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Noticias Ejércitos

"Si no llegan los americanos, de Irak no salimos vivos"

  • Escrito por Redacción

irak

Un militar extremeño relata la pesadilla que vivió durante y después de la batalla de Najaf

Entre diciembre del año 2003 y abril de 2004, un millar de militares residentes en la región, miembros de la Brigada de Infantería Mecanizada (BRIMZ) Extremadura XI, con sede en Bótoa, estuvieron en Irak, entre las bases de Diwaniya y Najaf. Fueron para una misión de paz y se encontraron con un escenario de guerra. Uno de los que estuvieron allí es M. (identificación ficticia). Él vivió en primera persona la batalla de Najaf, el 4 de abril del año 2004, que dejó entre 35 y 50 víctimas, la mayoría miembros de las milicias de Muqtada al Sadr, y en la que el Ejército español rescató a 102 personas, la mayoría soldados de El Salvador y militares iraquíes. Aquel suceso, que el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura calificó en dos sentencias de junio y septiembre de este año como «un episodio concreto de guerra», le ha dejado unas secuelas que han acabado con su carrera militar y que aún hoy padece. El Ejército le concedió la baja, y tiene reconocido oficialmente que la causa fue el estrés postraumático derivado de su experiencia iraquí. Sin embargo, y a diferencia de otros compañeros en su misma situación, a él no se le ha reconocido el derecho a percibir una pensión extraordinaria. Lo que figura a continuación es el relato -en su mayor parte en primera persona- contenido en 72 minutos de conversación telefónica con M. En él se omiten algunos nombres de compañeros, de mandos y de unidades para preservar el anonimato.

"Prefería Kosovo, pero fui a Irak contento"

«Creo que volamos un 16 de diciembre. Era mi primera misión en el extranjero. Tenía 29 años. Fui a Irak voluntario. Llevaba tiempo queriendo ir a una misión, pero mi capitán me decía que me necesitaba en España. Hasta que un día me dijo que me había apuntado para ir a Irak. Yo había pedido Kosovo, pero no me importó que fuera Irak. Quería ir de misión porque llevaba ya muchos años metido en la base. Fui contento. Pero según aterricé en Kuwait, empecé a pensar que la misión no era como nos la habían pintado.

Antes de subir al autobús que nos iba a llevar de Kuwait a base España en Diwanija, nos dijeron que no descorriéramos las cortinillas y que nadie se asomara por la ventanilla. Nos comentaron que la cosa estaba tranquila, pero que bueno, que no era una misión muy allá. Ya entonces se nos metió el miedo en el cuerpo. Ese miedo de inicio ya te hace preguntarte qué haces allí. Más de una vez me dije: ‘¿Pero qué pinto yo aquí?’. Al principio, la relación con la población era distante pero buena. Hay que tener en cuenta que es gente que lleva casi toda su vida en guerra, veían muchas cosas de forma diferente a nosotros. Al poco empezó a haber pequeños atentados, pequeñas manifestaciones a las puertas de base España, pequeñas revueltas... Los compañeros comentábamos que aquello no tenía buena pinta. En las charlas previas a las guardias, veías a los mandos nerviosos, se notaba que no te contaban todo lo que había, que la cosa era más chunga de lo que parecía. Hasta que se desató todo.

"Se abrió la veda"

Todo empezó cuando los americanos cogieron a uno de los líderes del ejército de Muqtada al Sadr (el arrestado fue Al Yacoubi, uno de los lugartenientes del clérigo chiíta iraquí). Era alguien importante que vivía en Najaf (casi un millón de habitantes). Había un acuerdo, según el cual, a ellos se les permitía tener armamento y que hicieran su vigilancia. Nosotros no nos metíamos con ellos ni ellos con nosotros. Los rebeldes pidieron a los americanos que liberaran al detenido, pero estos se negaron, y llegó un momento en el que los líderes rebeldes decidieron que se habían acabado todos los acuerdos que tenían con los ejércitos que estábamos allí: españoles, belgas, holandeses, americanos, sudamericanos... Y se abrió la veda. Se encaraban con nosotros, iban con armamento por las calles... Hasta que un día decidieron que allí mandaban ellos, que militar que vieran, militar que iban a por él.

- Y llega el día 4 de abril...

- Me acuerdo de que era domingo. Cada diez o quince días mandaban a una compañía del Ejército español de Diwaniya a Najaf, a dar apoyo a los que estaban allí, que eran casi todos de El Salvador y algunos americanos. Siempre había españoles también, pero nos turnábamos.

- Y le mandan de Diwaniya a Najaf...

- No. Todavía no nos tocaba ir. Era domingo, habíamos hecho una paella, había muy buen ambiente ese día allí. Y de buenas a primeras, por los altavoces empiezan a decir que dejemos todo lo que estemos haciendo, que había sido atacada la base Al Ándalus (Najaf), que se había liado una buena allí, que corriendo nos pusiéramos el uniforme y que pasásemos por el polvorín a coger armamento y munición. Yo cogí un MG, aparte del HK que llevaba. Es otro tipo de armamento, más grande, para ponerlo en el BMR (un tipo de vehículo blindado). Y nos decían ‘Vámonos, vámonos, que esto ya no es una misión de paz, que aquellos se están quedando sin munición y hay que ir a ayudarlos’. Ahí ya la gente se empezó a acojonar. También vinieron con nosotros algunos americanos. Yo pensaba ‘Pero qué pasa aquí’. A algunos les cogió el aviso en pantalones cortos.

"La carretera era un espectáculo"

- ¿Qué distancia hay de Diwaniya a Najaf?

- Unos sesenta kilómetros.

- Una hora y media o dos horas en BMR, ¿no?

- No crea. El BMR anda bien. Puede coger sesenta o setenta kilómetros por hora. Tardaríamos hora y pico.

- Y fueron a la base...

- Ya por la carretera era un espectáculo. Era una revuelta en todo Irak, no solo en Najaf y Diwaniya. Por la radio ya nos iban advirtiendo de que tuviésemos cuidado, que no fuéramos en los BMR con la cabeza por fuera, como estábamos acostumbrados a patrullar. Nos explicaron lo que había pasado, lo de la detención que no había gustado a Muqtada al Sadr. Y nos dijeron que cuando fuésemos llegando a Najaf y nos fuéramos acercando a la base Al Ándalus, que tiráramos deprisa porque había francotiradores y estaban esperando a que llegásemos nosotros. Había gente en tejados, balcones, rotondas. Aquello, como España, está lleno de rotondas, y siempre se ponían allí para controlar. Pero esta vez se habían puesto a saco. Y eso que esta gente tenía prohibido tener armamento. Cualquier iraquí que registráramos, aunque fuese policía de paisano, tenía prohibido tener arma. Se cacheaba a la gente y se le retiraba el arma si la tenía. Y si era policía, se le retiraba igual y se le decía que al día siguiente fuese a base España, se identificase como policía y ya se vería si se le devolvía o no. Fuera de estas prohibiciones estaba el ejército rebelde, que como ya he comentado, podían tener armas. Y llegamos a base Al Ándalus y efectivamente, allí estaban. Se escuchaban los tiros. Nos dispararon desde RPG, o sea, lanzagranadas, y casi nos dan.

"Si no llegan los americanos, de allí no salimos ni uno"

Miembros de la BRIMZ Extremadura XI, en Irak, entre diciembre de 2013 y abril de 2014.

Miembros de la BRIMZ Extremadura XI, en Irak, entre diciembre de 2013 y abril de 2014.

- ¿Iba conduciendo?

- No. Conducía a veces, cuando me lo ordenaba el superior, pero ese día no. Iba apoyando a mi superior, disparando y haciendo lo que hubiera que hacer. Llegamos y aquello era alucinante. Gracias a los americanos. Si no llegan a estar le digo yo que de allí no salimos ni uno. Y ayudó también mucho la Caballería española, que llevaba VEC, que a diferencia de los BMR, son blindados que llevan un cañón. Creo que de unos 40 milímetros.

- ¿Les disparaban por todos lados?

- Claro. Con lanzagranadas, con fusilería incluso más dura que la nuestra. Porque nuestra arma es un HK de 5,56 milímetros, que está concebida para herir, no para dar bajas. A ver, si te impacta te mata, pero no está concebido para ello. No es como un 7,62, que es el que usaban los milicianos, es un Kalashnikov que te atraviesa el chaleco y te mata.

- ¿Les costó mucho entrar en la base?

- No. Lo que costó fue mantenerse allí, porque eran tiroteos por la noche, por la mañana, por el mediodía... El Ejército español solicitó apoyo al Ejército estadounidense. Dijeron que sin problemas, pero que estaban lejos de allí. Los americanos nos apoyaron con aviones, pero presencia física era más difícil porque tardaban. Aunque nos dijeron que ya habían salido y estaban de camino. Lo que hicimos fue aguantar. Teníamos todas las de perder. Estábamos rodeados. Nos disparaban desde tejados, con artillería de mortero, lanzagranadas, todo lo que tenían... Estabas a las tres de la mañana haciendo guardia en el BMR, incluidos los mandos, y abrían fuego. En la oscuridad de la noche veías venir el disparo. Nos agachábamos y lo oíamos pasar por encima de nuestras cabezas. No podíamos movernos. Estuvimos esperando hasta que llegaron los americanos. Mis compañeros y yo estuvimos casi dos días sin dormir. No se podía dormir. No había relevo. Nos estaban atacando y había que estar allí.

"La que se ha liado"

[Mientras la unidad a la que pertenece M. repele los ataques continuos de las milicias iraquíes, otros integrantes de la BRIMZ Extremadura XI salen de la base para ir a la cárcel de Najaf, a socorrer a los soldados salvadoreños y a los policías iraquíes que están acorralados en la prisión].

Nosotros -continúa el relato de M.-no fuimos porque ya llegaron los americanos. Bueno, aquello fue espectacular. No tengo palabras para esa gente. Se hicieron con toda la situación. Algunos, los que vivían en Florida, hablaban español y nos decían que habían venido porque pensaban que los rebeldes habían tomado la base y nos tenían como rehenes. Cuando vi aparecer a los americanos fue un alivio. Pensé ‘estamos salvados’. Esa gente es espectacular. Nosotros vamos preparados, somos militares, pero hay un protocolo. No podemos disparar sin que antes nos lo autoricen. Los americanos no. Los americanos tienen el gatillo fácil. Ven una historia y abren fuego rápido. Primero disparan y luego preguntan. Nosotros no. Necesitamos autorización. Veías a un tío apuntándote pero no podías dispararle sin permiso. Incluso para que aterricen los helicópteros, nosotros tenemos que pedir permiso antes. Ellos aterrizaban en mitad de la carretera y se bajaba su gente.

En la cárcel se armó una buena. Se liaron a tiros y esta compañía que le digo salió de la base a ayudarles. Gastaron munición por un tubo. Se alegraron cuando nos vieron llegar. Los compañeros empezaron a decirnos ‘Ya estáis aquí, madre mía, menos mal que habéis venido, la que se ha liado’. Contaban que estaban comprando en un mercadillo, uno típico de allí, en los que los iraquíes ponían sus puestecillos y vendían cachimbas y un montón de historias. El mercadillo lo ponían cerca de la base. Estaban los compañeros allí comprando y según nos contaron, les empezaron a disparar. Estaban allí sin vehículos. Tuvieron que salir corriendo a la base.

Si es que nos pasaron muchas cosas. Por ejemplo, ir a entrevistarnos con un líder local en una comisaría y que nos apagaran la luz y empezar a escuchar tiros fuera.

"Había gente llorando"

- En ese tiempo, esos casi dos días sin dormir, nada de hablar con la familia, claro...

- No hombre, no. Nada. En ese momento ni se te pasa por la cabeza hablar con la familia. Aquello era duro. Había gente llorando.

- ¿Esperó a volver a Badajoz para contárselo a la familia?

- Hasta que no llegué a Badajoz, nada. Cuando hablaba con mis padres, me decían ‘Oye qué pasa, que hemos oído en la radio tal cosa’. Ellos se pasaban el día pegados a las noticias. Siempre me comentaban algo así. Y yo siempre trataba de quitarle hierro. Les decía ‘Nada, nada, eso no tiene que ver con nosotros, por aquí todo muy bien, fenómeno’. Me acuerdo que coincidió que los atentados del 11-M nos cogieron a nosotros en Najaf. Comentamos mucho aquello que pasó en Madrid.

- Aparte de por no preocupar a la familia, es típico que haya pacto de silencio ante este tipo de episodios...

- Bueno... Hay de todo. Pero vamos, que nadie me dijo que no se lo contara a la familia. Nunca nos callaron la boca en este aspecto. No te supervisaban las llamadas ni había un tipo pendiente de lo que hablabas.

- ¿Les pidieron discreción a la hora de contar esto?

- A mí personalmente, no. Lo que sí le digo es que nos lo comimos todo nosotros. He visto a un coronel, que seguro que ya es general (y M. da el nombre de un coronel que llegó a general de división), esconderse debajo de una mesa mientras nosotros disparábamos. Nos quedamos todos alucinados, diciendo ‘Mira el coronel...’. Eso lo he visto yo con mis ojos.

[La batalla de Najaf supuso un punto de inflexión. La situación empeoró y las revueltas se extendieron a otras zonas del país. Esa tensión se tradujo en violencia, y afectó al día a día del contingente extremeño].

Tras lo de Najaf -sigue M., la situación estaba hecha polvo. Había ataques por todos sitios. También atacaron la base España. En la base nos dieron unos códigos, que era una numeración y por los altavoces nos avisaban: ‘A la hora tal, código tres, o código cinco...’. Y eso significaba que había que ponerse el chaleco antifragmentos, coger el armamento y demás. Y tenerlo allí donde fueras. Antes, no. Podías estar por la base sin todo eso. Pero en esos días, ibas al gimnasio o la cantina y tenías que ir con todo. Cogías el HK y le metías un cargador, por lo menos yo, vamos. Nos movíamos por la base con todo el armamento encima. Y por las noches, llegó un momento en que era rutina que nos atacaran. Era cada noche. Llevaban unos vehículos, unas pick-up, las que tienen la parte trasera descubierta, y ahí montaban los morteros, de 60 o de 80 centímetros, que son morteros que hacen daño. Se pueden montar en cualquier lado, no hace faltar estar en el suelo. Ponían cuatro o cinco pick-up, montaban los morteros y pum, pum, pum... Y se iban. No nos daba tiempo a nada.

"¿Cree que mató a alguien?" "Yo creo no, yo sé que he matado"

- Nosotros hemos matado gente... Es que eso no te lo imaginas... Yo he matado gente y es que eso no te lo crees. Aquello fue una escabechina. Tuvimos mucha suerte. Si estamos solos, no salimos ni uno.

- ¿Cree que mató a alguien?

- Yo creo no, yo sé que he matado.

- No a uno sino a varios...

- Se abrió la veda. Era o él o yo. Pero es que muchas veces no los veías. Ibas por las troneras, que son unas ventanitas muy chicas que llevan los BMR y que en un momento muy extremo puedes usar para sacar el cañón del armamento y disparar. Puedes ver un poquito mientras disparas, pero ahí es disparo y disparo y disparo sin apuntar. En Diwaniya lo hice. Llegó un momento en el que no podíamos ir con el cuerpo por fuera del BMR. Llevábamos los blindados cerrados, herméticos, íbamos mirando por las troneras, y ya eran situaciones de riesgo diarias. Sobre todo por la noche. La consigna era que detrás del BMR no podía haber ningún coche. Nos girábamos y le hacíamos señales al conductor para que se apartara. Y si no hacía caso, se disparaba. Era una tensión acumulada, después de lo que habíamos vivido en Najaf...

Había una ciudad en la que siempre había atascos, y nosotros con los BMR ya no respetábamos las carreteras. Si había un atasco, no perdíamos el tiempo, nos abríamos paso. No podíamos arriesgarnos a sufrir una emboscada. Siempre éramos muy respetuosos, pero si alguno no nos hacía caso, bastaba un pequeño golpe con el blindado. He visto situaciones en las que había que salir rápidamente de un sitio, y un BMR acababa chocando con algún coche. Me acuerdo en concreto del choque entre un BMR y un Mercedes. Llegó un momento en que aquello era el sálvese quien pueda.

"Me enfrento rápidamente con la gente, me irrito"

- ¿Qué pasa luego? ¿Qué secuelas le deja todo esto?

- Antes de que pasara todo esto, yo era una persona tranquila. Los síntomas empezaron nada más volver de Irak, pero no le di importancia. Soñaba, me ponía nervioso, pero pensaba que era normal por lo que había vivido. Con el tiempo, todo fue a peor. Me venían a la mente imágenes de aquellos días. Creo que siempre he sido tranquilo y coherente, no he sido nunca un flipado ni un zumbado ni un guerrillero. Me extrañaba ese cambio en mi carácter. Y llegó un punto en el que no estaba centrado. Me di de baja psicológica, a ver si levantaba cabeza. Y fue darme de baja psicológica y echarme. Quise entrar en la Guardia Civil pero ya no podía por edad. Pedí un destino nuevo en el Ejército, en una unidad diferente, y me lo habían concedido, estaba a la espera de incorporarme pero no pude, me echaron antes. Hasta entonces, todos los informes que me habían hecho en el Ejército, que se llaman IPEC, eran muy buenos.

Y a día de hoy, sigo con estos síntomas. Mi problema es crónico. Así me lo diagnosticaron. Tengo mi medicación. Estoy atendido por el psiquiatra. Ahí están los informes. Me enfrento rápidamente con la gente, me irrito. Antes, yo hablaba muy tranquilamente. Ahora, no paro de hablar. No dejo hablar a la gente. Soy muy nervioso. Voy con el coche y no voy normal, tranquilo. A la más mínima pito. Incluso me llego a saltar semáforos. Es que no puedo esperar. Si estoy el primero y tarda un poco en ponerse verde, intento saltármelo. Todo esto me ha creado un estrés y un estado de nervios que no se lo deseo a nadie. Y tengo sueños. No sabes por qué, te preguntas por qué te pasa todo esto. La sanidad pública me ha reconocido un porcentaje de minusvalía altísimo, que multiplica por diez al que me concedió el tribunal militar, que por sistema concede un porcentaje bajísimo a todo el mundo, para que se quede muy lejos de 25 por ciento con el que tienes derecho a una pensión. El reconocimiento que me hicieron en el hospital Gómez Ulla tiene de reconocimiento solo el nombre. Llegué allí, me dijeron ‘Usted es tal y tal’. ‘Sí’, dije. Y a casa. ‘¿Pero a esto me hacen ustedes venir a Madrid?’, pregunté. Y me dicen que no sabían por qué mi tema seguía abierto.

Me dieron una indemnización de más de diez mil euros, pero no la he cogido. No la quiero, porque voy a seguir peleando para que me den la pensión que otros compañeros ya tienen. Porque lo que más me indigna es sentir que me están tratando de forma diferente.

- ¿No ha trabajado desde que volvió de Irak?

- Sí, pero lo tuve que dejar. No estoy para trabajar. Mi vida está desmontada por completo. Lo mismo como a las seis de la tarde que a las once de la mañana; pueden ser las cinco de la madrugada y estar despierto (el primer correo electrónico que M. envió a HOY es de las 3.28 horas de la madrugada). De momento, no estoy para trabajar. Me tenían que haber dado la baja absoluta. Ya me lo dijo el psiquiatra. A mí nunca me salía el genio. Y ahora me sale cada poco. Me lo dice mi padre. Me dice ‘Hijo, cálmate’. Estamos hablando de cualquier tema y le digo ‘Déjalo ya, papá, deja el tema, déjalo porque estoy poniendo muy nervioso’. Es que soy así.

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