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Laurence Le Vert, la juez que hirió a ETA

  • Escrito por Redacción

levert

Silenciosa. Meticulosa. Espartana. Cabezota. Perseverante. Discreta. Reservada... Y, quizá, demasiado desconocida. Pero sin ella, la historia del terrorismo en España no sería la misma... ni de lejos. Sin ella, ETA no estaría padeciendo un cáncer terminal. La trayectoria de los que han luchado para acorralar a ETA es difícil de entender sin una de las piezas maestras: la juez Laurence Le Vert.

"El último mohicano", así se refiere a ella, en tono cariñoso, un veterano mando de la Guardia Civil. Porque durante los lustros en que ETA ha perseguido y ha sembrado de sangre la vida española han sido muchos los héroes conocidos, y muchos más los desconocidos, que se han dejado la piel para derrotarla.

Entre ellos, muchos uniformados españoles y franceses. Y muchos con toga, que no han buscado con ansias las cámaras de televisión, como les ocurría a los jueces estrella de la Audiencia Nacional que también se dejaron la piel contra ETA.

Le Vert es una gran conocida y, a la vez, la cara más anónima. No es fácil encontrar imágenes suyas. Más difícil aún, recuperar comillas de alguna de las conversaciones que haya mantenido con periodistas; esa especie de la que -con todos los respetos- ha procurado estar siempre separada. Porque su carácter reservado, su discreta manera de trabajar, su lejanía de los medios de comunicación la han convertido en una figura mítica y llamada a la leyenda a la hora de explicar el final del terrorismo en España. Nacida en 1951, su carrera judicial llega ahora a su fin, entre lamentos de los que recuerdan que aún quedan muchos pasos que dar en el terreno de la Justicia para acabar con ETA y resarcir a las víctimas. En las próximas semanas abandonará su despacho en los tribunales, colgará definitivamente la toga. Desde 1990 es la figura judicial francesa contra ETA, nuestra juez.

"Sin ella, esto habría sido imposible. Su carácter y su decisión han sido esenciales. Sabía de ETA más que muchos de los que hemos estado toda la vida persiguiendo a los comandos", resume otro destacado mando del Instituto Armado. Recuerdan cómo en reuniones de colaboración, cuando los agentes presentaban fotografías antiguas de etarras buscados, la propia Le Vert acudía a su despacho y facilitaba imágenes más recientes a los agentes españoles. No hacía falta que le dieran muchos datos, ubicaba rápidamente a cada miembro de ETA, a cada comando, cada sumario... Lo tenía en la cabeza. Algunos apuntaban similitudes con el histórico fiscal Eduardo Fungairiño, otro de los pilares contra ETA.

Homenaje

Ahora el Gobierno quiere homenajearla, quiere reconocerle todo el trabajo que ha llevado a cabo, quiere exaltar su labor. Ella siempre ha tratado de estar en un segundo plano. Tan solo en una ocasión aceptó un reconocimiento del Ejecutivo español, hace más de una década.

El compromiso personal de Le Vert contra ETA se convirtió en su "forma de vida". Una mujer que entiende la legalidad sin grises -sólo blanco y negro-, a cuyo esquema mental le producía un rechazo la palabra negociación entre un Estado de Derecho y una organización terrorista. Por lo menos en lo que se refiere a las actuaciones del chivatazo político/policial a ETA del bar Faisán. Sus informes fueron reveladores.

Pero Le Vert no solo marcó la línea de trabajo judicial en Francia contra ETA desde 1990 hasta nuestros días. También sus decisiones marcaron líneas de actuación políticas. Porque ella tenía voz y voto cuando España nombraba y renombraba a sus enlaces policiales con Francia. Y así se comprobó cuando, tras la primera victoria electoral del PP, el nuevo ministerio del Interior intentó remover algunos sillones y Le Vert puso un muro para que no hubiera relevos que, a su entender, podían afectar a la colaboración.

Que se convirtió en el azote de ETA lo demostró la documentación incautada a Susper, uno de los dirigentes, que incluía el plan Esqueleto, bautizado por la delgadez característica de Le Vert; un pormenorizado seguimiento de la magistrada para que el nunca constituido comando París acabara con su vida.

Casada con un abogado y con dos hijos, fue ella la que puso fin a la siempre esquiva y titubeante colaboración francesa contra ETA. Entendió que el etarra era terrorismo sin apellidos y sin fronteras, y actuó sin contemplaciones. Las detenciones de pistoleros abertzales bajo su manto se contaban por cientos.

Ahora, tras más de 25 años, convertida en el azote de ETA, escoltada a sol y a sombra, siempre bajo la presión de la amenaza de los asesinos, cierra su etapa de colaboración con España enviando miles de documentos al Ministerio del Interior que podrían permitir dar pasos certeros en la resolución de los muertos mal enterrados de los años de plomo.

EL MUNDO

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