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'Dentro discutía con Dios: 'Haz por lo menos que me maten''

  • Escrito por Redacción

ortega-lara

La entrevista definitiva al hombre que ETA mantuvo secuestrado 532 días, ahora candidato de Vox alas elecciones europeas. Ortega Lara relata por primera vez sus dos «ensayos» de suicidio, sus discusiones con Dios y los mensajes que ocultaba en su nariz para dejar pistas en su cadáver.

Para ballena la que se le tragó a usted...
Sí, el agua estaba cerca. Yo estaba protegido por una lona de plástico. En invierno aquello se inundaba y la lona se levantaba del suelo. Entonces utilizaban una bomba para desaguar.
Eso mismo hace la ballena. Expulsa el agua y se queda con los peces.
Estaba a oscuras la mayor parte del día. Y en medio de una humedad insoportable. Las paredes de madera siempre rezumaban humedad.
En el vientre de la ballena, húmedo y oscuro.
Si hubiera sido una ballena, habría sido más generosa en determinados aspectos. Lo digo por Jonás...
¿A qué se refiere?
A Jonás lo devolvió la ballena a la playa. A mí me tuvo que ir a sacar la Guardia Civil.
¿Se sintió como Jonás?
En el sentido de ser un desgraciado, sí. Pero nunca tuve la esperanza de que ellos fueran a escupirme al exterior.
Jonás fue luego a predicar a Nínive denunciando los abusos y la corrupción. Lo mismo que hace usted ahora en la campaña electoral...
A veces en Vox tenemos la sensación de predicar en el desierto. Llevo 16.000 kilómetros en poco más de un mes. Como los titiriteros de antaño, de feria en feria. Y conduciendo siempre yo... Mi mujer me dice que estoy adelgazando.
¿Le pagarán al menos la gasolina?
¡Qué va! En Vox cada uno se paga lo suyo. Y los actos los pagamos a escote. Un desayuno con periodistas, los anuncios en los periódicos... En Burgos somos 41 militantes. A mí la política ya me habrá costado dos mil y pico euros.
¿Y a su mujer le parece bien?
Me dice que soy un iluso, que estas cosas debería hacerlas otro. «Tú ya has hecho bastante». Pero yo sigo adelante.

(Me lo dijeron al llegar a Valladolid: «En el mismo hotel y a la misma hora en que presentas el libro hay un acto de Vox en el que interviene Ortega Lara». Lo primero que hice fue buscarle y darle un abrazo: «Quiero darte las gracias por haber aguantado todo aquello...». Me estrechó cordial con su rebeca entre naranja y colorada y su camisa verde de raya fina y botones en el cuello, iluminándole el rostro. Luego hizo cola para que le dedicara el libro: «Para José Antonio Ortega Lara a quien tanto quiero y admiro...». El pulso me temblaba al entregarle el tomo: la suya sí que fue -¡532 días allí dentro!- una tremenda «desventura de la libertad»... Entonces dijo que quería charlar conmigo con una grabadora delante. Y aquí estamos Ángeles Escrivá -la periodista que más ha investigado la barbarie etarra y mejor ha entendido a sus víctimas-, el gran retratista José Aymá y yo en el piso de abajo del bar Manrique de Burgos, propiedad de uno de sus mejores amigos. La conversación continuará días después en un restaurante de Madrid).

El próximo 17 de enero se cumplirán 18 años de aquel día...
El día de San Antón. A veces me siento como una mascota porque es el día en que se bendice a los animales... Me acuerdo perfectamente. Me abordaron dos personas. Una me puso una pistola en la cabeza. Me dijo: «Necesitamos tu coche, huimos de la Policía...». Yo le di un empujón: «¡Déjame en paz!». Me volvió a apuntar. Le di otro empujón. Volvieron otra vez. A la tercera ya no reaccioné. Pero quisieron ponerme un sedante y no me dejé. Grité. «Bueno, no importa», dijeron. Entonces me ataron las manos a la espalda, me amordazaron, me taparon los ojos y me metieron en el maletero de mi coche. Ahí empezó la pesadilla.
Cuando le quitaron la venda...
Ya estaba dentro del zulo, de la ballena, de lo que sea...
¿Cuál fue su primera sensación?
De incredulidad. En aquella especie de sarcófago que había en el camión que me trasladó ya fui consciente de que era ETA. Pero luego, allí abajo, entré en una especie de shock, me costó semanas aceptar que quien estaba allí era yo.
¿Cómo lo superó?
Me aferré a tres cosas: a mi familia, hablando todos los días en voz alta con mi mujer, a la oración y al sentido del método que me enseñaron los salesianos. Todos los días igual: te levantas, te aseas, haces los estiramientos, lees, rezas, limpias el habitáculo... Aunque tuviera el alma dolorida y el cuerpo destrozado nunca abandoné ese método.
¿En 532 días no le dejaron salir ni un minuto de aquel agujero?
Nunca. Cuando yo les decía: «¡Joer, ya podríais...!», ellos respondían: «Si tuviéramos un patio pues a lo mejor... pero aquí no puede ser». No era cuestión de insistir porque ya sabía la respuesta.
Usted contó que les pidió libros de la generación del 98 y le preguntaron que qué era eso.
Sí, es verdad. Culturalmente no tenían gran nivel. Les habían metido dos o tres ideas en la cabeza y no salían de ahí: «Vosotros habéis invadido Euskal Herria, el Estado es el represor...». Intentar razonar con ellos era como hablar con las paredes.
¿No intentó usted que entendieran que secuestrar y matar no es moralmente aceptable?
A ellos les habían inculcado un proceso de cosificación. «Tú no estás aquí porque te llames José Antonio sino porque eres miembro de los cuerpos represores».
¿Cosificación? ¿Quién era la cosa?
Yo, yo, yo... Para ellos, yo era la cosa.
Un mes, dos meses, tres meses... un año ahí. Supongo que notaría cómo se debilitaba.
No tenía espejo, no me veía nunca... Pero el deterioro físico era evidente. Mi referencia era José María Aldaya...
¿Por la duración de su secuestro?
Él estuvo 342 días. Yo me puse como propósito soportar lo mismo. Si él había aguantado teniendo más edad... pues yo también podía, ¿no? Los 342 días se cumplieron en la Nochebuena de 1996. Fue un día horrible. Luego vino un impasse y el 17 de enero de 1997 me dijeron que habían detenido a Urrusolo Sistiaga, precisamente el día que se cumplía un año de mi secuestro. Fue cuando supe que mi situación no tendría una solución política y debía prepararme para morir ahí.
Usted ha comentado que se le pasó por la cabeza suicidarse, ¿pero hasta qué punto llegó a madurar la idea?
Lo programé, lo preparé y lo ensayé.
¿Cómo que lo «ensayó»?
Sí, dos veces. La primera cortándome estas venas de la mano, aquí en la parte posterior de la muñeca. Sangré mucho y me desmayé. Cuando me desperté había mucha sangre alrededor. La recogí y la metí en la vasija del pis. Cuando lo vieron dijeron: «¿Qué ha pasado?». «Nada, nada, que me sangraba la nariz».
¿Con qué se cortó las venas?
Con lo mismo que me cortaba el pelo y la barba: el puente metálico del walkman que me dejaban para oír música. Yo lo afilaba contra los refuerzos metálicos de la puerta... Había que hacer presión pero cortaba bien...
¿Le queda alguna marca?
Bueno... sí. Ahí se ve una señal pequeñita.

(Ortega Lara acerca la mano izquierda y sube la manga de la camisa como si nos fuera a dar la hora, pero no señala el reloj sino una fina línea blanca que secciona la intersección de dos venas azuladas a mitad de camino entre los nudillos y el comienzo del brazo. La muestra con pudor, como pidiendo perdón. Insiste en que sólo fue un «ensayo», que para matarse de verdad habría dado el tajo al otro lado de la muñeca como Séneca o algunos reclusos desquiciados. Sus manos son finas y elegantes. Su rostro, tan afilado y vivaracho, recuerda algunos retratos de James Joyce cuando tenía su edad).

¿Y el segundo «ensayo»?
Fue el más definitivo, por decirlo así. Pasaron unos 15 días. Se acercaba ya el 27 de junio, que era nuestro aniversario de boda. Era la fecha que me había puesto como límite. Trencé una cuerda con jirones de bolsas de basura de plástico, me la puse al cuello, la colgué del clavo del que pendía la hamaca en la que dormía, apoyé la silla sobre dos patas, me até las manos a la espalda y...

(Ortega Lara se levanta, coge una silla del restaurante, la deja bailar sobre sus dos patas posteriores, tumba el respaldo hacia la pared, hace ademán de ponerse de rodillas sobre ella con las manos atrás, eleva el cuello como si estuviera ya sujeto del techo y simula lo que le hubiera ocurrido si la silla hubiera cedido con el peso. Vuelve a la mesa incómodo. Quiere ser didáctico pero no le gusta recordar aquel momento. Jamás había hablado con nadie de esto).

Lo ensayé de tal manera que pudiera deshacer la maniobra. La clave es la forma en que te atas las manos atrás: te atas una y con la otra haces un nudo corredizo. Con el otro dedo no tienes más que tirar. Si tú tiras del nudo corredizo ya no puedes volver atrás... y eso es lo que yo no hice.
¿Llegó a escribir alguna nota de suicidio?
No, lo que sí hice fue redactar mensajes que envolvía con un mechón de pelo y escondía en rendijas entre las tablas de la pared con ayuda de un alambre. Lo hice, no sé, siete u ocho veces... Cuando pensaba que ese iba a ser mi último día allí.
Nunca había contado usted eso. ¿Qué decían las notas?
Lo del pelo era para que si alguien encontraba un día esas notas me reconocieran por el ADN. Decían siempre lo mismo: «Aquí estuvo Ortega Lara desde el 17 de enero de 1996 hasta el...». Lo hacía por si acaso no devolvían mi cadáver a mi familia.
¿Tenía miedo a eso...?
Sí. No sé por qué... ETA siempre que ha matado a alguien ha entregado su cadáver. Pero yo pensaba en que sí y en que no. Pensando en que entregaran el cadáver, había elaborado unas bolas, envueltas en plástico como si fueran cápsulas y me las tragaba...
¿Bolas?
Sí, perfectamente entrelazadas con el hilo que sacaba de los quesitos... Bolitas con mensajes más extensos que las notas con mechones de pelo. Parecían canicas plastificadas. Me las tragaba y luego, cuando las expulsaba, las recuperaba entre las heces...
¿Y qué decían esos mensajes?
Daba datos sobre el tiempo que había durado el trayecto del secuestro, los siete túneles que habíamos pasado... Al final solía poner: «Díganle a mi mujer y a mi hijo que les quiero mucho».
¿Guarda alguno de esos mensajes?
No. El día que me liberaron llevaba las bolitas escondidas en el calcetín. Ese día no me las había tragado. La enfermera las vio. Yo le dije: «No... ¡no toque eso, que es mío!». Y las destruí.
¿Pero qué buscaba con algo tan complicado?
Que la Policía localizara el zulo y no pudieran utilizarlo con otro desgraciado. Confiaba que mi cadáver llegara a manos de un forense inteligente. Por eso también ocultaba las bolitas en las fosas nasales.
¿En las fosas nasales...? ¡Guardaba mensajes en sus fosas nasales! ¿Cómo lo hacía...?
No es tan difícil. Enlazaba las bolitas con esos hilitos rojos de los quesitos. Te metes la bolita por la nariz, sacas el hilo por la garganta... y con los dos extremos del hilo pues vas jugando hasta encajar la bolita en las fosas nasales...
Y todo eso para dejar un testimonio...
Una vez se me atascó el hilo con la bola y ufff lo que me costó sacarlo. Pero al final lo conseguí. Se debió romper algún tejido porque sangré muchísimo.
Usted fue liberado tres días después de ese aniversario de boda...
Si la Guardia Civil no hubiera llegado a tiempo, me habría suicidado pronto porque estaba realmente desquiciado.
¿Qué recuerda de esos días finales?
Un sufrimiento atroz. Pero de verdad atroz. Fui el ser más desgraciado que había sobre la faz de la tierra.
¿Si no fuera creyente se habría suicidado?
Con toda probabilidad. Para un creyente el suicidio es lo más degradante, lo más humillante. Cada vez que me lo planteaba me sentía fatal conmigo mismo. Pero aquel dolor era insoportable.
Debió ser un conflicto desgarrador.
Siempre discutía con Dios. Luego me arrepentía, me disculpaba y volvíamos otra vez, así día tras día. Al final le decía: «Hombre, por favor, dame una salida. Si no consideras oportuno que salga de aquí vivo, haz por lo menos que me maten. No hagas que tenga que acabar yo mismo con mi vida».
Eso mismo es lo que le pedía a Dios uno de los personajes de El Maestro y Margarita de Bulgakov cuando Cristo estaba en la cruz: «Dale una salida». ¿Pensó en algún momento que lo suyo era como la Pasión...?
Sí y me enfadaba con Él: «Lo tuyo duró tres días hasta la Resurrección. Pero yo llevo aquí 300, 400, 500 días y no me das ninguna solución». Al día siguiente hacía de tripas corazón y le decía: «Perdona, es que estoy muy enfadado... pero tengo motivos para estar enfadado, ¿no?».
¿Llegó a compararse con Jesucristo en la cruz?
Me sentía como el más desgraciado de los hijos de Dios. ¡Pero cómo me voy a comparar con Jesucristo...!
En el sentido de que la Redención es pagar por los pecados ajenos, sacrificarse por los demás...
Durante un tiempo me sentí útil. Pensaba que mientras estuviera allí a ningún otro compañero le iba a pasar lo que a mí... Pero todo tiene un límite. Llega un momento en que más que un ser humano eres casi un guiñapo y eso me aterrorizaba...
Hasta pensar que Dios le había abandonado...
Había que estar allí, en aquellas circunstancias, en aquel momento, en absoluta soledad, en medio de aquella humedad, con dolores físicos y el alma destrozada. Sufriendo, sufriendo y sufriendo todos los días...
(Y es al tratar de explicarme aquel infierno que le aplastaba por fuera y le carcomía por dentro cuando los ojos de Ortega Lara primero se enrojecen, luego se van haciendo acuosos y pese a sus esfuerzos por evitarlo dejan asomar las lágrimas. Se quita las gafas, se seca las mejillas. Yo apoyo mi mano en su brazo. «Sufriste por todos nosotros». Con su nariz puntiaguda, su bigote escobillado y su faz alargada parece el más frágil de los pajarillos. «Está mal que lo diga pero fui de utilidad a mis compañeros». Aquel tormento tocaba sin embargo a su fin).
¿Qué pensó cuando al salir se vio por primera vez ante el espejo?
¡Madre mía! Es como si hubiera visto un... no voy a decir un fantasma... en fin, algo irreconocible.
¿No tenía usted en la retina la imagen de los supervivientes de los campos de Auschwitz?
Sí, pero no quería identificarme con ellos. Odiaba parecerme a ellos. De hecho, un mes después hicieron un vídeo en el que me comparaban con un superviviente del campo de Buchenwald. Llamé airadísimo, enfadadísimo al ministro del Interior. Jaime Mayor me dijo: «Tienes razón, tienes razón, intentaré solucionarlo...». Él siempre me daba la razón, aunque no la tuviera.
Pero ¿por qué le molestaba tanto la comparación?
Es que yo no quería ser ese. Cuando salí de allí era una especie de esquizofrénico. Por un lado estaba Ortega Lara, el personaje mediático que yo odiaba. No quería saber nada de él. Por otro lado estaba José Antonio, sentado con mi mujer otra vez en el sofá de nuestra casa. Hablábamos, charlábamos, veíamos la televisión... Con este otro, yo estaba encantado.
Doctor Jeckill y Mister Hyde...
Me costó mucho asimilar que ambos personajes eran la misma persona. Pero ya lo he aceptado. Ya he aprendido que a partir de ahí habría muchas cosas en mi vida que ya no podría controlar como antes... Y desde que estoy en Vox, mucho más.
Yo tengo la sensación de que ahora está usted como pez en el agua en su papel de candidato.
A mí siempre me gustó la política.
Pero siempre va usted en el último lugar de la lista.
Es que me considero más útil estando en retaguardia.
Pero a mí me gustaría votarle a usted, para que sea usted el que vaya al Parlamento Europeo.
Yo no voy a ir pero van a ir mis compañeros. Así que anímese... Vox necesita votos.
¿En realidad por qué se presenta usted a las elecciones?
No hay un solo motivo. Cuando yo me fui del PP hace siete años...
¡Siete años ya!
... lo hice por disconformidad al ver que se habían abandonado valores y principios que siempre habían sido parte de su esencia. Eso no ha hecho sino empeorar... Ha influido la politización de la Justicia, ha influido la corrupción... El día que mi hijo me dijo: «Papá, vaya país de eme...».
De mierda. ¿Por qué le cuesta a usted decir tacos?
Sí, me cuesta. «Vaya país de eme que nos estáis dejando...». Y yo pensé: si resulta que yo me he jugado la vida y ahora tú me dices eso... Entonces es cuando sientes la necesidad de hacer algo.
Debió ser difícil para usted dejar el PP...
Fue muy doloroso porque yo quería mucho al PP. Y esto es como en las relaciones de amor: el que más pone es el que más pierde al final.
¿Pero se puede «querer» a un partido político?
Cuando entré en el PP estábamos muy ilusionados con lo que hacíamos, con los ideales del partido, la unidad de España, la no intervención del Estado en la esfera privada, la defensa de la vida... Con todas esas cosas llegas a querer al partido de verdad. Cuando poco a poco te vas desenganchando, la decepción se multiplica.
¿Cuál fue la gota que colmó el vaso?
Cuando dejaron en la estacada a María San Gil. María se jugó la vida durante muchos años, luego superó lo del cáncer y cuando vi que, después de todo lo que había luchado, la tachaban de loca, me dije: «Madre mía...». Aquello era insoportable. «Hasta aquí hemos llegado». Y di por terminada esa etapa.
¿Quién fue el responsable de que el PP cambiara de esta manera?
Yo empecé a notarlo a raíz del cambio de presidente. Con el señor Rajoy comenzó una política laxa y sobre todo a raíz de perder las elecciones de 2008 noté un gran cambio. El señor Rajoy ha dejado de lado muchos de los valores que habíamos defendido. Fue decepcionante.
¿Con Aznar tenía usted más sintonía personal?
Yo confiaba mucho en el señor Aznar. Estaba al cien por cien de acuerdo con su política antiterrorista. Aproximadamente un mes después de mi liberación se desplazó a Burgos con su mujer a verme.
¿Y cómo fue la conversación?
Fue una entrevista muy agradable, estuvo muy cariñoso... Fíjese, cosa rara que el señor Aznar estuviera cariñoso... Pues sí: estuvo muy cariñoso. Al irse recuerdo que me dijo: «José Antonio, ¿quieres algo, necesitas algo?». Yo le contesté: «No, no». Y cuando ya iba a salir por la puerta le dije: «Espere, sí, una cosa». Le pedí una cosa que no era para mí, sino para las víctimas del terrorismo y él cumplió.
¿Qué era?
Le dije: «Tiene usted que atender a las víctimas no sólo desde un punto de vista económico sino también psicológico porque han estado abandonadas». «No te preocupes que eso se arreglará». Y entonces creó la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo.
¿Hubo más conversaciones después?
Sí. Hablamos en Madrid en algunas ocasiones y tuvimos una comida. Pero ya no fue tan caluroso...
¿Por qué?
Porque la personalidad del señor Aznar es la que es.
¿Y con Rajoy?
Con Rajoy nunca.
¿Cómo que nunca?
Una vez me saludó en una cena en Madrid cuando Jaime Mayor se presentaba a lehendakari. Pasó, saludó, «hola» y «adiós» y nunca más
¿Me está usted diciendo que en los 17 años transcurridos desde su liberación Rajoy no ha hablado con usted nunca?
Personalmente no. El saludo de manos, un gesto otra vez en un mitin...
¿Ni cuando fue vicepresidente? ¿Ni cuando fue ministro del Interior?
No, nunca.
¿Tampoco como líder de la oposición?
Con el señor Rajoy nunca.
¿Y si pudiera hablar hoy con él qué le diría?
Que está incumpliendo sus promesas electorales. Yo no me estoy inventando nada.
¿Se refiere a la política antiterrorista, a las excarcelaciones de etarras, a la legalización de Sortu...?
Para mí todo esto ha sido muy doloroso. Supongo que como gobernantes tienen derecho a ir por esa vía; pero la mayor parte de las víctimas no lo entendemos. Nos tocó jugarnos la vida por España, por el Estado de Derecho... Las víctimas no merecen el trato que están recibiendo ahora.
¿Cómo valora entonces la situación actual?
De la política del señor Aznar no ha quedado nada porque vemos que ETA sin haber renunciado a las armas, sin haberlas entregado, hasta se permite el lujo de hacer paripés como el de los verificadores internacionales. Tampoco ha renunciado a sus objetivos ni ha colaborado con la Justicia y sin embargo ha conseguido... mejor dicho, le hemos regalado algunas de sus reivindicaciones históricas como volver a estar en las instituciones donde tiene dinero, información, poder...
¿Y las excarcelaciones...?
Otra de sus reivindicaciones era la liberación de sus presos y desde la derogación de la doctrina Parot ya van casi 100...
Pero el Gobierno dice que se limita a aplicar la doctrina de Estrasbugo, que no podía hacer otra cosa...
El Gobierno podía haber hecho mucho por evitar esa sentencia. El señor Zapatero puso al señor López Guerra más como comisario político contra la doctrina Parot que como magistrado. El señor Rajoy ni le cambió ni explicó a Europa lo que era ETA. Luego, a las 24 horas comenzaron las excarcelaciones cuando la sentencia afectaba a un solo caso... No, todo eso obedecía a lo negociado con ETA.
¿En algún momento ha tenido la sensación de que su terrible sufrimiento y el de quienes no están aquí para contarlo ha podido ser estéril?
Absolutamente sí. Ciertamente así es. Para todo esto... Nos habríamos ahorrado muchos muertos si estas concesiones a ETA se hubieran hecho en su día. Y desde luego yo me hubiera ahorrado ese sufrimiento. Siempre he defendido que tiene que haber vencedores y vencidos. Los muertos merecen memoria, dignidad y justica; pero ahora están recibiendo todo lo contrario.
Pero «el señor Aznar», como usted dice, acaba de apoyar a Cañete diciendo que no lo haría si se presentara por otro partido y que todo lo que se hace fuera del PP «siempre termina mal».
Pues discrepo. Había vida antes del PP y la habrá después del PP. Yo antepongo mis ideas a la lealtad a un partido. Si tuviera que optar entre permanecer en Vox o mantener mis ideas, no lo dudaría: me quedaría con las ideas.
Es que los partidos son como...
Santuarios. Nuestros grandes partidos han convertido lo que era una democracia joven en una partitocracia liberticida. Pero por encima de los partidos está la Nación y ya va siendo hora de que entre aire fresco con gente nueva que haga propuestas generosas. Necesitamos gente que venga a la política a servir a los ciudadanos, no a servirse de ellos.
¿Qué supuso para usted la excarcelación de Bolinaga?
Iba a decir que fue un golpe mortal pero estoy aquí... Fue un golpe muy duro.

(A Ortega Lara se le hace un nudo en la garganta. Una sombra cruza su rostro como si volviera a ver la capucha negra con aquellos dos agujeros para los ojos, pero sin agujero para la boca, bajo la que respiraba aquel desalmado que coordinaba a sus carceleros y estuvo dispuesto a dejarle morir, allí abajo, como un perro, negándolo todo cuando la Guardia Civil le detuvo y comenzó a registrar la nave. Pero traga saliva y tras una pausa... contesta).

¿Cómo se enteró?
Por la llamada de un periodista. Fue durísimo. Tanto que no hice ni una sola declaración durante mucho tiempo sobre aquello. Poco a poco lo fui metabolizando como si fuera un veneno que tuviera que ingerir en pequeñas dosis...
¿Qué sentía?
Me sentí traicionado. Y sentí rabia, mucha rabia... mucha indefensión. Fue un sentimiento demoledor que me aplastó durante semanas. Mi mujer me decía: «Esto es injusto». Pero luego te preguntas qué puedes hacer. Y claro, lo que no vas a hacer es comprarte un arma y tomarte la justicia por tu mano. Ninguna víctima lo ha hecho y en mi casa nunca nos han gustado las armas...
Las armas en general...
Sí, en mi casa nunca hubo armas y cuando se abría la veda sentíamos rechazo hacia los cazadores y la caza... Mi abuelo siempre decía que en mi familia teníamos mala leche y buena sangre.
¿Se siente usted bien definido en esa expresión?
Sí, sí... yo tengo muy mala leche, es verdad. ¡Buff, tenemos un genio...! Mi mujer me lo recuerda muchas veces. Pero luego se me pasa, eh. Cuando eso... luego se me va.
¿Y ya se le ha ido la «rabia» por lo de Bolinaga?
Yo sí, yo ya he logrado superar aquello. Pero cuando nos enteramos de que había participado también en el asesinato de unos guardias civiles, pensé: lo duro llega para las familias de los asesinados.
Ahora Bolinaga está en arresto... domiciliario.
Sí a mí también me decían: «Estás arrestado por ser un miembro del aparato represor». Pero a mí me tenían allí, en aquel agujero, claro.
¿Cómo sabe que Bolinaga era uno de ellos si iban encapuchados?
Por la voz. Se hacían llamar Patxi, Jon, Mikel e Iñaki. Bolinaga era Iñaki.
¿Y cómo se comportó personalmente con usted?
Tenía días, yo también... Los días malos yo les llamaba «terroristas» y el resultado final era que me quitaban horas de luz o me retiraban el periódico. A veces Iñaki me traía para cenar higos secos. Me decía: «Cómetelos que son muy afrodisíacos». Para lo que me podía servir ahí... Cuando los desairaba eran un poco crueles...
¿A qué se refiere?
Cuando me negaba a que entraran en el habitáculo, me reducían por la fuerza. Bajaban dos, se ponía uno encima de mí y me esposaban. Reducían mis horas con luz. También me dejaban sin periódico.
Sin información, claro.
Y sin papel para secar la humedad de las paredes. Por eso estaban negras. Por la tinta del periódico. Yo las frotaba una y otra vez pero la humedad reaparecía... y se metía en mis huesos.
¿Y le parece normal que alguien condenado por todo eso esté en libertad desde hace más tiempo que los 532 días que pasó usted allí, alegando una enfermedad terminal?
La de Bolinaga fue una excarcelación política. Yo siempre la he visto así. Como parte de la hoja de ruta que nació de la negociación política del Gobierno socialista con ETA y que el actual ha asumido como propia.
¿Y qué siente al verlo ahora por la calle o en su casa?
Intento vivir sin miedo, sin odio, sin olvido y perdonando. Yo a él ya le he perdonado. Me ha costado mucho pero al final el perdón es positivo porque te quitas una carga de encima. El otro ni siquiera sabe si le odias, le da igual, sólo te haces daño a ti mismo.... Que Dios le conserve la vida y espero que le sirva para darse cuenta del mucho daño que ha hecho y de lo afortunado que es porque en las cárceles hay muchos reclusos con peor salud que la suya.
¿Y el Estado debe perdonarle?
No. La acción de la Justicia debe continuar de oficio. El perdón incumbe solamente al victimario y a la víctima. Focalizar todo en el perdón es una maniobra de despiste.
¿Sería capaz de hablar con Bolinaga?
Después de todo aquel suplicio... No me lo he planteado. No puedo decir ni que sí ni que no... Me costaría mucho.
¿Tiene pesadillas a veces?
Las tuve. Ya no. Gracias a mi familia y a las psicólogas. En el zulo no era capaz de conciliar 10 minutos el sueño y ahora duermo como los niños. Bueno desde que estoy en Vox un poco peor porque esto de la campaña es algo estresante...
¿Qué es lo que le dice la gente con la que entra en contacto a diario?
Casi todo bueno. Hay quienes te llaman «héroe» y se quieren hacer fotos, quien te toca como si fueras la reliquia de un santo...
Pero a Bolinaga también le hicieron homenajes en su pueblo...
Es que hay un sector de la sociedad vasca que está moralmente enferma.
... y la ponencia política de Sortu reivindica la «lucha del MLNV» como «estela referencial»...
Es la perversión del lenguaje al servicio de un proyecto totalitario de sometimiento. Pero les está dando resultado ante un sector de la judicatura o los medios de comunicación. La gente dice: «Con tal de que ETA deje de matar...». Incluso el señor Rajoy quiere pasar a la Historia como el único presidente al que no le pongan un muerto encima de la mesa.
Pero eso también tiene un lado positivo...
Sí, tiene un lado positivo. Pero también tiene un lado perverso porque implica contraprestaciones que España, que el Estado no debería conceder.
¿Qué significa para usted España?
España es una pasión. Siempre me educaron en el amor a España, mis padres, mis abuelos... Cuando éramos niños íbamos a clase y teníamos la bandera en la puerta de la escuela. En mi casa siempre se hablaba de España como de una unidad muy compacta.
Y ahora ha descubierto que no es así.
Las peculiaridades lingüísticas o culturales son buenas pero se ha hecho excesivo hincapié en ellas y nos hemos olvidado de los elementos comunes. Los nacionalismos han utilizado la educación para el adoctrinamiento en el odio a España, en el España nos roba... Hemos llegado a una situación casi insoportable. España tiene mal futuro si no le damos la vuelta como a un guante.
Si por Vox fuera se eliminarían todas las Autonomías.
Eso es un desiderátum a largo plazo. Lo que el Estado debe hacer ahora es recuperar competencias esenciales como la Educación o la Sanidad.
¿Cuáles considera usted que son las otras propuestas clave que defiende su partido?
Cambiar la Ley Orgánica del Poder Judicial para que la Justicia sea independiente. Y apoyar a la familia para fomentar el relevo generacional mediante la natalidad y la defensa de la vida porque el aborto supone la eliminación de un ser humano ya concebido y con vocación de nacer. Ah, y yo también digo siempre que hay que dedicar una semanita de las vacaciones a visitar a los abuelos.
¿Eso es un punto del programa electoral?
No, je, je... pero lo digo en todos los mítines porque a ellos les encanta ver a los nietos. El día que les llevan a los niños están esperándoles desde la salida del sol. Y cuando el sol se pone están agotados. Pero se pasan la semana siguiente contándoles a los vecinos lo maravillosos que son sus nietos...
Veo que le gustaría mucho poder ir con su familia a ver a sus padres...
Daría media vida por volver a tener un paseo con mi madre. Mis padres eran agricultores. Cuando regresaba del trabajo, muchos días decían: «¿Por qué no nos vamos al huerto?». Teníamos dos huertos: uno en el pueblo y otro más alejado. Cogíamos un cubo, una azada y nos íbamos al huerto alejado con nuestro perro Toby. Allí hablábamos de todo, de las cosas de la familia, de si tenía novia...
Pero ellos ya habían fallecido cuando ocurrió su secuestro...
Sí, mucho mejor porque se habrían muerto de pena. Sobre todo mi padre. Mi madre era más fuerte de ánimo, muy trabajadora y desprendida. Era la que ponía las inyecciones. Tenía una jeringa para los animales y otra para las personas... Y buen ojo para las inversiones: le convenció a mi padre de que comprara un piso en Burgos para que los hijos pudiéramos ir a la universidad.
¿Cuántos hermanos eran?
Éramos siete... Bueno y mi hermana melliza que murió al nacer... y a la que me hubiera gustado tanto conocer.
No sabía que su parto hubiera sido de mellizos. ¿Qué pasó?
Yo nací primero. Ella murió de asfixia. No llegó a nacer.
Su hermana melliza nació muerta...
Sí, mi madre siempre me decía: «Tú, como eras tan pequeño que no valías un comino, te colaste el primero; y ella, que era más hermosa, se asfixió».
¿Durante el secuestro hablaba alguna vez con su madre?
Sí. A mis padres les rezaba mucho. Les decía: «Oye, a ver si podéis echarme una manita desde donde estáis para que esto se solucione...».
¿Y con su hermana melliza?
Sí, también hablaba con ella. Me imaginaba cómo sería con mi edad. Más guapa, más inteligente. Por lo que siempre me decía mi madre: «Ella valía más que tú, ella pesaba más que tú, ella era hermosa, tú eras pequeñito, flaco...». Sí, sí... pero bueno, el que estaba allí abajo, haciendo de tripas corazón, era yo. Yo le decía a ella: «Mira dónde estoy yo ahora...».
Déjeme hacerle una pregunta mirándole a los ojos: ¿cree usted que lo que usted sufrió por España está siendo suficientemente valorado por España?
Yo nunca quise ser víctima del terrorismo y mucho menos encontrarme en aquella horrible situación. Pero una vez allí... Yo no espero que España como nación me agradezca nada. En tiempos del señor Aznar a mí me trataron con especial dulzura. Del actual Gobierno yo no espero nada. Lo que sí espero es que los políticos valoren a las víctimas del terrorismo pero también a esos otros héroes que son los padres de familia que se levantan a las seis de la mañana para ganar 1.000 euros con los que mantener a sus hijos.
¿Se imagina cómo transcurriría ahora esa conversación con su madre por la que usted dice que daría media vida?
Sería una mañana soleada de mayo. Volveríamos al huerto, hablaríamos de todo lo ocurrido estos años, pero sobre todo de la familia, de mi sobrino que ha muerto muy joven, de los nietos que tiene y no llegó a conocer.
¿Por qué me ha dicho usted dos veces eso de que allí en el zulo hacía «de tripas corazón»?
Es que los humanos no somos sólo un trozo de carne. Allá el que no quiera creer en Dios pero tenemos inteligencia, razón... y una dimensión espiritual que nos hace trascender a la muerte. Hacemos camino al andar para que nuestros hijos nos recuerden cuando ya no estemos por algo bueno que hayamos hecho. Yo tengo unos recuerdos estupendos de mis padres y mis abuelos y así es como me gustaría que mis hijos me recordaran también a mí.
¿Qué oraciones rezaba usted en el zulo?
Muchos rosarios y a veces el Padrenuestro en euskera...
¿En euskera?
Sí, lo había aprendido en los salesianos.
¿Y lo rezaba en euskera para ver si conmovía a los que estaban arriba?
No, seguro que ellos eran ateos. Lo rezaba en euskera sobre todo por cambiar después de las avemarías.
¿Y sigue recordándolo entero?
Sí, claro: «Gure Aita zeruetan zarena, santu izan bedi zure izena...».

(Ortega Lara, el único ser humano enterrado en vida durante 532 días por dictado expreso de alguien de su misma especie, el único torturado hasta ese paroxismo en nombre de la «liberación nacional de Euskal Herria», el único superviviente que superó año y medio en aquel «campo de exterminio», continúa hasta el final sin balbucear, invocando a Dios en el idioma de sus verdugos. Mentalmente voy imaginando, sobrecogido, la traducción de sus palabras. Cuando llega la última línea -«baina atera gaitzazu gaitzetik... ("mas líbranos del mal...") amén»- suena como un réquiem por todos nosotros -¿cómo hemos podido consentirlo, cómo podemos seguir consintiéndolo?- y ahora soy yo el que siente ganas de llorar. Luego ante el imponente brocado de la fachada de la catedral de Burgos, él me señalará uno de los campanarios con su correspondiente aguja).

Desde arriba se divisa una torre eléctrica que está a 24 kilómetros. Es la marca que señala la hondonada en la que está nuestro pueblo, Montueña. Allí está la tumba de mis padres. También el huerto alejado. ¡Lo que yo daría por volver allí, de paseo con mi madre...
EL MUNDO

 

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