas, alejado de la imagen de absoluto control que difundió Defensa en su día.

Los que participaron en la misión han guardado silencio hasta ahora sobre lo vivido aquellos días por imperativo legal. Los soldados que participan en operaciones están obligados a guardar estricta reserva sobre lo que acontece en las misiones. Sin embargo, algunos ya se atreven a relatar el “infierno” en el que se convirtió aquella ruta.

Año 2013. Las tropas españolas se encontraban inmersas en el repliegue de Afganistán. Fueron “las más duras de mis años de servicio” explica ahora a El Confidencial Digital un militar que participó activamente en la fase de diseño y ejecución de la operación.

El plan contemplaba el traslado de materiales desde la base española de Qala e Naw, centro de las operaciones españolas en la zona, hasta el aeropuerto de Herat, donde los contenedores iban a ser embarcados rumbo a España.

La ruta, de unos 157 kilómetros, transcurría por zonas de caminos en mal estado –empeorado por las condiciones meteorológicas que encontraron en el camino- y marcó el “ritmo penoso” de los convoys. “Hasta 3 días llegamos a tardar en un solo viaje” explican otras voces.

En estas ocasiones se hizo necesario hacer noche a la intemperie. Se montaban pequeños campamentos con perímetros protegidos por las ametralladoras de los vehículos y los morteros Cardom, que “fueron fundamentales” en el repliegue, explican estas voces –vea en este vídeo de ECD cómo funcionan estos sistemas. Sin embargo, esas noches se hicieron “muy largas” por las continuas embestidas nocturnas de la insurgencia.

En los meses previos, explican, la inteligencia militar española –con la colaboración de Estados Unidos y otros aliados- evaluó al milímetro el estado de la amenaza regional y la operatividad de las fuerzas que los rebeldes tenía en la zona. ECD desveló la existencia de informes en los que se apuntaba una muy alta probabilidad de ataques frecuentes de tipo guerrilla. Fue lo que finalmente ocurrió.
Pequeños comandos, disparos y repliegues

Las acciones estaban protagonizadas por pequeños equipos de entre dos y cinco insurgentes, dotados con armas ligeras y granadas. Realizaban incursiones de pequeña envergadura contra los convoyes en retirada. Una vez atacado el objetivo, se replegaban rápidamente con motocicletas o vehículos ligeros.

El hostigamiento, explican las fuentes consultadas, fue “continuo”, permanente. Tanto que buena parte de los vehículos que se utilizaron en aquella marcha volvieron a España con multitud de impactos de bala en la carrocería disparadas por AK-47. Algunos de estos transportes “no se quieren enseñar en actos públicos porque parecen coladores” afirman militares consultados por ECD.

Los convoyes se movían a unos dos kilómetros por hora, sobre todo por el difícil trabajo de los vehículos Husky, cuya tarea consistía en ir en vanguardia detectando cambios de densidad en el terreno y señalizando posibles emplazamientos de artefactos explosivos improvisados (IEDs).
El peligro de los IEDs

Inteligencia había advertido claramente de que la insurgencia utilizaría los IEDs, una de sus armas más efectivas en relación al número de bajas que causaron en toda la misión. Por ello, el temor era máximo.

En las zonas donde los expertos militares identificaban la posible colocación de explosivos bajo el terreno, los Huskys procedían a deshinchar sus ruedas para disminuir la presión y facilitar la detección de tierra removida recientemente. Esa técnica, “extremadamente eficaz” a la hora de encontrar amenazas, también convertía a los convoyes en un “blanco muy fácil por su lentitud”, perfecto para la insurgencia.

“Los disparos desde ambos flancos eran continuos y sólo cesaban cuando los Tigre –helicópteros de ataque enviados para dar cobertura a la operación- hacían acto de presencia”. Cuando había disparos, explican testigos presenciales, “todos los vehículos quedaban detenidos para evaluar la amenaza y responder adecuadamente”.

En uno de los incidentes, un cabo resultó herido de bala en una pierna, aunque tras ser atendido por los equipos médicos su caso no revistió mayor gravedad.
Un RG-31 voló por los aires

Uno de los sucesos más graves que recuerdan quienes estuvieron involucrados en aquel repliegue tuvo como protagonista a uno de los vehículos RG-31 que formaba parte del convoy.

Durante una de las rutas, en una zona próxima al paso de Sabzak –un desfiladero estrecho que preocupaba especialmente a la inteligencia militar-, un blindado pisó una mina que no había sido detectada.

La deflagración del artefacto provocó que el vehículo se elevara en el aire algunos metros y volcase. La falta de experiencia de los insurgentes que instalaron la trampa evitó una tragedia mayor: habían colocado la espoleta al revés, por lo que la explosión se produjo hacia el interior del terreno y no hacia el exterior.

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