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IRENE

  • Escrito por Redacción

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Este es el primer relato del libro MEMORIAL Victimas del Terrorismo -Relatos y Vivencias-, editado por la Asociación Nacional de Mérito Duque de Ahumada, nosotros solo los tremos, con permiso de la Asociación y de los autores de los mismos, para que tú, lector, sepas de las vivencias y los relatos de los familiares de nuestros compañeros asesinados por ETA, para que conozcas la realidad de los que quedaron rotos por el dolor tras sus sus muertes, para que su memoria nunca se olvide, simplemente porque es nuestra obligación, es la obligación de toda la sociedad que el recuerdo de los que dieron su vida para que nosotros hoy, disfrutemos de libertad y del Estado de Derecho, perdure para siempre.

IRENE

Un día como hoy velé durante horas aquellos dos féretros,

sin llegar a asimilar que en uno de ellos estabas tú, o lo

que quedaba de ti… Lloré sin tregua día y noche, tratando

de borrar de mi mente el escorzo de un cuerpo

despedazado, que ni siquiera me dejaron ver y que aún hoy

me cuesta trabajo imaginar…

A María Ángeles, la madre de Irene


Gijón, 21 de agosto de 2000

Exsequiarum Translatum

1177  § 1. 1. Las exequias por un fiel difunto deben celebrarse generalmente en su propia iglesia parroquial.

Me pregunto si no será mi cadáver el que yace dentro del ataúd mientras yo permanezco como un espectro observándolo todo, viajando desde Gijón hasta Sallent.

Desde Sallent hasta Huesca. Desde Huesca hasta aquí… Hay mucha gente. Gente como yo y gente importante. Yo con mi carga y ellos con su cargo. Todos se acercan.

Me abrazan. Tratan de consolarme. Estoy cansada. Terriblemente cansada. Cansada de vivir, cansada de llorar, cansada… Incrédula. Desarbolada. Arrastro los pies y el alma, como una leona herida cuyo cachorro ha sido furtivamente devorado. Avanzo hacia el altar llevada medio en volandas por las manos de mis amigos… De tus amigos.

O sé adónde voy, ni por qué voy. Ni para qué voy… Apenas distingo la vigilia del sueño. Lo real de lo irreal. Oigo gritos. ¡Asesinos, asesinos! Me miran. Lloran y luego callan… ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué…? Pasos. Llanto. Llanto. Pasos. Un murmullo apagado que me desgarra lo envuelve todo en un pésame vacío. Sobre tu féretro reposa un estandarte tejido con revancha, teñido con sangre, lavado con la sal de millones de lágrimas. Salpicado con tres iniciales que matan. Las rosas izan sus espinas. Amenazan para proteger tu cuerpo. Ya ni siquiera es un cuerpo. Sudario de trozos. Se ha desgajado la flor en cien mil pétalos, deflagrados que se lleva el aire. Una bandera, un tricornio, una medalla… Lagrimas. Sangre: Incienso y cirios. Cuatro coches fúnebres, tres amontonando coronas…Se abren las puertas de la Iglesia, y entra tu Cuerpo. Presente. Te sigo, ausente. Aplausos. No sé… Nunca sabré porque aplauden a los muertos… A las cinco, a las cinco en punto de la tarde… Estrujo tu medalla contra mi pecho. Me parece sentir tus latidos. Sobre las baldosas caen gotas de sangre.

No era tu medalla, sino una rosa, y las espinas se han clavado en mis dedos.


Sallent de Gállego, 20 de agosto de 2008

Memorativus

Un nuevo día se pone en marcha. Me llamo a mi misma a altana. He aquí el ara del sacrificio. Regreso a este pueblo cada veinte de agosto. Es como una pequeña Meca de peregrinaje. Una misa. Un acto de contrición. Y yo, pecadora, confieso mi envidia hacia la madre de tu asesino. Ella podrá continuar viendo a su hijo. Aunque sea en la cárcel. Mis rejas de ménade furiosa son invisibles. Tras barrotes acerados como lanzas, he inaugurado calles, plazas y parques con tu nombre…

A veces leo la carta del Presidente, la del Ministro y tantas otras… “Lamentamos mucho… Sentimos enormemente”…Salieron incólumes de la impresora para emborronarse con mis lágrimas. Tu recuerdo me persigue como si se tratase de ni propia sombra. No puedo libarme de él por mucho que salte por encima. Tu cara siempre está en mi pensamiento. Siempre detrás de todo cuanto hago. A veces me parece que soy como el perro del pueblo, que da vueltas sobre sí mismo intentando morder su propia cola. Estoy hecha trizas. Ya no consigo pensar con lucidez. Hace ya años que las lágrimas nublan mis sentidos, que quiero huir de mi misma, que no me siento a gusto con nada ni con nadie. Supongo que será cuestión de tiempo aprender a aceptarme como soy ahora. Llevo ocho años intentando limar mi carácter para convivir más a gusto con él. Me queda la familia. Pero a veces incluso ellos me resultan ajenos.

Tengo muchos amigos queridos. Me han ayudado todo este tiempo. Pero otros me han defraudado. Me sentí herida y atormentada por ello. Y ahora comprendo que no es fácil conservar la amistad de los demás cuando soy enemiga de mí misma. No es fácil permanecer al lado de alguien que se siente vacía y triste, reflejando esos sentimientos, como un espejo. He abandonado un trabajo al que me sentía incapaz de volver. Mi padre apenas me reconoce cuando me mira. En realidad casi no me reconozco ni yo misma. Y no quiero pensar que un día me faltará también él. Eso si no me voy yo antes, que no sería la primera vez que se pone el carro delante de los bueyes, ¿verdad?

Al llegar la noche todos estos pensamientos se agolpan ante mí y martillean mi cabeza impidiéndome conciliar el sueño. Al amanecer, debilitados por una noche en vela, se instalan sobre mi estómago. Anudados. Formando una cadena de desaliento que estruja y encoge mi corazón. Luego no es difícil que se agarroten los músculos de la nuca y que los nervios afloren a la superficie de mi piel –como un vello de angustiosa impotencia- provocándome un vértigo que me obliga a guardar cama durante varios días. Sólo hay algunos momentos en que el recuerdo de tu compañía consigue aplacar este sentimiento de tristeza inefable y de soledad infinita. Pero al instante, aunque esté rodeada de gente, me siento sola de nuevo y sigo sufriendo. Y, aun pensando en todas las grandes tragedias que acongojan a esta Tierra nuestra, sigo pensando en mi propia tragedia, como si mis ojos fuesen un microscopio que aumentase hasta lo indecible mis pequeños microbios de miseria humana. A través de esa lente, los mejores momentos de tu vida se mezclan en esta cabeza mía con los peores detalles de tu muerte, Y vuelve, grabada a fuego en mi cerebro, la imagen de un zapato aparcado en el bordillo de la acera, reclamando un pie con cinco dedos mutilados y un empeine de huesos ensangrentados… Sólo alguna noche, perdida entre otras muchas noches, mis ojos se alzan hasta el cielo, y consiguen ver miles de estrellas que restan importancia al nudo de mi garganta.

Sólo alguna noche de esas me entran ganas de ponerme en pie y abrazarte, como si tú, en vez de un montón de cenizas, fueras parte de ese puñado de estrellas brillantes, esparcidas por el Cosmos. Y siento tu cara caliente junto a mi cara. A veces hasta me parece oírte subir las escaleras o cerrar la puerta de tu habitación. Pero luego recuerdo que tú ya no estás. Que todo ha sido un sueño. Y el mismo telescopio que me enseña las estrellas aumenta el profundo dolor de mi corazón hasta el tamaño del más oscuro de los agujeros negros que pueda existir en el Universo. Entonces veo tu nicho, y veo también las tres letras que descansan, más o menos en paz, sobre tu lápida. Fueron escritas mojando una bala en un tintero de sangre… Este año sólo te dejo dos rosas. Tu abuela se murió para no echarte tanto de menos…

¿Quién puede saber al oír la palabra “despedida”

que separación nos aguarda?

Ôsip Mandelstam


Gijón 24 de diciembre de 2013

Nativitas, Nativitates

- Ahora voy yo, por favor

- Dígame señora ¿qué le pongo?

- Quería un lechazo no muy grande

- ¿Éste le parece bien?

- No, mejor el que está a su derecha

- ¿Éste?

- Sí

- Cinco kilos setecientos ochenta gramos. ¿Necesita alguna otra cosa?

- No, gracias, hay que cuidar el colesterol.

Aquella mujer cogió el cambio y la bolsa y se puso a guardar cola en la pescadería de al lado. Tres kilos de dinamita, aproximadamente… Como un lechazo –sigo sin poder pensar en otra cosa-. La Navidad es una locura. A ti tampoco te gustaba, ¿recuerdas? No, es verdad que ya no recuerdas, ni olvidas, ni nada… Es esta cabeza mía… Realmente no sé muy bien qué estoy haciendo aquí, sola entre una multitud y acompañada en mi soledad. Supongo que mi padre no tiene la culpa, pero yo tengo tantas ganas de preparar la cena de Nochebuena como de tirarme rodando desde el Picu Urriellu. No soporto ver tu silla vacía. Antes era distinto, si estabas de servicio yo iba hasta Sallent y si estabas de permiso venías con nosotros a pasar estas dichosas fiestas. Ahora… Una explosión en la madrugada. Un último latido del alba. La tragedia rompió los cristales de mi futuro. Una llamada a las seis y diez dejó mis pies colgando de la amanecida y el suelo sembrado de metralla. La muerte nunca espera y aquel día llamó a mi puerta, sin cita previa. ¡Maldita sea la hora en que aquella bomba estalló en nuestras vidas! A ti te convirtió en un cadáver despedazado y a mí me incrustó para siempre en este caparazón que apenas tiene el grosor  de una cáscara de huevo.

- Párteme las chuletillas, anda.

- El pavo lo quiere para rellenar, ¿no?

- Sí, prepáramelo un poco, ponme los menudillos aparte.

Hay gente que nunca tiene problemas. Hay otros que, teniéndolos, se niegan a verlos. Y hay quien los tiene y los afronta cara a cara hasta subyugarlos por completo.

Siempre he admirado a estos últimos, pero ya no aspiro a imitarlos, tratando de vencer todas las dificultades que se presenten a mi paso. Estoy cansada de luchar. Irene… Me falta el ánimo y desfallezco solo ante el hecho de tener que arremeter un nuevo conflicto.

“¿Para qué?” Resuelto este, otro nuevo vendrá a sucederlo y así hasta el fin de mis días.

“¡Virgen Santa! ¡Cuantísima gente hay aquí hoy!”

Detesto los grandes centros comerciales, y más en un día como hoy. Para mí esto seguirá siendo Pryca aunque ahora lo llamen Carrefour. Un pequeño continente en el que soy un islote perdido… Aquí dentro ni siquiera se sabe si es de día o de noche.

Solo hay gente que deambula de un lado a otro. Todos cargados con bolsas, acopiando, como si se fuese a acabar el mundo. Antes me gustaba ir de compras. En esa tienda de ahí te compre los regalos de Reyes aquel año. Todo ha cambiado tanto… Antes veía nacer las soluciones a la par que aparecían los problemas y por eso no temía cuando se presentaban. Al contrario, eran mi supremo aliciente, la llama que mantenía alerta mi pensamiento. Ya no es así. Noto que cada vez caigo más a menudo y que cada vez es mayor el esfuerzo que debo hacer para erguirme. Últimamente,, incluso me planteo la inutilidad de levantarme para caer de nuevo… Ahora pienso que mi fuerza eras tú, y tú te has ido para siempre. A veces me abrazo a tu medalla, y el acero parece querer fundirse junto a mi corazón. Luego envuelvo la medalla en la bandera y las agito pensando que aún palpita en ella tu aliento. Después me echo a llorar otra vez y me pregunto para qué quiero yo una medalla, para qué quiero yo una bandera… Sólo quiero que me abraces, con el tricornio ciñendo tu cabeza y sentir tu corazón latiendo junto a mi pecho.

- El setenta y seis

- Yo, aquí. – dice un señor abriéndose paso.- Póngame un redondo de ternera no muy grande. Ye sólo para dos

Lo mío también ye solo pa dos. Cada vez quedamos menos. Afortunadamente he comprado el pescado congelado la semana pasada y ya tengo preparada la sopa, si no todavía que aguantar más colas esta mañana, y no me apetece. Solo tengo ganas de llegar a casa. De tumbarme en la cama. De llorar… Simplemente de llorar. Mis ojos aún no están secos.

- El setenta y siete

Una mujer levanta la mano. Aquí. Ahora voy yo. Aquel veinte de agosto también había muchas manos alzadas… Pero las tuyas, no. Las tuyas alumbraron mis entrañas con cinco dedos cercenados. Y también hubo una carnicería… la gente salió a la calle y caminó sobre el asfalto encharcado de lágrimas. La gente salió a la calle tantas veces antes de ese día… Y después de ese día. Y aquel día nació mi dolor. Crecieron la ira la rabia y el deseo de venganza. Dicen que la venganza hace a uno más feliz por unos momentos, pero que el perdón lo hace a uno libre para siempre. Yo no he conseguido perdonar y lo mejor que le deseo a tu asesino es que tenga tu mismo final. La herida sigue abierta, esta pena no cicatriza nunca.

¡Madre mía! ¡Esto no avanza un pimientu, tía! ¡No sé si saldremos d’aquí pa la hora de cenar! Ponme esi trozu de chamón

El carnicero envuelve la carne con unos dobleces precisos en el papel parafinado y se lo entrega a esa mujer vestida con una chaqueta raída, si medias y con sandalias, a pesar del frío que hace en la calle. Sólo ella sabe la tragedia que acometen esos pies medio desnudos. Puede que en su corazón haya almacenado más dolor que odio en el mío. En realidad, ¿por qué me preocupa tanto mi propia vida si no hay justicia en ningún rincón de esta Tierra inhóspita? El tiempo pasa y tu reloj, sobreviviéndote, sigue marcando las horas en mi muñeca.

- Yo nun voy esperar tanto. Dejé a los guajes solos en casa… cuando vuelva no sé lo qu’encontraré… ¡Son tan trastos, tía!

- ¡Claro! ¡Siempre tan de vacaciones! Cuando no ye por uno ye por otro, lo de ser maestro ye un chollu cojonudo ¡Quién pudiera!

Lo de los otros siempre nos parece mejor. Aunque no sea cierto más que en nuestra visión nublada por la codicia de lo ajeno. Somos así. Eso tampoco tiene remedio, como mi tristeza. El día de tu funeral todos arrastraban la mirada para no cruzarse con los ojos de esta madre aturdida, abrazada a tu tricornio, con una rosa medio marchita en el regazo. Me preguntaba qué  ha pasado, por qué ha pasado, para qué ha pasado… Y aún hoy no he hallado ninguna respuesta que me satisfaga. Ahora conozco a tu asesino. Tiene una cara y un nombre. Ya ha sido juzgado y sentenciado, pero, créeme, su condena es menor que la mía ¿Cómo será su madre? ¡Dios mío! ¿Qué sentiría si hubiera engendrado un hijo asi…?

- El ochenta ¿Quién va ahora, por favor? ¿El ochenta y uno?

- ¿Ya no te queda solomillo, ho?

- Si no lo tenía encargado, no. Ya sólo hay lo que se ve dentro de la vitrina.

- Yo que ya vine temprano pa ver si lo pillaba… Bueno, anda guapín. Pues cóbrame esto. Que ya miraré si lo encuentro en otru sitiu. Dentro de la cartera lleva una foto. Imagino que se trata de su hija. Yo te llevo a ti dentro de la mía. El treinta de agosto de aquel año llevé a revelar el rollo que había quedado en la cámara. Recuerdos póstumos. Fueron tus últimas vacaciones en  Quirós y mi primer contacto con una realidad espeluznante. He mirado esas fotos cientos de veces.

Sigo mirándolas… Toco el papel en donde presiento tu alma congelada. La técnica no debería avanzar más deprisa que nuestra capacidad para asimilar tu muerte. Dicen que la casa parece un museo dedicado a ti. En mi mente siento tu cara como el reportaje marchito de un rostro fugitivo para siempre. Necesito pensar en ti como eras: viva, con tu cara y tu sonrisa afable que ya no tienes más que en mi memoria. Hay retratos tuyos en cada estancia y me contemplas desde ellos con tus ojos profundos, abismales, como nos miran todos los muertos desde las fotos de sus nichos. Uno está colocado en el mueble de la entrada que me regalaste por mi cumpleaños… Un hombre llamó al timbre y me dijo que traía un encargo. “Yo no he pedido nada”, le respondí. “¿Vive ahí Irene Fernández?” Y la garganta se me bloqueó de nuevo. “No…” titubeé. “Ya no vive aquí. En realidad ya sólo vive en mi memoria”. Aquel hombre me explicó que tú habías dejado hecho el encargo y le habías pedido que me lo entregase el veintisiete de agosto. -Es mi cumpleaños…- apenas pude susurrarle lo sucedido.

- Lo siento. Lo siento muchísimo. Lo escuché por las noticias, pero no lo relacioné con ella…- Era lo único que atinaba a decirme. Nadie puede imaginar siquiera por un segundo lo que pensé en aquel momento.

¿Qué extraño servicio postal se ofrece a traer encargos desde el más allá? Quise creer que estabas escondida y que aparecerías en cualquier momento. Pensé que siete días antes no había sucedido nada, que todo había sido una pesadilla. Pero era real, como la metralla que atarazó tu cuerpo y bordó mi agonía. El mueble está desde entonces, a la izquierda de la entrada. Sobre él, un portarretratos, y tú asomada a su marco, como si este fuese una ventana al infinito.

- El ochenta y tres.

No sé por qué pasó. Y no sé por qué tuvo que pasarnos a nosotras. Ahora tengo una vida desmedulada de presente. Sólo soy un pasado que me recuerda quién fui y un futuro reducido al instante mínimo que se escurre de puntillas entre dos latidos. Tu muerte forma parte de mi vida, o quizá sea mi vida la que repta hacia tu muerte, amarrada por un ombligo de nostalgia. Tengo que acostumbrarme poco a poco a tu ausencia. Igual que un tronco,  vi talada sin piedad mi mejor rama. Mi única rama que se ha convertido en una cruz. Padre, te lo ruego, aparta de mí este Cáliz. Pero ese Dos tan bueno y tan misericordioso seguramente pensó que ni el dolor, ni la ira podían serme ajenos y me susurró que debía habituarme a vivir con ellos. Casi lo he hecho, las llagas me apostillan en esta última década, con el propósito de asentarse eternamente en mi mortal existencia. Al fin y al cabo el propio Dios dejó que crucificasen a su Hijo… Jamás te pediré que los perdones. Ni perdono ni olvido. El olvido es el drenaje de la memoria.

Mis recuerdos están pudriéndome el alma…

Y ahora vuelven, implacables, estas malditas Fiestas, otra vez es Navidad. La Tierra gira una vez más alrededor del Sol y la Luna lo hace en torno a la Tierra, y continúa amaneciendo y anocheciendo… Aunque yo viva en una noche perpetua dentro de mi propio infierno. ¿Por qué, por qué? Y mil veces aún lo preguntaría… Rezo para despertar y salir de las garras de esta mano negra que mece todo mi ser y adormece con su indolencia la más inocente de mis esperanzas. Todos dicen que luche por ti, que tu no querrías que yo sufriese, que si me estuvieses viendo… Si me estuvieses viendo, estaría viva… les contesto yo.

- ¡Hola Ángeles! ¡Qué barbaridad! ¡Cuánta gente! ¡Parece que lo regalan! ¡Pero si hay cuatro despachando y no dan abasto!

- Desde luego, ni que no hubiese más días en el año –le contesto a mi vecina.

- Pues yo todavía tengo que entrar en el hipermercado a comprar el marisco, que al final vienen también dos nietos que no contaba con ellos. ¿Vais a pasar la noche aquí?

- Si… A dónde vamos a ir… Con mi padre asé…

- Bueno, te dejo, que llevo prisa. Que paséis buena noche. Dales muchos recuerdos  a todos. ¡Virgen cuánta gente!- Y se aleja estampándome dos besos en la mejilla, entre una batahola de niños que pasaban pidiendo el aguinaldo. Niños… parece que te estoy viendo alejándote con el vaivén de tus trenzas para ir al colegio. Sólo tenías cinco añitos y yo te daba un beso en la frente y las llaves. “No las pierdas”, te decía; y tú las guardabas en tu bolsillo; “No te preocupes, mamá”. Sólo cinco añitos, seis, siete como mucho… Y ya volvías sola a casa para encontrarte con un piso vacío. Yo estaba trabajando y tú eras tan responsable… ¡Ojala hubiera pasado tiempo contigo! ¡Ese momento, en que te dabas media vuelta y me sonreías por encima de la mochila para luego salir corriendo, vuelve tantas veces a mi corazón! No fue una enfermedad, ni un accidente… No se marchitó la flor, no tuvo tiempo.

- El ochenta y ocho. ¿Nadie? ¿El ochenta y nueve…? El noventa entonces

Poco a poco el llanto aflora y un impulso de ira bloquea mi razón. No reacciono.

Escucho mi turno como un eco lejano y permanezco impasible asumiendo la tragedia de mis trece años… ¿de qué? ¿Qué soy realmente ahora? Cuando a un hijo se e muere un padre se le llama huérfano, cuando a un esposo se le muere el otro se le llama viudo, pero ¿Cómo se le llama a una madre que pierde a una hija? ¡Es tan grande el dolor, que ni siquiera tiene un nombre!... Si pusiera en fila todas las pastillas que llevo tomadas desde que te fuiste, podría trazar la línea continua hasta Sallent… Y todos estos corderos muertos que parecen querer decirme algo. Toda esta carne desparramada, todas estas vísceras sangrantes, estos huesos serrados… ¡Dios mío! Mire adonde mire tengo que verte en todas partes… Por un momento la vitrina toma vida y aparece ante mí un puzle siniestro que empieza a recomponerse. Sesos, pulmones, intestinos… Se unen las dos mitades del cordero y éste empieza a moverse torpemente. Salta y da vueltas a mi alrededor. Muerde mi chaqueta. Deshace el tejido enrollando la lana sobre su cuerpo…

- Yo tengo el 95 y usted, ¿qué número tiene? –me increpó una voz sacándome del precipicio de mis alucinaciones.

- Yo tenía el 90, pero se me pasó. Estaba ensimismada… -le respondí a aquella mujer, mientras miraba fijamente aquel estúpido contador, que parecía mofarse de mi despiste indicando el 94.

- Yo tengo el 96, si quiere le cedo el turno –se dirigió a mí una chica sonriente, con el pelo oscuro y rizado, igual que el tuyo Irene. Aquel gesto de misericordia me conmovió.

- No, gracias –le dije mientras recogía mecánicamente otro papelito del expendedor- No tengo prisa. Ya nadie me espera…

Y sonreí mirando aquel 111, igual que si tuviera una bola recién extraída del bombo con el primer premio de la lotería. El 111, tu terminación favorita, siempre la llamabas el número de Atila, Rey de los Hunos… ¿Recuerdas?

MAR BRAÑA GANCEDO

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