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Así torturó la banda terrorista ETA (III)

  • Escrito por Francisco López

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Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la guerra sucia que aparatos del Estado mantuvieron en el sur de Francia contra ETA hasta 1986. Durante varios años, mercenarios organizados y financiados por aparatos policiales y de los servicios secretos, realizaron atentados contra los “refugiados”. Lo que no se ha tenido en cuenta nunca es que ETA fue quien convirtió lo que era una confrontación hasta entonces pacífica y que se mantenía dentro de unos cauces “civilizados”, en un enfrentamiento criminal.

A finales de los años sesenta y en especial a partir de 1970 cuando tras el Consejo de Guerra de Burgos ETA adquiere relevancia y cierto grado de peligrosidad, las autoridades policiales españolas, ante la falta de colaboración oficial por parte las autoridades francesas, desarrollan planes y acciones de infiltración en los círculos de refugiados. Benito Zumalde “El Cabra” en sus ya citadas memorias, nos narra desde su punto de vista como se producían estos intentos, generalmente fallidos y deja perfectamente claro que no tenían más intención que obtener información. Por ello sorprende el alto grado de violencia y brutalidad que se producirá en este primer caso de “desapariciones” por parte de ETA: el secuestro de tres jóvenes gallegos.

El 24 de marzo de 1973, José Humberto Fouz Escobedo, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga Veiga, emigrantes gallegos que vivían y trabajaban en Irún, con un vehículo de su propiedad (y que tampoco apareció) cruzaron la frontera para ver una película. Tras acabar, pasaron al bar Lycorne a tomar una copa donde se toparon con varios refugiados entre los que estaba el destacado militante de ETA Tomás Pérez Revilla, los cuales sospecharon que fueran policías o miembros de servicios de información. Tras un enfrentamiento, procedieron a su secuestro, su posterior “interrogatorio” mediante torturas, asesinato y desaparición de los cadáveres.

El periodista de ABC, probablemente partiendo de informaciones procedentes de los servicios policiales, dio un relato de lo ocurrido (4). Lo cierto es que los aspectos generales de ese relato fueron confirmados por dos personas distintas. El infiltrado Mikel Lejarza “El lobo” narra en su autobiografía (5), una versión, que al margen de algún error (en esas fechas la Guardia Civil no mató a ningún miembro de la banda), cita nombres concretos:

Le viene a la memoria el caso de unos pescadores gallegos a los que ETA asesinó en San Juan de Luz, tras confundirlos con policías. Por unos segundos se ve en sus mismos pellejos. Es una historia que le quita el sueño: cómo ETA se había ensañado con tres gallegos que trabajaban en Irún y que se habían desplazado a Biarritz para ver la película “El último tango en París”, filme que estaba prohibido en España.

A Lobo se lo ha contado José Manuel Pagoaga “Peixoto”, que alardea de la carnicería. Narra el suceso como si se tratara de una heroicidad. Convierte lo que es una infamia en una leyenda de héroes, situando a unos viles asesinos en el país de los Nibelungos.

Mikel informa de los hechos a los agentes del SECED, facilitándoles todo tipo de detalles:

“Su único error fue detenerse en un bar de San Juan de Luz cuando regresaban a España. Ese establecimiento era frecuentado por unos etarras que vivían en una casa próxima. Los terroristas estaban borrachos y hundidos porque la Guardia Civil había matado a uno de los suyos al otro lado de la frontera. Vieron aparcado un Austin Victoria con matrícula de La Coruña y los confundieron con policías de información. Los gallegos, además, iban vestidos con traje y corbata. Se produjo una pelea y mataron de un botellazo a José Humberto Fouz. A los otros dos se los llevaron para interrogarlos y fallecieron durante las torturas a las que fueron sometidos. “Peixoto” me confesó que los torturadores introdujeron a uno de ellos un destornillador por un ojo. “Y cómo gritaba el tío”, me llegó a decir el cabrón. Según él, quien dio la orden de la desaparición fue Tomás Pérez Revilla”.

El arrepentido Juan Manuel Soares Gamboa, también cita el suceso en el libro donde narra su vida: (6)

ETA tortura, claro que sí, y aún quedan casos por resolver, como el caso de “Naparra”, el militante de los Comandos Autónomos Anticapitalistas que desapareció y del que jamás volvió a saberse nada. Como tampoco se supo nunca donde están enterrados los cuerpos de José Humberto Fouz, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga; tal vez allá, en un monte, donde unos helechos crecen más altos que los otros. ¿Su delito? Haber sido confundidos con policías españoles en San Juan de Luz. Siempre el mismo argumento: estos son policías, hay que ir a por ellos. Lo demás lo dejo a cargo de la imaginación del lector.

Lo cierto es que a estas alturas ni han aparecido los cadáveres y desgraciadamente tampoco ninguno de los que han negociado o negocian con la banda y su brazo político ha demostrado el menor interés para la entrega de los desaparecidos, tal como por ejemplo hizo el IRA tras grandes presiones. Todos se han puesto de acuerdo para que estos cadáveres queden enterrados en “las cunetas”.

Secuestro y tortura de dos policías

En 1976 se produjo el último caso, comprobado al 100%, de personas secuestradas, torturadas y hechas desaparecer dentro de la particular guerra sucia que ETA desencadenó contra las personas que intentaban recoger informaciones o infiltrarse en los ambientes de refugiados del sur de Francia.

[Img #9709]En este caso, los afectados fueron dos agentes policiales destinados en la oficina del DNI de San Sebastián. El 4 de abril de 1976, los inspectores de Policía Jesús María González Ituero y José Luis Martínez Martínez, desarmados tal como marcaba la normativa, cruzaron la frontera para ir a Francia a comer e ir al cine, y ya no se les volvió a ver.

Un mes después, las investigaciones permitieron localizar testigos que afirmaron haber visto dos jóvenes que coincidían con sus descripciones que eran abordados por individuos armados a la salida de un cine en Hendaya e introducidos en un coche.

Durante la operación de búsqueda, la Policía encontró su documentación en casa de un refugiado, pero no fue hasta el 18 de abril de 1977 cuando aparecieron mutilados sus cadáveres. Los habían torturado, ya que sus captores creyeron que eran miembros de las unidades antiterroristas y posteriormente asesinado mediante un tiro en la nuca, presentando los dedos mutilados. El hecho de que se estuviera en la recta final del periodo preelectoral de las primeras elecciones generales de la democracia hizo que las autoridades españolas tuvieran una actitud discreta y fría ante la brutalidad del crimen cometido

El calvario de Javier Ybarra y Bergé

Sin lugar a dudas, el horror que vivió Javier Ybarra y Bergé durante el mes que duró su secuestro hacen que su muerte sea la más terrible de todas las que se han producido durante lo que eufemísticamente se llama el “conflicto”. En este caso más que malos tratos directos, que posiblemente también hubo, sobre todo fueron las condiciones absolutamente inhumanas y brutales en que estuvo secuestrado. El grado de bestialismo que alcanzaron sus secuestradores es difícil de concebir, incluso en una banda como la de ETA que ha hecho de la violación de los más elementales derechos humanos, su modo habitual de actuación.

Miembros de los comandos Berezi de ETA-pm le secuestraron el 20 de mayo de 1977. La solicitud a la familia fue de un rescate de 1.000 millones de pesetas, pero en sí toda la negociación fue una farsa, ya que en la práctica sus captores en ningún momento demostraron el menor interés real por negociar. En realidad lo usaron como moneda de cambio publicitaria para estar presentes en la campaña electoral y primeras elecciones generales tras la muerte de Franco. Una vez que estas tuvieron lugar, el 22 de junio se deshicieron de él, como quien se deshace de una bolsa de basura. Fue la primera víctima de la democracia.

Este es uno de los alrededor de 400 crímenes de ETA que no han sido aclarados.

Desconocemos fehacientemente quién le secuestró y cómo se desarrolló el secuestro, pero su cadáver es el que lanza una muda denuncia de las brutales condiciones en que estuvo.

Apareció dentro de una bolsa de plástico enganchada a un clavo, con los brazos atados a la espalda, ojos vendados y un tiro en la nuca:

Durante el cautiverio había perdido 22 kilos y toda su ropa olía a orina y a excrementos. Al hacerle la autopsia, el doctor Toledo, forense del Hospital de Basurto, determinó que tenía las paredes intestinal es pegadas, síntoma evidente de que los terroristas casi no le habían dado de comer durante su confinamiento. Tenía, además, el cuerpo llagado, señal inequívoca de que estuvo todo el tiempo tumbado o metido en un saco sin poder moverse (7).

María José Grech, consiguió el testimonio de un familiar, que solicitó anonimato, y señaló que en el estómago de la víctima se le encontró hierba, lo cual nos muestra el grado de desesperación al que llegó por el hambra (8).

Lo más triste y a la vez ilustrativo, fue que el Gobierno de Adolfo Suárez y su ministro de Gobernación, Martín Villa, ocultaron a la opinión pública estos detalles. Entonces (como ahora), la obsesión por no “caldear el ambiente” y crear las condiciones adecuadas para una negociación, llevaron a que se hurtara al conocimiento general la auténtica realidad de ETA y la gente que les apoya: además de asesinos, sádicos torturadores.

Lo cierto es que el desenlace de este atroz secuestro determinó la ruptura definitiva entre los comandos Berezi y ETA político-militar. Como es norma habitual en el mundo de ETA, de la misma forma que el descuido y la negligencia que han dado lugar a tantas y tantas “víctimas colaterales” nunca han sido impedimento p ara que sus responsables ascendieran, fueran ensalzados y homenajeados, la extrema brutalidad que los Berezi demostraron se convirtió primero en mérito para ingresar en ETA-militar y luego para que varios de sus dirigentes, como Antxon Etxebeste y Francisco Múgica Garmendia, alcanzaran las más altas responsabilidades en esta banda. Ser responsables directos de las más atroces torturas les “dio puntos” a hora de conseguir ser dirigentes.

Otros casos

Tras la llegada de la democracia, se inicia una fase diferente. Hasta 1985, en el País Vasco francés se va a mantener la más completa impunidad de los terroristas en sus tareas de entrenamiento, organización, infraestructura y extorsión económica, así como en la preparación directa de las campañas de terroristas en España. Sin embargo, ETA es consciente que ahora esa situación puede cambiar, una vez que ya no existe la excusa de una brutal dictadura al otro lado de la frontera.

Ante esto, por un lado se van a redoblar los esfuerzos para denunciar torturas y malos tratos policiales. Se intenta demostrar que los aparatos policiales franquistas siguen intactos, actuando exactamente igual que durante la dictadura. Por otro lado van a ser más discretos en su refugio francés y de ahí que ahora van a renunciar a acosar y atacar a los miembros de los servicios de seguridad, informantes e incluso integrantes de los grupos parapoliciales que actúan en la zona, con el descaro con que lo estaban haciendo. Eso dará lugar a que ya no se repitan los terribles casos que hemos explicado. Aún se producirán dos desapariciones más, pero ya afectarán a destacados militantes de los dos grupos terroristas vascos con menos influencia: Eduardo Moreno Bergaretxe”Pertur”, desaparecido el 23 de junio de 1976, y José Miguel Echeverría Álvarez, “Naparra”, militante de los Comandos Autónomos Anticapitalistas cuyo rastro se pierde el 11 de junio de 1980. Desgraciadamente, no conocemos los detalles de su captura y eliminación, entre otras cosas porque la banda esta vez sí tomó las medidas necesarias para que los cadáveres aparecieran y por lo tanto ignoramos si, como en los casos anteriores, su asesinato fue acompañado de otras violencias.

A partir de este momento, ETA aplicó el uso de la tortura a algunas de las víctimas de atentados que habían tenido un secuestro previo.

En la mañana del 30 de agosto de 1978, fue descubierto en un camino sito en la cuesta de Echeita, cerca de Mundaca, Tomás Sulibarria Goitia, “Tomy”, con un tiro que le afectaba el cuello y mandíbula y en extrema gravedad. Su descubrimiento causó sorpresa ya que tras la desarticulación del comando del que era responsable, huyó a Francia. Al día siguiente, ETA-m reivindicó el atentado señalándole como colaborador de las fuerzas de seguridad. Juan Manuel Soares Gamboa nos lo explica y nos da un nombre que aparece en otros casos de torturas: José Manuel Pagoaga Gallastegui “Peixoto" (9).

La venganza que supuso el atentado contra José Manuel Pagoaga Gallastegui “Peixoto”, no tenía otro punto de partida que las torturas que él mismo y Beñarán Ordeñana“Argala” infligieron al infiltrado“Tomy” cuando le descubrieron. Una vez detenido “Tomy” por militantes de la organización, se le torturó para vaciarle de información; conseguido el objetivo se le trasladó a Hegoalde, a Euskadi sur, a través del monte. El comando encargado de tal labor debía ejecutarle en cualquier cuneta de cualquier carretera, en suelo español, intentado hacer que pareciera un atentado contra un confidente de la Policía o un infiltrado en ETA. El comando disparó a la cabeza de “Tomy” y le dio por muerto, pero no lo estaba.

A pesar del ataque sufrido, fue muy parco en explicaciones de lo ocurrido, negó las acusaciones e intentó reconciliarse con la banda. Finalmente el 3 de junio de 1980, ETA ya no falló en su objetivo.

El 30 de marzo de 1982 fue secuestrado en San Sebastián el doctor Ramiro Carasa Pérez, a quien rumores le habían implicado en una denegación de ayuda a un miembro de ETA militar herido. A última hora de ese día apareció el cadáver con signos inequívocos de torturas. La propia banda informaba en la reivindicación de que había sido “interrogado”.

El primer gran asesinato que convulsionó a buena parte de la sociedad vasca, independientemente de su sensibilidad política, fue el secuestro y asesinato del capitán de Farmacia Alberto Martín Barrios, el 19 de octubre de 1983. Partiendo de que todo secuestro es una brutal tortura, más aún lo es en casos como este donde al víctima sabe que no va a ser liberada mediante el pago de un rescate económico. Lo cierto es que sus asesinos no mostraron mucha preocupación porque en sus últimos momentos esta persona tuviera las menores molestias, ya que para trasladarlo al lugar donde le dieron el tiro en la cabeza, le metieron abundante algodón en la boca y taparon esta con esparadrapo (10), algo que le provocó una asfixiante sensación de ahogo en sus últimas horas de vida.

El 21 de septiembre de 1984 fue secuestrado el representante de joyería José María Martínez Martínez-Cubero. Horas después, un ganadero encontró el cadáver, atado con cinta de embalaje, con las manos y las piernas vueltas hacia atrás. Su cuerpo presentó evidentes signos de haber sufrido violencia previamente al disparó q ue recibió en la cabeza. No contentos con ello, los asesinos, se llevaron un buen “botín de guerra”: 140.000 pesetas en metálico y una caja de joyas valorada en medio millón de pesetas (11).

Otro crimen en el que el desprecio hacia la víctima llevó a sus captores y asesinos a despreocuparse total y absolutamente de sus condiciones de vida en las últimas horas, fue el de Miguel Ángel Blanco, el 12 de julio de 1997. Durante los dos días que estuvo en su poder, lo mantuvieron metido en la peor celda de castigo de todo el “conflicto”: el maletero de un coche.

Esto es sólo una aproximación a la realidad. La investigación de los asesinatos en el País Vasco durante los “años de plomo” se caracterizó por la desidia y la negligencia, así como por una obsesiva práctica gubernamental por relativizar e incluso restar importancia a lo que sucedía, enmarcado dentro de los permanentes esfuerzos por negociar con ETA. De ahí que los detalles de los malos tratos e incluso torturas realizados antes de completar el crimen, se ocultaran a la opinión pública. Sólo una revisión caso por caso de los sumarios y en especial las autopsias nos permitirá conocer cuál ha sido la dimensión real de este tipo de prácticas realizado por la banda.

4) ABC, edición de 26 de diciembre de 1973, página 39.

5) Lobo, un topo en las entrañas de ETA, página 82. Manuel Cerdán y Antonio Rubio. Plaza Janés,y Barcelona, 2003.

6)  Agur ETA, página 199. Matías Antolín. Ediciones Temas de Hoy,  Madrid, 1997.

7)  Los mitos del nacionalismo vasco, página 612. José Díaz Herrera. Editorial Planeta,Barcelona, 2005.

8) Blog In Memoriam de Libertad Digital, entrada Secuestro, tortura y asesinato de Ybarra, 22 de junio de 2011

9)  Agur ETA, páginas 197 y 198. . Matías Antolín. Ediciones Temas de Hoy,  Madrid, 1997.

10) El Diario Vasco, edición 20 de octubre de 1983

11) El Diario Vasco, edición 23 de septiembre de 1984.

http://latribunadelpaisvasco.com/not/5313/asi-torturo-la-banda-terrorista-eta-iii-

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